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Cuadernos de Viaje: ZHANGMU, EN LA FRONTERA DE TÍBET Y NEPAL

domingo, 22 de junio del 2008 a las 00:49
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A modo de introducción os diré que viajar es la mayor de mis pasiones. Ocupo la mayor parte de mi tiempo libre en clasificar fotografías y vídeos de mi anterior viaje y preparando el siguiente. Esa actividad devuelve a mi mente recuerdos indelebles y me provee también de la emoción de descubrir nuevos paraísos, de encontrar la belleza allá a donde fuere.

Podría ahora escribiros sobre algunos de los destinos más divulgados que he visitado, pero ya en un texto anterior opté por hacerlo sobre un lugar menos conocido, quizás con la intención de promocionarlo en la medida de mis humildes posibilidades. Mas no es ése exactamente el propósito de este relato, por cuanto que al lugar sobre el que voy a hablaros sólo se llega tras haber culminado un periplo por alguno de los dos países con los que conforma frontera. Se trata de la pequeña población de Zhangmu, en el lindero entre el sur del Tíbet y el este de Nepal, en una zona denominada los "Pies del Himalaya". Ese núcleo y las zonas colindantes son el motivo en torno al cual gira la presente narración.

Transcurría el verano del año 2005, mi marido y yo habíamos pasado algo más de una semana en la República Popular China, entre Beijing (Pekín) y Xi'an y después de saturarnos de ver los curvilíneos tejados de la Ciudad Prohibida, el Palacio de Verano, el Templo del Cielo o el Yongue Gong, entre otros y de recorrer parte de la celebérrima Gran Muralla, así como de deleitarnos con la visión de pagodas varias y con el espectacular ejército de terracota del primer emperador de China, Qin She Huang-di, nos trasladamos por vía aérea a la Región Autónoma del Tíbet, que, desafortunadamente, también pertenece a China.

Permanecimos veinte días en el Tíbet, el llamado y con razón, Techo del Mundo, porque es el lugar de la Tierra donde un ser humano, con los pies bien aferrados al suelo, se siente más próximo a la bóveda celeste. Recalamos en Lhasa, la Ciudad Santa del budismo, no sólo de la fe tántrica tibetana, sino de toda creencia budista, (ya sea Mahayana, Theravada, Vajrayana, Nichiren o Zen). Continuamente llegan a Lhasa oleadas de peregrinos, tanto tibetanos como del resto de Asia. Los primeros hacinados en camiones y autobuses destartalados o a pie y realizando continuas postraciones y los segundos, mayoritariamente en aeronave o autopullman de lujo, puesto que su nivel económico es muy superior.

Algunos viajeros occidentales se entremezclan con esta marabunta humana que circunvala el casco urbano, las plazas y los templos, siempre siguiendo el ritual del sentido de las agujas del reloj. Ocasionalmente, algún turista despistado conculca esta sagrada norma incurriendo en un grave sacrilegio que peregrinos y locales castigan sólo con la mirada y con un ligero movimiento de cabeza, tal es el espíritu apacible de este devoto pueblo.

Abandonamos Lhasa en dirección sur, siguiendo la ruta de las grandes lamaserías de las cuatro órdenes monásticas tántricas: Kagyupa, Sakyapa, Kadampa y Gelugpa, (esta última es la más numerosa y a la que pertenece el controvertido Dalai Lama). Tras la visita de las principales gompas o monasterios y de enclaves más o menos importantes como Tsedang, el Valle de Chongye, el Valle de Yarlung, Gyantsé, Xigatsé, Lhatsé y de avistar paisajes grandiosos, como el de la cadena de los Himalayas con el monte Everest a la cabeza, a cuyo campo base arribamos o del majestuoso Lago Yamdrok, de cristalinas y purísimas aguas turquesa, llegaba el momento de concluir nuestro trayecto por la tierra de Palden Lhamo, una diablesa benéfica y protectora del budismo tibetano, clara herencia de la antigua fe animista Bon.

Nos acercábamos a la zona próxima a la frontera con Nepal, habíamos recorrido infinidad de kilómetros por la llamada "carretera de la Amistad", que para nuestro pesar, se encontraba totalmente bajo labores de ampliación. No nos sorprendía constatar que los trabajadores de la futura autovía eran mayoritariamente de sexo femenino. Menudas y delicadas jóvenes que se dejaban la piel con el pico y la pala por un salario de miseria. Y afirmo que no nos sorprendía, porque ya en Lhasa habíamos tenido ocasión de comprobar que eran ellas quienes se encargaban del peonaje en las obras civiles y públicas, ayudadas por los varones ancianos, mientras que los mancebos se dedicaban a la regalada vida contemplativa de los cenobios.

A causa de las tareas de ensanche, nos desviaban continuamente por pistas de terracería casi infranqueables, en las que muchos vehículos de tipo turismo y autocares se quedaban embarrancados. Ante semejante perspectiva, dábamos gracias a ese nítido cielo porque el nuestro era un todoterreno y con ello aumentaban las posibilidades de salir de aquella pesadilla. Aun así, no las teníamos todas con nosotros, porque tras repostar en una vetusta gasolinera, sufrimos una avería debida, sin lugar a dudas, a que el combustible había sido adulterado y que, afortunadamente, fue resuelta, no sin antes hacernos pasar un muy mal momento.

Recuerdo que me pasaba todo el tiempo con la mejilla pegada a la ventanilla, admirando embelesada aquel paisaje de indescriptible belleza, hibridado con la Luna: el suave relieve de la meseta, de tonos terrosos mezclados con el verde pajizo de las praderas agostadas por el sol de la canícula... las montañas que circundaban esa meseta, también de matices siena, secas, peladas, desprovistas de vegetación alguna, achatadas, de aristas limadas por el impío viento, redondeadas, evocadoramente femeninas... la Madre Tierra en todo su esplendor... y el firmamento, cercano, protector, tan limpio... tan puro... teñido de azul intenso y surcado por blancas nubes algodonosas, cuyas oníricas formas incitaban mi imaginación.

Desde la población de Tingri se divisaban, al sur, algunos de los grandes picos más sobresalientes de los Himalayas, en cuyas proximidades habíamos tenido ya la inmensa suerte de haber estado. El mencionado Everest, al que los tibetanos veneran como "Madre del Universo", ("Chomolungma", en lengua tibetana o "Qomolangma Feng" en chino), y qué, como bien es sabido, es el más elevado del planeta, y otros dos ochomiles que le hacen estrecha compañía y que forman parte del Macizo del Everest o "Kumbu Himal": el "Lhotse", la cuarta montaña más alta del mundo y el "Cho Ollu" o "Diosa Turquesa", así llamada por el color que se refleja en sus nieves perpetuas cuando los rayos del sol crepuscular inciden sobre ellas. Puedo aseverar que la vista panorámica era absolutamente apoteósica.

No alojamos en New Tingri, en el mejor hotel, que era, a todas luces, nefasto, aunque los demás estaban aún peor. Echábamos de menos los confortables hoteles de Gyantsé o Xigatsé y cómo no, el Lhasa Hotel, un cuatro estrellas bonito y con solera, (ahora hay alguno mejor), pero en el Lhasa, el bar aún está decorado con escenas de "Tintín en el Tíbet" y sirven la única cerveza fría del país de las nieves, donde dicha bebida se toma habitualmente a temperatura ambiente, lo cual en verano, equivale a decir caliente. La marca autóctona más consumida es la homónima de la Ciudad Santa: Lhasa.

En el restaurante del Lhasa Hotel sirven comida occidental, china y tibetana, cuyo plato más típico lo constituyen los "momos", especie de empanadillas rellenas de carne de yak muy especiada y picante. No obstante, la receta estrella del hotel consiste en una enorme y apetitosa hamburguesa de carne de yak. Nunca he probado fast food tan exquisito, lo único que me amargaba tan sabroso manjar era el recuerdo de los pequeños y robustos yaks pastando por las praderas. ¡Oh, qué lástima! No soy vegetariana, aunque lo fui en un remoto pasado. La mayoría de los budistas lo son, pero los tibetanos no. Ellos consumen carne de yak sin pudor alguno. Sus tierras de cultivo son demasiado escasas, excesivamente yermas, tan sólo la cebada y poca cosa más crece en ellas. La dieta del tibetano de a pie se compone, básicamente, de té salado con manteca de yak y xampa, que es una harina tostada de la citada cebada, que se mezcla con el té. Para las grandes ocasiones, este paupérrimo pueblo, reserva la carne del animal que lo es todo para él: su adorado yak.

A la mañana siguiente, tras visitar el monasterio de Pelgyeling con la cueva del asceta Milarepa, el yogui más célebre del Tíbet, perderíamos definitivamente de vista aquellos paisajes desolados, de naturaleza lunar e intenté disfrutarlos hasta el último momento, no permitiendo que de mis ojos brotasen, en modo alguno, las lágrimas. Recordé la célebre cita de Rabindranath Tagore y me dije: después de este sol, vendrán las estrellas, eso es seguro. No me equivoqué.

Mientras me despedía de la meseta tibetana, tatareaba la versión de los "Green Day" del "Boulevard Of Broken Dreams". Ignoraba por qué evocaba esa melodía insistentemente, pero afloraba a mi memoria y ahora permanece ligada a ese viaje.

Todavía podíamos observar con cierta frecuencia, banderolas y hasta molinillos de oración colocados en medio de la nada con el único objetivo de esparcir al viento el Mantra de la Compasión: Om Mani Padme Hum, que vendría a significar "qué los pétalos de esta flor se abran para que aparezca la joya de mi yo interior".

Nos aproximábamos a Zhangmu, en la frontera con Nepal y el cambio paisajístico y climático era tan abismal que no me lo podía creer. Lo que antes era árido y estéril, ahora se había convertido en un vergel. Es prácticamente imposible describir con palabras, por hermosas que éstas sean, aquella sensación. Me quedo parca en expresiones que puedan pormenorizar tan sublime espectáculo, tan magistral obra de la naturaleza.

Nos internamos en el cañón del río Bhote, sus escarpadas e inaccesibles paredes se hallaban cubiertas por una frondosa vegetación subtropical salpicada por innumerables cascadas de agua. Era la más soberbia muestra de magnificencia que la madre Tierra nos pudiese brindar.

La carretera bordeaba el mencionado cañón y se adentraba en él zigzagueando a medida que iba descendiendo. Con frecuencia pasábamos bajo una caída de agua que sacudía el vehículo mientras que lo limpiaba del polvo acumulado de los caminos. A ambos lados de la calzada crecían floridas plantas silvestres que aportaban la alegría de una eterna primavera. Su colorido, sus formas, pasaron imperecederamente a habitar en mi memoria. También la remembranza de tan selvático paraje me remite al bíblico Paraíso Perdido.

Como contrapartida, el rumor de las pequeñas cataratas era interrumpido y solapado permanentemente por un molesto ruido de motores de los camiones que circulaban en procesión, frontera arriba y abajo. Eran éstos, casi todos, largos larguísimos y se hallaban decorados con figuras y dibujos polícromos de un estilo ingenuo y pueril. Procedían de China o del mismo Tíbet, que también y para su infortunio, es de China, (y cuando hablo de esa desgracia, me refiero al papel invasor y colonizador que esta gran potencia oriental ejerce sobre el pueblo y la cultura tibetanos, tendentes ambos a desparecer en aras de la globalización).


Por fin llegábamos a la pequeña población fronteriza de Zhangmu, tan diminuta como importante. Antiguamente los tibetanos la denominaban Khasa, pero su estratégico emplazamiento propició que mudase de nombre. El poblado creció ladera arriba flanqueando la eufemísticamente llamada Autopista Transhimaláyica, la cual conformaba la única calle existente. Todas las construcciones se levantaban a ambos lados de esta vía, también llamada de la Amistad, (a la que aludía con anterioridad), se apoyaban unas encima de otras y colgaban sobre la ladera de la montaña como si se tratasen de las famosas Casas Colgadas de nuestra ibérica Cuenca. Estrechos callejones perpendiculares a la carretera, permitían a los vecinos acceder a la misma y a su vez canalizaban las aguas de las múltiples cascadas.

Interminables hileras de camiones aparcados se arrimaban a las fachadas de las humildes edificaciones, obligados por la angosta arteria carente de aceras y el tráfico desmesurado que sobre ella rodaba. Aun así, la vida bullía y por entre los camiones podíamos ver niños jugando y jovencitas lavándose el cabello con las frescas y diáfanas aguas que manaban pendiente abajo.

Pernoctamos en el mejor hospedaje del asentamiento, el Zhangmu Hotel, que actualmente supongo que ya será un alojamiento digno y bonito, pero que por aquel entonces estaba aún a medio reformar, con parte de él rehabilitado y la otra bastante cochambrosa. Por supuesto, la diosa Tiqué no estaba de nuestro lado aquel día y la habitación que nos fue asignada era una de las deslucidas, como correspondía a nuestra condición de viajeros occidentales. Sólo a los transportistas chinos les adjudicaban las mejores, con baños modernos de lavabos encastrados y encimera de mármol. No olvidemos que Zhangmu es el último o el primero, (según se mire), de los pueblos de China antes o después de cruzar la frontera nepalí y aquí, como en todas partes, los "enchufes" también funcionan, así que los ciudadanos de la República Popular China se habían de llevar las de ganar con respecto al resto de los huéspedes.

El dormitorio era muy amplio, lo mismo que el baño, pero ambos se encontraban deteriorados, desangelados y poco aseados. La única ventaja consistía en un enorme ventanal que nos permitía la contemplación de la exuberante vegetación, tan verde como el jade y de las límpidas aguas descendiendo por las laderas, armoniosa y rítmicamente, como si de un ballet acuático se tratase.

Anochecía y salimos a pasear con la niebla como compañera. Su húmedo manto cubría ya las cimas de los montes y amenazaba con envolvernos a nosotros también, así que aceleramos el paso y buscamos algún lugar donde cenar. Comprobamos la esencia típicamente fronteriza de Zhangmu, con soldados chinos caminando febrilmente hacia un lado y otro y jóvenes prostitutas a la caza de camioneros y algún que otro turista despistado.

Tras mirar aquí y allá, nos decidimos por un restaurantito chino que estaba contiguo a nuestro hotel. Modesto y de reducidas dimensiones, era, no obstante, pulcro, coqueto y acogedor, así que tomamos mesa enseguida. Unos farolillos hindúes, de tela amarilla y bordados con espejitos, pendían del techo e iluminaban la sala confiriéndole un aire étnico y desenfadado. El resto de la decoración era sencilla pero correcta.

El restaurante estaba regentado por un joven matrimonio chino y tenían con ellos al vástago nacido de su unión. El pequeño presidía la sala desde un "corralito" infantil que se hallaba situado en el centro de la misma. Los niños chinos son tratados como auténticos príncipes, sobre todo si son de sexo masculino, debido a la política del hijo único que rige en toda China salvo en la Región Autónoma Tibetana, donde las parejas pueden tener hasta familia numerosa, ya que ello contribuye a la colonización del Tíbet por parte de la etnia Han, que es como se denomina genéricamente allí a los nativos de China.

Paradójicamente, las mesas estaban dispuestas con manteles de hilo y cubertería occidental. Hacía mucho tiempo que no comíamos más que con palillos, porque el confucionismo establece que no se pueden utilizar tenedores y cuchillos para ayudar a deglutir los alimentos, ya que si éstos se "hieren", ellos, los alimentos, devolverán el mal al comensal "hiriéndole" con una mala digestión, (como se puede observar, se trata de una filosofía un tanto vengativa).

Después de deleitarnos con una mezcla de sabores de lo más variopinto: entre rollitos de primavera o arroz tres delicias y hamburguesas de yak con patatas fritas, toda una fusión de la comida rápida de Oriente y Occidente, nos retiramos, dispuestos a descansar a como diera lugar, en nuestra desvencijada habitación.

A la mañana siguiente nos encontramos con algún que otro problema que solventamos a base de ingenio y de la experiencia adquirida tras muchos años de frecuentar los más diversos alojamientos. La ducha era sólo de agua fría, de tipo teléfono y para colmo, el flexo presentaba una rotura. Pero a grandes males, grandes remedios y una botella de agua mineral ya vacía, de las de plástico y litro y medio de capacidad, cortada por su parte superior, nos sirvió de ayuda para un aseo de emergencia. No nos preocupaba mucho, porque a mediodía teníamos previsto llegar al Valle de Kathmandú y allí nos instalaríamos en el Hotel Hyatt Regency Kathmandú, uno de los mejores de la zona y me atrevería a decir que de los más bonitos en los que he estado. La ducha o el baño caliente tendrían que esperar hasta que estuviésemos en ese hotel de ensueño.

El desayuno iba a tono con la escasa calidad del hospedaje. Una vez en la calle nos encontramos con nuestro conductor, un fornido tibetano, (cosa infrecuente, ya que los tibetanos son, por lo general, enjutos) y le saludamos a la manera del país, con un "tashi dalai", a su lado se encontraba nuestro guía de etnia Han e hicimos lo propio con un "nihao", que viene a significar "hola" en chino.

He de reseñar que durante nuestra estancia en Lhasa, la capital del Tíbet, nos desenvolvimos por nuestra cuenta, sin nadie que nos atase, aun cuando nuestro desconocimiento de las lenguas china y tibetana y la ignorancia por parte de los naturales del idioma anglosajón, dificultasen parcialmente nuestros movimientos. No obstante, una vez fuera de Lhasa, las autoridades gubernamentales chinas obligan a turistas y viajeros a hacerse acompañar por un guía, lo cual no era precisamente de nuestro agrado. El absurdo temor de que los occidentales somos proclives al regreso del Dalai Lama como jefe del estado tibetano y que eso promovería su escisión del territorio chino, les hace vernos como potenciales terroristas o cuando menos, enemigos de su régimen y nos exigen una y otra vez documentaciones y pases oficiales en la infinidad de puestos de control que se encuentran repartidos por todos los rincones del Tíbet.

Nos encaminamos hacia el puesto fronterizo chino. Curiosamente las oficinas aduaneras china y nepalí, se hallan enormemente alejadas, separadas ambas por nueve kilómetros de distancia. Los huéspedes del Hotel Zhangmu gozan del beneplácito de las autoridades y apenas han de cumplimentar impresos, mientras que a quienes se alojan en otros hoteles y albergues se les exigen unas credenciales exhaustivas. La aduana china se ubicaba a escasos metros de nuestro hotel, esperamos una breve cola y no tardamos en ser atendidos.

Una vez concluidos todos los trámites, nuestro todoterreno nos transportó hasta el límite permitido, ya que llegado a un punto, mucho antes de alcanzar el Puente de la Amistad que cruza el tumultuoso río Bhote, los vehículos chinos no pueden entrar en Nepal, del mismo modo que los nepalíes también han de quedarse a un buen trecho del otro extremo. Entonces viajeros y equipajes son apeados y una multitud de lugareños se aproximan ávidos de ejercer como porteadores. Peleándose unos con otros, regateando el precio a voz en grito y en medio de un frenético alboroto, arrebatan las maletas y demás bultos a viajeros y turistas, que se quedan anonadados ante tal algarabía. Aquellos hombres cargaban con descomunales fardos y con pesados bártulos sobre su dorso, doblándose ante la magnitud de la carga.

Nos despedimos de nuestro amable chófer, con quien habíamos compartido casi dos semanas de nuestro periplo, con un "adiós" en tibetano: "kalai shu", le dijimos, puesto que partíamos y él respondió: "kalai pie", que es lo que dicen los que se quedan. Por su parte, el guía chino nos acompañó a pie hasta el puesto fronterizo de Kodari, un infecto y minúsculo pueblo que constituye el primer (o el último, según de dónde se venga), núcleo nepalí.

Kodari era un lugar cuya pavimentación no había sido reparada desde hacía mucho tiempo, con lo cual permanece enlodada todo el año, dado que la humedad extrema es una constante en esa tierra regada por infinidad de pequeños saltos de agua. Porteadores, transportistas y viajeros hundían sus pies en el barro durante un par de kilómetros hasta llegar a la oficina aduanera, sita en un barracón, como todas las demás construcciones de tan deficiente poblado. Fue entonces cuando nuestro guía chino nos dejó en manos de otro nepalí que nos ayudó en las diligencias. Una vez en dicha oficina, media docena de funcionarios se encargaban de entregar los impresos y terminar de cumplimentarlos. Las documentaciones habían sido gestionadas previamente, al igual que las chinas, por una compañía especializada en este tipo de permisos que es contratada a su vez por los mayoristas de viajes o agencias locales.

Con los visados y autorizaciones en nuestro poder, recorrimos el fangoso trayecto que aún quedaba hasta ser recogidos por el coche que nos estaba destinado. Los pobres mozos que acarreaban nuestro equipaje, al fin pudieron verse libres de su peso y enderezar sus maltrechas espaldas al tiempo que cobraban por el fatigoso trabajo desempeñado.

Continuamos descendiendo cañón abajo y contemplamos el espectacular paisaje circundante, tan boscoso, tan maravillosamente feraz... y las miserables casuchas y chozas que se apiñaban en las márgenes de la carretera. Sus moradores, casi todos mujeres y niños, se encontraban ante las entradas de las mismas ocupados en tareas de tipo doméstico o en la charla y el juego. Sus vestimentas coloristas y los hermosos rasgos étnicos de los nepalíes, que no corresponden al tronco mongoloide como el chino o el tibetano, sino al hindú, nos indicaban que ya nos encontrábamos ante otro pueblo y otra cultura bien diferenciados.

Tras algunas horas de viaje, transitando por la ubérrima cuenca del río Bhote, ante plataneros y toda una muestra de exuberante flora subtropical, nos encontramos con búfalos pastando a su albedrío y rebaños de cabras blancas que llamaron nuestra atención por sus largas orejas.

Nos sentíamos satisfechos por haber llegado ya a la tierra en la que la leyenda sitúa el nacimiento de Siddhartha Gautama, el Buda Gautama o Sakyamuni, (para los tibetanos), un príncipe del clan Gautama nacido en Lumbini, en el reino nepalí de Kapilavastu, en el año 563 antes de nuestra era. Este noble se despojó de todas sus riquezas y fundó una filosofía que terminaría por convertirse en una religión y que se extendería por Asia y hoy en día por la casi totalidad del mundo. A nosotros, no siendo creyentes de ninguna religión, nos fascinaba observar el fervor y a su vez la tolerancia de los fieles budistas, en contraposición con los de otras creencias.

Nuestro nuevo guía, que sólo nos acompañaría al próximo hotel y que dominaba a la perfección la lengua de Cervantes, (no como el anterior, el chino, que se dirigía a nosotros siempre en inglés), nos invito a realizar una parada ante un chiringuito situado en la orilla de la calzada.

Desde aquel altozano se divisaba la legendaria ciudad de Kathmandú, enclavada en un amplio valle dominado por los Himalayas. El cielo aparecía cubierto de nubes y la temperatura era suave y agradable, aun estando en pleno estío. Tuvimos la impresión de encontrarnos en nuestra propia casa, dado que, salvando notables diferencias, aquel valle mantenía cierta similitud con el que acoge nuestra ciudad natal: Oviedo. Su verdor, su atmósfera húmeda y nubosa...Sólo la imponente y ciclópea presencia de los Annapurnas revelaba la genuina naturaleza del citado valle, que contiene una suerte de ciudades declaradas como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y cuyo legado histórico-artístico es un tesoro de incalculable valor: Kathmandú, Pashupatinath, Patán y Bhaktapur.


Nos sentamos en un banco al lado del mísero quiosco de madera que hacía las veces de bar y nos tomamos un par de Banana Splitzs hechos con leche de búfala y con los plátanos que crecían en el huerto adyacente. La bancada se orientaba hacia el valle y bajo nuestros pies se hallaba el mentado huerto en el que coexistían los más diversos cultivos: plataneros, manzanos, maíz y... ¡cannabis! No en vano, la Cannabis Sativa o planta del cáñamo cultivada, es oriunda de los Himalayas y aunque existen variedades que se destinan específicamente para usos textiles y alimentarios, otras son empleadas por sus propiedades psicoactivas, utilizando las hojas y flores secas, que constituyen la marihuana o la resina, a la que se ha denominado hachís. Fue por ello que los primeros hippies que visitaron estas exóticas tierras trajeron consigo a occidente no sólo las filosofías y religiones orientales, sino también el consumo de estas sustancias a las que en la actualidad aún se las considera como drogas blandas.

Los Banana Splitzs estaban francamente deliciosos, aunque al principio sentíamos cierta prevención a tomárnoslos y accedimos a hacerlo por compromiso ante el guía, ya que las condiciones higiénicas no nos parecían las más idóneas, pero, afortunadamente, no tuvieron repercusión negativa alguna para nuestra salud.

Mi marido pasó su brazo por mi hombro y acarició mis por entonces trigueños cabellos, ambos nos miramos, sonreímos pletóricos de felicidad y volvimos de nuevo la vista al frente, hacía la impresionante Cordillera de los Annapurnas, los Himalayas más cercanos y después hacia la mítica Kathmandú, el sueño dorado de místicos y bohemios, de montañeros y viajeros en busca de las últimas fronteras. Esa urbe caótica y pintoresca, una de las más hermosas del mundo, nos aguardaba con sus espléndidos templos y palacios de arquitectura newarí, con sus ventanas de madera labradas con minuciosas filigranas y sus vigas decoradas con impúdicas tallas de escenas del Kama Sutra... Pero eso ya será otra historia... 

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DORJE, UN PEREGRINO EN LHASA

martes, 22 de enero del 2008 a las 14:07
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La figura menuda y enjuta, el cráneo rasurado, la piel tostada, curtida y acartonada prematuramente por el inclemente sol, enmugrecida por el polvo de los caminos de tantos y tantos días de arduo peregrinaje. Las ropas andrajosas y sucias, a pesar de la protección que ofrece un amplio delantal de cuero. Un par de sandalias preservan sus manos de la erosión cada vez que hinca sus rodillas en tierra y extiende su cuerpo longitudinalmente sobre el suelo.

Dorje, cuyo nombre le fue impuesto en honor del símbolo de la tormenta, ha recorrido la distancia que separa su Gyantsé natal de Lhasa, la Ciudad Santa tibetana, realizando continuas postraciones, una por cada tres pasos, como mandan los antiguos preceptos del budismo tántrico.

Ahora por fin ha consumado su largo periplo y ha alcanzado su ansiada meta. Acaba de entrar en la Plaza del Barkhor y al fondo vislumbra la mítica silueta del Templo del Jokhang, la Tshuglakhang o catedral del Tíbet, recortándose en el cielo azul plomizo, coronada por el áureo resplandor del Dharmachakra. Y esa visión ilumina su extenuado rostro con una jubilosa expresión de éxtasis

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FERRARA, EL FEUDO DE LA CASA DE ESTE

jueves, 13 de diciembre del 2007 a las 02:54
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Cuando el viajero llega a Ferrara durante el estío, experimenta una sensación de calma y sosiego. La ciudad se encuentra casi abandonada por sus propios moradores, en pleno apogeo vacacional, apenas interrumpida esa tranquilidad por los ocasionales turistas que se concentran en torno al Castello Estense y a la Piazza Municipale principalmente.

La climatología de tipo mediterráneo ayuda favorablemente a mantener esa impresión de bienestar, dado que durante la canícula las temperaturas son suaves, propias de esta latitud cercana ya al norte de la Península Itálica. Aquellos que, como en mi caso, llegan de regiones más meridionales, agradecen los soleados días cuyas máximas no suelen superan los 30º C.

Ferrara es una pequeña población de unos 130 000 habitantes, pulcra y segura. Capital de la provincia homónima, se ubica en el corazón de una fértil llanura regada por el río Po, en la región de Emilia-Romaña, entre el Véneto y la Toscana.

Esta ciudad acuática, ligada intrínsecamente al Po, se rodea de una red de canales que se extienden hasta la desembocadura de dicho río, que forma un delta en el Mar Adriático.

Próxima a Rávena, Bolonia y Módena, comparte con ellas un trazado medieval y renacentista de singular belleza que la ha llevado a ser reconocida como Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Su estructura urbana data del s. XIV, diseñada casi íntegramente por el arquitecto de transición gótico-renacentista Biaggio Rossetti, que la convierte en la primera ciudad moderna de Europa y quien también fue autor de la mayoría de los palacios que, en cantidad ingente, bordean calles y plazas. Aunque todavía perviven tortuosos callejones que se remontan a época bajomedieval.

La historia de Ferrara se halla íntimamente unida a la Casa de Este, nobles italianos de origen lombardo que la gobernaron desde el s. XIII al XVI. Siendo feudo de los Este, fue como alcanzó su mayor esplendor, ya que el auge económico la llevó a renovarse y modernizarse bajo las expertas manos del ya mencionado Biaggio Rossetti, que trabajó por encargo de esta poderosa familia.

Los Este, que emparentaron incluso con los tristemente célebres Borgia mediante el matrimonio de uno de sus duques más prominentes, (Alfonso I de Este con Lucrecia Borgia), pactaron con emperadores y monarcas europeos y también tuvieron sus tiras y aflojas con el papado, de quien eran feudatarios.

Fueron mecenas de las artes y las letras y durante el mandato del ambicioso Alfonso I, la corte de Ferrara se convirtió en la más brillante de Europa. Auspició a literatos, escultores y pintores como los celebérrimos Ariosto, Petrarca, Bellini y Tiziano.

Unieron su destino al de Milán gracias a las nupcias de Beatriz de Este, (hermana de Alfonso I) con Ludovico Sforza, llamado comúnmente, Ludovico el Moro, duque de Milán y mecenas de Leonardo da Vinci. Años más tarde, el poeta Torcuato Tasso también recibió mecenazgo por parte de Marfisa de Este.

Alfonso II de Este muere sin descendencia y son los Estados Pontificios quienes pasan a controlar Ferrara política y económicamente, al declararla feudo vacante. Otras ramas de la familia Este abandonan la ciudad y se establecen en la vecina Módena. Comienza así el declive de la otrora próspera localidad.

Paradógicamente, su paulatino abandono contribuyó a su ulterior conservación. El hecho de que no hubiese una continuidad en el levantamiento de nuevas edificaciones ha permitido la homogeneidad de su casco histórico y la preservación intacta de su patrimonio.

En virtud de ello, actualmente podemos admirar numerosísimas construcciones renacentistas y en menor medida, góticas.

Procedo a enumerar sus monumentos más importantes:

El Castillo Estense o de San Michele, situado en el centro de la ciudad, fue la residencia de los Este, rodeado por un foso que en la actualidad se encuentra inundado de agua y ornamentado con varios surtidores a modo de fuentes. De imponentes dimensiones y fábrica de ladrillo, su interior se decora con bóvedas pintadas con frescos renacentistas.

La Catedral o Duomo, de estilos románico y gótico lombardo, presenta una fachada de mármol, decorada con trabajadas esculturas de indescriptible belleza. La acompaña un "campanile" exento del s. XV.

Frente a ella se alza el Palacio Comunal o actual Ayuntamiento, que en su día constituyó el antiguo Palacio de los Este y que perdió su utilidad como tal en favor del Castillo, que fue reacondicionado en el s. XVI para uso residencial.

Al otro lado de la Catedral se encuentra la Plaza Trento e Triste, flanqueada por varios palacios y por el propio "Duomo", en cuyo lateral se levanta un pórtico que aún hoy en día acoge pequeñas tiendas, ya que formaba parte del antiguo mercado.

La Judería, que es un barrio adyacente a la anteriormente citada plaza, contaba con tres sinagogas, de la cual sólo se conserva una, las otras dos fueron destruidas durante la II Guerra Mundial.

A continuación mentaré algunos de los palacios más relevantes, si bien se encuentra ampliamente jalonada de ellos: el de Ludovico el Moro o Palazzo Costabili, el Schifanoia, el Massari, el dei Diamanti, la Palazzina di Marfisa D'Este... y otras mansiones de menor envergadura sin menoscabo de su magnificencia, como las de Varano da Camerino, Mattei, Giulio D'Este, Turchi di Bagno, Prosperi Sacrati, Trotti Mosti, Guarini Giordani...

La Casa de Ariosto, la Casa Romei, numerosas iglesias como la de Santa Maria in Vado y la de San Cristoforo e Certosa, el Monasterio de San Antonio in Polesine y las Murallas con sus puertas, también constituyen monumentos imprescindibles.

Si se desea una visita cultural más completa, existen varios museos a disposición del viajero: el Museo Arqueológico, instalado en el Palacio de Ludovico el Moro, con su colección de arte etrusco y sus magníficos frescos originales, el Museo Cívico, en el Palacio Schifanoia, también con inigualables frescos renacentistas, el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo F. de Pisis, ubicado en el Palazzo Massari, la Pinacoteca Nacional, que ocupa el Palacio de los Diamantes, el Museo Hebraico y para los amantes del séptimo arte, el Museo Michelangelo Antonioni, sito en la casa familiar del famoso cineasta.

Como consejo personal, añadiré que puede ser suficiente una jornada completa para visitar esta ciudad, pero para efectuarla de una forma más holgada y para no dejarse nada "en el tintero", recomendaría dos días o como mínimo, día y medio.

Un local a tener muy en cuenta a la hora de tomarse un delicioso vino o un aperitivo, se encuentra situado al lado de la Catedral, frente a su flanco izquierdo. Su nombre es "Enoteca del Corso". En esta región de Emilia-Romaña tienen la encomiable costumbre de obsequiar al cliente que demanda una bebida, con todo aquello que desee degustar de cuanto se expone sobre la barra, (porciones de pizza, pasta, ensaladas, pescadito frito...). Se puede rellenar un plato de plástico o papel, (de tamaño grande), con esas viandas las veces que el apetito requiera. Las consumiciones son algo más caras de lo normal, unos 3 € un vino, (servido en copa alta y con mucho estilo por parte del sumiller) y 5 € un Campari o Martini. Pero a cambio de ese módico precio, uno puede "almorzar", "merendar o "cenar" sin cortapisas. Esta enoteca es un pequeño bar de moda, con música a la última y clientela local joven pero selecta, que pierde su "charme" para atiborrarse como los demás en su minúscula y concurrida terraza, con magníficas vistas del Duomo y su plaza.

En la judería, al comienzo de la calle Mazzini, (cercana a la Catedral), se halla una heladería cuyo nombre desafortunadamente no recuerdo y en donde he probado quizás los helados más exquisitos de toda Italia. Llama la atención el modo en que los sirven y una especialidad sabrosa como la que más: la "granita siciliana", un granizado del cual existen tres sabores diferentes. El mejor, para mi gusto, el de almendra.

Y para finalizar, una sugerencia sobre el alojamiento. Si se desea un hospedaje digno pero económico, el Hotel Della Ville, ubicado justamente frente a la Estación Central de Ferrocarril es muy aconsejable. Un cuatro estrellas cómodo, limpio, acogedor y bien decorado, que ofrece habitaciones dobles en pleno mes de agosto por unos 55 a 60 €. Con baño, aire acondicionado, minibar, TV, radio, secador de cabello...desayunos, (muy buenos, por cierto) e impuestos incluidos. Este establecimiento fue reservado con uno de los mejores mayoristas italianos de viajes vía Internet: Venere. Aunque es de suponer que también se podrá conseguir a un precio similar con otros operadores. Desde el hotel se puede ir a pie perfectamente hasta el casco histórico, pero si no se desea caminar, frente al hotel, delante de la Estación, parte un bus que recorre todo el centro. Los billetes se compran en un estanco cercano.

Espero que todos estos datos y recomendaciones sean de alguna utilidad para quienes prevean viajar hacia esta hermosa ciudad de ladrillo rojizo. Ferrara, la bella desconocida, el feudo de los Este.

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La Cantina De La Leona

jueves, 13 de diciembre del 2007 a las 02:52
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PREFACIO

Mi vida amorosa inspiró este pequeño relato de corte intimista y ambientado en época futurista, aunque también influyó la rememoración de un viaje a México, acontecido en el verano del año 2003 .

Y es que, en la inmensidad de la urbe más poblada de la Tierra, en el centro de México Distrito Federal y al lado mismo del interminable Paseo de la Reforma, escondida entre elevados y modernos rascacielos de la zona financiera de la ciudad, se hallaba una pequeña cantina, más humilde, modesta y de menor tamaño que la que describo en mi narración, pero tan entrañable que constituía "el reposo del guerrero" para el  maltrecho cuerpo de la viajera que suscribe esta introducción, después de una extenuante jornada de visitas a monumentos y museos.

Por extraño que parezca, nunca supe el nombre de esa cantina, quizás no presté atención a su rótulo exterior o tal vez éste era inexistente, pero yo siempre la he denominado "la cantina de la leona", porque en su diminuto interior, una leona y una pantera negra, ambas disecadas, se erguían sobre una plataforma de ladrillo y parecían cobrar la vida que desafortunadamente les había sido robada y saltar sobre la clientela que consumía cervezas "Corona", (que allí no se llama "Coronita") o "Sol", adornadas con media rodaja de limón del Caribe o "chelada" o cócteles margarita o tequilas y mezcales... mientras visionaban vídeos de bandas de pop-rock autóctono como Maná o Molotov, en una gigantesca pantalla que cubría uno de los lados del local.

Pues bien, sabedores ya de aquello que fue el germen que originó este texto, os dejo con él.

LA CANTINA DE LA LEONA

La Estación Espacial AC-3 se ubica en los confines de nuestro sistema solar, más allá de la órbita del planeta enano Plutón. De forma cilíndrica y con una gravedad muy estable, es lugar de visita ineludible para aquellas naves interestelares que pretenden iniciar su singladura en pos del hiperespacio.

Dichas naves pueden aprovisionarse a fondo en la estación, adquiriendo los más diversos productos necesarios para garantizar un viaje grato y placentero. Varios gigamercados se encargan de satisfacer al más exigente consumidor.

La Estación Espacial AC-3 ofrece también actividades y establecimientos dedicados al ocio, para que los tripulantes y pasajeros de paso empleen su tiempo libre y se diviertan a sus anchas con un amplio abanico de lúdicas posibilidades.

Uno de estos locales que brindan entretenimiento al visitante es La Cantina De La Leona. De modestas dimensiones, es ante todo un sitio íntimo, agradable, acogedor...

La cantina toma su nombre de una enorme leona del Atlas disecada por algún malévolo taxidermista, que se alza altiva sobre una plataforma de centelleante acero, dominando a la concurrencia. La clientela se agrupa en torno a pequeños veladorcitos circulares, iluminados tenuemente mediante lamparillas de mesa que emergen en el centro de los mismos. Los citados veladores bordean un minúsculo escenario desde el cual algunos artistas deleitan al variopinto público con sus actuaciones.

El tequila corre a raudales cuando Lola sube a ese escenario, enfundada en un ajustadísimo traje negro de charro con las abotonaduras de plata. Luce un pesado sombrero mexicano con bordados de pedrería sobre su brillante melena del color del azabache.

Apenas comienza a entonar un corrido, esta mariachi femenina, recibe ya una primera ovación de los espectadores que abarrotan el garito. Es la estrella indiscutible del lugar y a su vez la propietaria del mismo. Hubo un tiempo en que compartió con su marido la regencia del pequeño cabaret, pero ahora él se ha ido con otra hembra más joven, dejándola sola, abandonándola a merced de sus incondicionales seguidores.

Pero Lola no se arredra ante nada, es una mujer fuerte, hecha a sí misma y confía en la diosa Fortuna, aquella que ya le proporcionase la dicha de conocer a su nuevo amado. Un amor inconfesado aún, secreto, que ella guarda celosamente en lo más profundo de su ser.

Y ahora él está ahí, frente a ella, sentado en una de las mesillas justo delante del escenario. La mira embelesado, con los ojos húmedos, con los labios entreabiertos, esbozando una ligera sonrisa y aplaude con fuerza, con fiereza, cuando Lola, tras un breve saludo, emite las primeras notas de su canción.

Él también la ama, como amó a otra Lola, a su Dolores, su compañera de tantos años difíciles. Mujer de excepción, una de entre un millón. Su Lola tenía los más arrebatadores ojos verdes que él nunca hubiera visto. Una mirada felina, rasgada, hechizante...empero también se fue un día, partió sin previo aviso a bordo de una embarcación vikinga...

Él la siguió en un viaje digno del mismísimo Orfeo, pero, considerando oportuno realizar una escala, recaló en la Estación Espacial AC-3, vagó durante un tiempo indeterminado por callejuelas y callejones, entre el tumultuoso gentío y fue a dar con la puerta entornada de La Cantina De La Leona. La franqueó tras empujarla levemente, quizás animado por el sugerente nombre, los recuerdos de antaño y su amor por la fauna salvaje terrícola, cuando él era guarda del keniata Parque Nacional de Amboseli.

Levantó la vista y ésta se encontró con la imponente figura de la leona, impertérrita, con su aire de reina africana y seguidamente escuchó una voz que parecía provenir de un almacén anexo. Era la de Lola, que le pedía amablemente que abandonase la sala porque aún no estaba abierta al público. Cuando se disponía a irse, ella se arrepintió de su anterior petición y le rogó que se quedase, que le hiciese compañía hasta la hora oficial de apertura.

Entre tragos de mezcal reposado hablaron largamente, sin percatarse siquiera de que la bailarina del vientre egipcia ya se hallaba ejecutando su danza mientras los varones la requebraban con lascivia al avistar sus carnes semidesnudas.

Supo entonces que esta otra Lola, la mariachi, era solamente siete años más joven que él, aunque ni el tiempo ni las vicisitudes de su azarosa existencia habían dejado mella alguna en su nívea piel ni en su carácter de eterna adolescente. De complexión menuda, aunque voluptuosa, sus facciones eran netamente caucasianas, si bien su oscura cabellera y su primer apellido, (de claro origen nahua), Ixtlilxochitl, eran herederos de un antepasado paterno, descendiente directo de un soberano chichimeca del México prehispánico, en la madre Tierra.

Durante esas horas de sosegada charla, los hermosos ojos negros de él se clavaron en los dorados de ella y viceversa, surgiendo así la semilla de un enamoramiento clandestino que fue en crescendo día tras día.

La nave de él permaneció atracada de forma permanente. Mientras, el hombre ocupaba sus jornadas de asueto en acudir a la cantina para así gozar de la presencia de su nueva amada, la que compartía el mismo nombre, impronunciable para él, que aquella a quien tanto aún quería.

Cuando Lola, su reciente amor, como ahora estaba haciendo, entonaba sus corridos y rancheras, él la sentía próxima, la amaba con toda la pasión de que era capaz su corazón y por unos momentos se olvidaba de su pérdida y su desdicha para desearla y hacerla suya mentalmente. La desnudaba en sus ensoñaciones, podía adivinar incluso el peso de los rotundos senos de ella debajo de aquel ceñido atuendo. Las creía unas formas casi perfectas, suaves y mullidas semiesferas que le remitían a las cúpulas de la lejana Estambul, cuyas sombras cobijaran a sultanes y odaliscas.

Y era tal ya el amor que sentía por esta nueva Lola, tan distinta y tan idéntica a su Dolores, que el alma se le encogía sólo de pensar en ella. Y era tal el frenesí que Lola experimentaba por él, que se estremecía y comenzaba a temblar cada vez que le tenía delante, como en estos momentos.

Sonaron los últimos acordes de "El Rey" y Lola se quitó el sombrero arrojándoselo a su amado, quien lo recogió al vuelo, lo apretó entre sus manos y percibió el intenso perfume que emanaba de él. Era la fragancia de esta fémina que había entrado en su vida como una intrusa y a la que ya no podría renunciar jamás. Ambos se miraron mientras sonaban los aplausos y ella hacía una genuflexión. Se miraron muy profundamente a los ojos y emocionados, las lágrimas, incontenibles, brotaron de ellos.

Más arriba, sobre la fría plataforma, la leona también les observaba con sus vítreas pupilas. Muda testigo de un amor aún no declarado, tal vez imposible, allí, en el postrer lindero de nuestro sistema solar, más allá de un pequeño planeta conocido como Plutón... 

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"2046", LA OBRA MAESTRA DE WONG KAR-WAI

jueves, 13 de diciembre del 2007 a las 02:39
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Hola, amigos, os presentaré una de mis películas favoritas y quizás aquella, que por su complejidad, requiera más sacrificio por mi parte para poder comentárosla. Se trata de "2046".

"2046" es, sin lugar a dudas, la obra maestra del realizador hongkonés de adopción, (nacido en Shanghai), Wong Kar Wai. Este director está considerado por la crítica de Occidente como uno de los más brillantes de China, junto con Zhang Yimou y Chen Kaigé. Su cine, de autor, es de tendencia prooccidental.

Con "2046", obtuvo el premio de la crítica del Festival de Cannes del 2004 y en la 49ª Seminci, el premio a la mejor fotografía y el premio de la prensa internacional.

Esta cinta es la continuación de "In The Mood For Love", titulada en nuestro país como "Deseando Amar", un filme que fue rodado conjuntamente con "2046", ( Wong Kar Wai las considera a ambas una misma película) y que comparte a su actor protagonista, el también hongkonés Tony Leung en el papel de Chow Mo Wan.

Tony Leung está considerado el actor de mayor fama internacional del cine de Hong Kong. Debutó de la mano de John Woo, (un cineasta especializado en producciones de acción trepidante), pero es más conocido por sus posteriores interpretaciones, como protagonista de "El Amante" de Jean-Jacques Annaud, basado en la novela autobiográfica de Marguerite Durás o por su rol como el primer emperador de China, Qin Shi Huangdi, en la superproducción "Hero", de Zhang Yimou, la película más taquillera de la historia del cine chino.

Sus partenaires son la veterana Gong Li, musa en su día de Zhang Yimou, (de quien fue compañera sentimental) y sin duda, la actriz china de mayor proyección a nivel mundial, desde las muy galardonadas "Sorgo Rojo" y "La Linterna Roja", (ambas del citado Zhang Yimou, con quien colaboró en varias cintas más que ya no mento para no alargar esto en demasía), pasando por "Adiós A Mi Concubina", (de Chen Kaigé), "El Tren de Zhou Yu", (de Sun Zhou) y "Memorias De Una Geisha", (del norteamericano Rob Marshall), hasta llegar a su último trabajo por el momento, "La Maldición De la Flor Dorada", donde actúa nuevamente bajo las órdenes de Zhang Yimou. Aquí Gong Li da vida a Su Li Zhen, una jugadora de naipes a quien apodan como "la Araña Negra", con una mano perennemente enguantada.

Otra de las compañeras de Chow Mo Wan, será Bai Ling, cuya interpretación corre a cargo de la actriz Zhang Ziyi, a quien también conocemos por protagonizar "La Casa De Las Dagas Voladoras", del ya mentado Zhang Yimou y por su papel principal en la anteriormente mencionada "Memorias De Una Geisha". Bai Ling se enamora perdidamente de Chow, pero éste la utilizará sólo para divertirse con ella.

Faye Wong, que había trabajado a las órdenes de Wong Kar Wai en "Chunking Express", compartiendo créditos con Tony Leung también, es aquí Wang Jing Wen, la hija del propietario del hotel de quien Chow Mo Wan se enamora realmente, pero sin ser correspondido.

Y tras este vistazo a los personajes protagonistas, pasamos a la trama de la historia, laberíntica, que requerirá de toda nuestra atención si no queremos perdernos en medio de ella.

La película parte de una novela futurista que está siendo escrita en ese momento por Chow Mo Wan y cuyo primer capítulo comienza con estas palabras: "En el año 2046 una amplia red de ferrocarriles se extiende por todo el planeta Tierra, de vez en cuando un tren misterioso parte rumbo a 2046, todos los pasajeros que se dirigen a ese lugar tienen el mismo objetivo, quieren recuperar la memoria perdida, pues en 2046 nunca cambia nada, nadie sabe realmente si eso cierto porque nadie, absolutamente nadie ha regresado nunca, nadie excepto yo." Y quien afirma esto es un joven japonés, (rol que asume Takuya Kimura), que planea huir de 2046 llevándose consigo a una androide de reacciones retardadas, de la que está perdidamente enamorado.

Ese nipón no es otro que el alter ego fictíceo de Chow Mo Wan, a quien ya conocíamos de la anterior entrega de esta especie de saga, de la película "Deseando Amar", sólo que en esta maravillosa secuela Chow transmuta su personalidad tímida, introvertida, prudente y delicada, de la primera parte y se convierte en un vividor, aventurero, bebedor y mujeriego. Mantiene su profesión de escritor periodístico, pero cambia por completo de registro. Si en "Deseando Amar" escribía sobre deportes, en "2046", lo hace sobre historias relativas al sexo.

Extrañamente, Chow escribe una obrita de ciencia-ficción con tintes eróticos para su periódico sobre ese japonés que desea escapar de 2046, el lugar donde se recupera la memoria perdida, pero es él mismo quien anhela entrar en ese mundo y recuperar sus propios recuerdos. Su alter ego nipón desea huir de los recuerdos, él, Chow, el escritor, encontrarlos.

El título de esa novela, la fecha de ese futuro lejano, (porque la acción del presente se sitúa en el Hong Kong y el Singapur de 1963), es el del número de la habitación del hotel donde tenían lugar sus encuentros con Su Li Zhen. Toma esa cifra, 2046 y la convierte en la fecha que titulará su relato. Chow Mo Wan está mezclando su propia vida con la de su personaje, el japonés de su narración. Tal vez por eso la película pueda resultar un tanto confusa si no se la visiona atentamente.

A partir de ahora, ese supuesto viaje al futuro de su novela, se trastoca en el filme, en una rememoración del pasado del escritor. Se reviven las aventuras amorosas que Chow, con su aspecto de Clark Gable oriental, mantiene con tres bellísimas y glamourosas mujeres. Su objetivo es reemplazar al amor de su vida, a la mujer que conoció en la anterior película, (Deseando Amar), que se llamaba Su Li Zhen como esta otra, la jugadora, que no es sino otro alter ego de ella y que es interpretado por otra actriz, (en "Deseando Amar" por Maggie Cheung y en "2046" por Gong Li)

La primera de esas mujeres que intentan sustituir sentimentalmente a su amada es Su Li Zhen, (Gong Li), pero la tahúr, la Araña Negra. Ella intentará ayudar a Chow sin conseguirlo.

Después vendrá su aventura con Bai Ling, (Zhang Ziyi), una joven que se enamora de él, pero que para conseguir su atención mantiene relaciones sexuales a cambio de una cantidad simbólica de dinero. Eso que para ella constituye casi un juego amoroso, hace que sea vista a los ojos de Chow como una vulgar prostituta, por eso no manifiesta interés por el amor que esta hermosa fémina le brinda.

Más tarde es el propio Chow quien repara en la hija del dueño del hotel. Es una mujer aún más joven, casi adolescente, se llama Wang Jing Wen, (Faye Wong) y se enamora perdidamente de ella, pero ese amor no es correspondido porque Wang Jing ya ama a otro hombre, un nipón de similar edad, con quien mantiene un romance desaprobado por su padre. Chow percibe su propio enamoramiento mientras ayuda a la muchacha en su relación con su amado japonés.

Chow Mo Wan busca denodadamente en estas tres mujeres a la amada perdida, a la Su Li Zhen de "Deseando Amar" que ya nunca volvió a encontrar. Cada una de ellas representa una faceta distinta de ella. Bai Ling, la mujer que cobra a cambio del sexo, es el cuerpo, Wang Jing Wen, la hija del casero, es la mente y Su Li Zhen, la tahúr profesional, es el nombre, puesto que se llama igual que su amor.

Pero Chow no se conforma con estos tres romances, inmerso como está en sus recuerdos. Sólo piensa en lo que pudo ser y no fue, en su pasado. Porque si pretende huir hacia ese futuro, sobre el cual escribe, es sólo para poder reencontrarse con su pasado, del que ni puede ni quiere escapar. Pues, según él mismo relata en su novela: "en el 2046 nunca cambia nada". Desea detenerse en su pasado para reencontrarse con la Su Li Zhen que conociera en aquellos tiempos y a la que ya no podrá olvidar mientras viva.

Como detalle técnico os diré que el ritmo de esta cinta va acelerado o ralentizado según conveniencia del realizador para enfatizar determinadas secuencias.

El resultado es una película de corte descendente, pesimista en sí misma sobre el romanticismo humano, pero cuajada de bellísimos momentos, trufada de exquisita sensibilidad.

La acompañan una cuidadísima fotografía a cargo de Christopher Doyle, Lai Yiu Fai y Kwan Pun Leung, que combina luces tenues y tonos verdosos y rojizos, propios de interiores cuyos colores se han quedado desvaídos por el paso del tiempo. Wong Kar-Wai es partidario en sus obras de ambientes nocturnos poco iluminados, de pasillos estrechos flanqueados por muchas puertas y de habitáculos pequeños un tanto claustrofóbicos.

El vestuario y arreglo de los personajes es de tipo occidental, al estilo más glamouroso de los sesenta. Tony Leung luce como un galán de la época, con su bigotito a lo Clark Gable y de las actrices puedo decir que nunca he visto mujeres chinas más hermosas, con sus moños altos de bucles y sus vestidos occidentales de seda y encajes con cuellos de tirilla, que les aportan el toque tradicional de Oriente.

La banda sonora cuenta con temas tan conocidos como la "Canción de Navidad" de Nat King Cole, "Perfidia" de Xavier Cugat, "Sway" de Dean Martin, "Siboney" de Connie Francis y sobre todo, el aria "Casta Diva" de la ópera "Norma" de Bellini, que suena cada vez que el padre de Wang Jing Wen, (Faye Wong), discute con ella.


En fin, amigos, una película, como os adelantaba, muy densa en su trama argumental, pero considerada una obra maestra que nadie que se diga aficionado al séptimo arte, debe perderse.

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