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por Mayte
viernes, 19 de junio del 2009 a las 22:11
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Ahora tengo un nuevo blog donde podréis ver estos textos y otros nuevos, con las fotografías insertadas en lugar de en álbumes aparte y sin la molesta publicidad. Os dejo la URL por si os apetece mirarlo: http://maytedalianegra.blogspot.com/

Túnez, 1ª parte - Ciudad de Túnez y el Museo del Bardo.

por Mayte
jueves, 14 de mayo del 2009 a las 18:52
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TÚNEZ, 1ª PARTE - CIUDAD DE TÚNEZ Y EL MUSEO DEL BARDO.

LA CIUDAD NUEVA, (LA VILLE NOUVELLE)

Habib Burguiba fue a Túnez lo que Atatürk a Turquía, pero sin las tendencias fascistoides de éste. Gran modernizador, transformó en un estado laico el pequeño país de mayoría netamente musulmana. Abolió la poligamia y las mujeres alcanzaron la práctica igualdad de derechos que los hombres, si bien son ellas, realmente, quienes deciden el grado de libertad que desean disfrutar y así se ven, conjuntamente, féminas cubiertas con un recatado shador o con un más que pudoroso velo negro que apenas deja entrever sus ojos y otras ataviadas al modo occidental, incluso con camisetas ceñidas y hasta escotadas.

La avenida principal de la capital del país, (al igual que en la mayoría de las ciudades tunecinas), lleva el nombre de este insigne estadista. Es una vía amplia, que consta de cuatro carriles para el tráfico rodado, separados por un paseo arbolado y bordeada de edificios modernistas de la época del protectorado francés y de otros de no tan bella factura, que datan de los psicodélicos años setenta. De entre los primeros destaca el hermoso Teatro Municipal, de los pocos que hay en el mundo de estilo art noveau y frente a él, el mamotreto del Hotel Hana International, en el cual pernoctamos durante nuestra estancia en Túnez. Del hotel, un antiguo cinco estrellas en los "seventies", rebajado ahora de categoría a cuatro, destacar su inmejorable ubicación y recomendar las habitaciones renovadas, que tienen un muy buen precio y son confortables. De las que aún tienen sin rehabilitar, mejor ni pensarlo, pues aunque son sensiblemente más económicas y cuentan también con aire acondicionado y minibar, presentan un mobiliario vetusto y las típicas manchas en las moquetas imposibles de eliminar. No obstante, la limpieza era correcta, salvando que lo viejo siempre aparenta sucio aun cuando no lo esté, (de ahí mi insistencia en la elección de un dormitorio con baño reformados) y el desayuno buffet era abundante y adecuado, sin embargo, se echaba a faltar la fruta, ya fuese natural o en almíbar.

Si el presupuesto del viajero fuese más holgado, la alternativa más adecuada sería la de un hotel de superior categoría o al menos, un cinco estrellas que hiciese honor a las mismas, en este caso mi recomendación se inclinaría por el Sheraton, ubicado en el Parc du Belvédère, una enorme mancha verde que ocupa una colina distante unos dos Km. del centro de la ciudad, con edificaciones opulentas que dan fe de su condición de barrio caro. De este hotel sólo puedo constatar su suntuosa recepción, ya que en ella contratamos un vehículo de alquiler con la conocida empresa AVIS, pero no es difícil adivinar el lujo con que han de estar decoradas las habitaciones, puesto que, en el pasado, nos hemos alojado en algún establecimiento de la misma cadena y es una de las habituales en cuanto al máximo lujo y confort. No obstante, un automóvil arrendado se hace innecesario en esta urbe, (nosotros lo contratamos para visitar los alrededores), puesto que el precio de los taxis es absolutamente ridículo y funcionan siempre con el taxímetro en marcha, con lo cual no hay que pactarlo previamente como es usual en los países de ámbito musulmán. El Parque del Belvédère no sólo es el pulmón de esta ciudad, más de cien hectáreas de palmeras, pinos, olivos, ficus, eucaliptos... sino que también reúne atractivos para el visitante: una laguna y un café muy frecuentado por la juventud tunecina, un parque zoológico, (abre de 9 a 18 h. y cierra los lunes, entrada de pago), el Museo de Arte Moderno, (cuya entrada es gratuita y abre todos los días) y en la cima del cerro, la Kubba, (abierto a diario, entrada libre), un pabellón del s. XVII que ha sido trasladado a este lugar desde su emplazamiento original, en un barrio de la ciudad. Con su oronda cúpula, sus atauriques y lacerías de yeso, sus gráciles arcos soportados por marmóreas columnas, sus vidrieras... sus pasillos, prestos ahora a ser recorridos por cuanto viajero pretenda gozar de las maravillosas vistas sobre la fronda que lo rodea y sobre el golfo de Túnez. Un lugar idóneo para las parejas de enamorados que podrán contemplar, desde su terraza, una idílica puesta de sol.

Y volviendo a la céntrica Avenida Habib Bourguiba, frente al hotel Hana International y al lado del teatro, existen dos establecimientos de hostelería muy aconsejables: el Café de París, con una gran terraza y un pequeño restaurante, en donde sirven alcohol a un precio moderado y a su lado, el pequeño Café del Restaurante Capitol, lugar en el que preparan enormes y sabrosas crêpes rellenas de quesos y atún para degustar en el local, en la calle o llevar, por menos de un par de míseros dinares. Ahí ya no despachan bebidas alcohólicas, como tampoco lo hacen en el restaurante homónimo, (avalado encarecidamente por la guía Routard o Trotamundos), sito en el primer piso y al que se accede independientemente desde la calle. En este modesto restaurante, pulcro y con una decoración un tanto kistch, se pueden probar los platos tunecinos más típicos, como el brick, una empanadilla grande, de hojaldre frito, que contiene siempre un huevo entero y otros ingredientes: atún, gambas...ciertamente, el más delicioso de los entrantes. También preparan un excelente cuscús de cordero o de pescado, (especie de "cocido" o puchero con sémola de trigo duro, patatas, zanahoria y los citados ingredientes proteínicos: el cordero o el pescado). El tajín tunecino no se parece en nada al marroquí, ni siquiera se presenta en el recipiente de cerámica del mismo nombre, pues este tajín es un pudin compuesto de huevos, carnes y verduras, amén de especias varias.

Otro restaurante, éste más en la línea de comida rápida, pero muy a tener en cuenta, es el "Panorama", en la acera de enfrente, caminando en dirección a la Torre de África, comúnmente llamada el "Despertador", un esbelto reloj de pie, de hierro cual mecano, que se yergue al principio de la avenida, en la otrora Plaza Afrique, que ha perdido su exótico nombre en favor del de " Du 7 Novembre". En el amplísimo "Café Panorama" tampoco se puede consumir alcohol, pero es posible degustar pizzas, pasta, crêpes, bricks, carnes, pescados, helados...por poco más dinero que en el Capitol. Y para rematar el ágape: un buen café o mejor aún, un aromático té a la menta, el más genuino sabor de Túnez.

Si lo que se pretende es almorzar o cenar en un sitio con más caché, la elección se podría decantar por el restaurante Chez Nous, situado al principio de la Rue Marseille, una bocacalle que se abre en la avenida. Es íntimo, acogedor, con "charme", y posee una pequeña terraza. Lleva abierto desde 1935 y es ideal para los mitómanos, pues ante sus mesas se han sentado personalidades y estrellas de la talla de Edith Piaf, la sempiterna reina de la canción francesa o el inefable campeón de los pesos pesados Cassius Clay, (Mohamed Alí) o uno, sino el mejor, de los futbolistas que el mundo haya podido contemplar: el "brasileiro" Pelé. Los precios no son comedidos precisamente, pero las viandas son exquisitas y se pueden regar con uno de los caldos que este país magrebí produce generosamente: buenos tintos como el viueux magon o el haut mornag o blancos como el kelibia, un moscatel delicioso. Para finalizar, nada mejor que el thibarine, un licor de vino y plantas aromáticas o la boukha, un aguardiente de higo que también se consume como aperitivo, convenientemente helado.
Desafortunadamente, el servicio no es demasiado amable, como suele ser frecuente en este tipo de establecimientos finos y "estirados", así como tampoco lo es la clientela habitual: ejecutivos y hombres de negocios.

En las cálidas noches estivales y hasta bien entrada la madrugada, la Avenida Habib Bourguiba bulle de vida con la afluencia de jóvenes, (mayoritariamente mocedad masculina), que ocupan casi la totalidad de las terrazas de cafés y restaurantes. Bellos efebos, vestidos a la última moda casual europea, que escrutan bajo la tenue luz de las farolas, a cuanta muchacha recorre las aceras. Ellas, en proporción mucho más escasa, van siempre acompañadas de otras chicas o de novios, esposos o hermanos y lucen atuendos dispares, desde unos ajustados pantalones vaqueros con la abundante y larga cabellera al viento, hasta una falda tobillera y el pañuelo cubriendo la testa, como signo de fidelidad a la sharía. La mayoría son de complexión delgada y armoniosas facciones. Resulta paradójico que algunas oculten tan agraciados rostros y tan exuberantes melenas en aras de unos preceptos religiosos ya obsoletos, como si la belleza fuese una incitación al pecado, al mal, cuando es, justamente, el más divino de los regalos.

Mezclados con el gentío que disfruta de la noche, los vendedores de jazmín recorren una y otra vez los veladores de las atestadas terrazas, ávidos de realizar alguna venta. Son individuos de avanzada edad, ataviados con casaca y pantalones blancos, chaleco rojo y tocados con una chechia blanca, (la boina o "fez" de Túnez) o chiquillos risueños y traviesos, los que, portando una bandeja de paja trenzada en una de sus manos, ofrecen con la otra su fragante mercancía a los hombres nativos o a las mujeres turistas. Y es que los varones tunecinos tienen por costumbre orlar uno de sus pabellones auditivos con una flor de jazmín y así percibir, constantemente, el dulce perfume que exhala. Como esta tradición no es vista con buenos ojos por los occidentales heterosexuales, que pueden tomarla como un signo de amaneramiento cuando no es tal, los comerciantes de tan bienoliente género lo ofertan a las féminas extranjeras, sabedores de que en nuestro mundo son quienes verdaderamente aprecian tales productos y para ello portan collares de pétalos ensartados en hilo, que mantendrán su aroma incluso después de haberse secado.

La Avenida Habib Bourguiba desemboca en la Plaza de la Independencia, donde se ubica la decimonónica Catedral de St. Vicent de Paul, de arquitectura neo-bizantina. Ante este templo católico, se yergue una estatua representando a Ibn Khaldoun, el intelectual andalusí exiliado en Túnez: sociólogo, historiador, político, científico...una de las figuras más relevantes del ingente potencial cultural del Islam bajomedieval.

Tras la plaza, la avenida se prolonga mutando su nombre por el de Francia y se halla flanqueada por inmuebles de estilo historicista de principios del pasado siglo, pintados en níveo blanco, marfil y tonalidades crema pálido, resaltando molduras y adornos que sugieren los de una tarta nupcial. Edificios y farolas remiten al París de la Belle Époque.

Al término de esta vía se encuentra la Puerta de Francia, antaño "Puerta del Mar", (Bab el Bhar), un arco triunfal de herradura, que, por su aspecto fortificado, (no en vano fue una de las puertas de la muralla que rodea la medina), recuerda la entrada a un bastión o ribat y que actúa como simbólica barrera arquitectónica entre la ciudad nueva y la ciudad antigua o kasbah, dividiendo en dos la Plaza de la Victoria.

El Mercado Central o el Galla se encuentra muy próximo a la Puerta de Francia, extramuros de la antigua muralla de la medina y comprende tiendas cubiertas donde se despachan carnes y pescados y puestos al aire libre para frutas, verduras y hortalizas, aunando colorido y ambiente popular.


LA MEDINA O MADINAT

Franqueando la Puerta de Francia, una fuente moderna nos recibe con el alegre murmullo que produce el agua que mana, a borbotones, de sus surtidores. Esta parte de la Plaza de la Victoria ya pertenece a la medina, ("madinat" en lengua árabe), el casco antiguo, de tortuoso y laberíntico trazado de la capital tunecina. Son varias las callejas que se abren en la plaza, a través de las cuales podremos penetrar en el corazón de esta ciudad dentro de la ciudad.

La calle que se halla más a la izquierda de la Puerta de Francia, paralela a la muralla, es la Rue de la Comisión, en la que vivió Giuseppe Garibaldi durante su estadía en Túnez. Esta calle semeja uno de nuestros rastros, con sus puestos de mercadillo repletos de especias, legumbres y verduras, ropas, objetos de uso cotidiano y baratijas varias apropiadas para la clientela local.

La Rue de la Kasba lleva directamente a la Plaza de Gobierno, con el Palacio del Primer Ministro, (Dar el Bey) y otros edificios de carácter gubernamental, en el lugar del emplazamiento de la antigua kasbah.

De la Plaza de la Victoria también parte la Rue Jamâa ez Zitouna, que conduce, por el camino más breve, a la Gran Mezquita del Olivo o Jamâa ez Zitouna. Esta angosta calleja central rebosa de mercancías destinadas al público turístico. Los vendedores acosan literalmente a todos los extranjeros que, a duras penas, ascienden la pendiente, pero no es muy conveniente realizar compras en esta zona, ya que al ser muy frecuentada por los turistas, los precios de salida para el regateo, son ostensiblemente más elevados y los productos de inferior calidad. Es mejor reservarse para los zocos que se encontrarán más adelante. Incluso en la localidad cercana de Sidi Bou Said, (de la cual se tratará con posterioridad), tanto en las tiendas como en algunos puestos ambulantes, ofrecen artículos de categoría superior y de mejor gusto, por un coste ligeramente inferior.

La Rue Jamâa ez Zitouna da paso al Souk el Fekka o Zoco de los Frutos Secos, dedicado a la venta de pastas y dulces elaborados con tan deliciosos ingredientes. Mazapanes multicolores, con formas de pequeñas frutas y makrouds, diminutos bocaditos de hojaldre y dulce de dátil, típicos de la cuarta ciudad santa del Islam, Keirouán, se exhiben en improvisados mostradores, cubiertos de celofán para evitar los alientos de quienes por tan exquisitos manjares suspiran.

Un antiguo café, denominado como la calle y la mezquita, "Café ez Zitouna", enorme, recubierto de floreados azulejos y frecuentado únicamente por varones, se aloja bajo la bóveda de cañón de este zoco cubierto. Allí los lugareños se toman su café turco o expresso o su té a la menta, con piñones o sin ellos o cualesquiera de las múltiples variedades de tes y cafés que ofertan y charlan animadamente mientras fuman sus narguilés o pipas de agua, cargadas con un tabaco que no es tal, aromatizado a la manzana, a la fresa...recuerdan que Túnez es y ha sido siempre un vergel, que actualmente cuenta con una producción agrícola envidiable y que en el legendario pasado, en la época de la Cartago romana, llegó a ser el granero de Roma.

Más allá, al fondo del zoco, que semeja un túnel, se halla la Gran Mezquita del Olivo, (Jamâa ez Zitouna), (abre de 8 a 12 h y cierra el viernes al público no musulmán. Entrada de pago que necesario conservar, ya que es válida también para el resto de edificios musulmanes de la medina). La más antigua y grande de las mezquitas tunecinas, de origen omeya, levantada en el s. VIII, pero reformada y ampliada en numerosas ocasiones, por los aglabíes en el s. IX, por los ziríes en el X, por los otomanos en el XVII...Este templo musulmán es el segundo en importancia del país después de la Gran Mezquita de Keirouán, la más santa del Magreb. La Jamâa ez Zitouna fue, asimismo, la universidad más antigua de toda África, lugar donde el filósofo e intelectual Ibn Khaldún predicó sus enseñanzas. Esta actividad docente quedó interrumpida en tiempos de Habib Bourguiba, para ser retomada por orden de su sucesor, el actual presidente de la república, (y dictador), Ben Alí, que accedió al poder tras un golpe de estado.
La Gran Mezquita presenta una logia de doble columnata en su fachada principal y esa galería da paso a un vasto patio, rodeado de pórticos en tres de sus lados. Los no creyentes se encuentran imposibilitados para acceder a él y han de conformarse con admirar tan hermosa obra arquitectónica desde una valla de madera. Al fondo del patio se yergue, orgulloso, el alminar o minarete, de estilo andalusí, no en vano Túnez fue país de acogida para los moriscos expulsados del nuestro durante las persecuciones de que fueron objeto por parte de los monarcas y las instituciones católicas, de entre ellas el Santo Oficio. Esta torre cuadrangular, de cuarenta y cuatro metros de altura, nos retrotrae al glorioso pasado de Al Ándalus, con sus relieves de lacerías y sus merlones rematando la terraza. El patio, por el contrario, es de estilo turco, con arcadas de medio punto peraltadas, que se sustentan sobre capiteles expoliados de las ruinas de la antigua Cartago. Del mismo lugar y de otros yacimientos arqueológicos, proceden los que decoran la impresionante sala de oración, compuesta de quince naves e iluminada con lámparas de cristal de Murano veneciano. Tampoco a ella puede acceder el público no musulmán, que ha de resignarse e imaginar el esplendor de tan portentosa estancia, coronada por la cúpula del bahou, con sus estrías de piedra bicolor.

La Gran mezquita del Olivo se encuentra rodeada por los diferentes zocos, el Souk de Attarine o Zoco de los Perfumistas, con profundas y estrechas tiendas donde el jazmín y los aromas amaderados y almizclados se funden y confunden hasta lograr la magia del perfume, encerrado en pequeños y preciosos frascos de vidrio con decoraciones de oro. Allí se ubica también la Biblioteca Nacional, un vetusto cuartel turco poblado por no menos añejos legajos procedentes de la Gran Mezquita y de las madrasas anexas: coranes y otros manuscritos árabes, poseedores del saber de su tiempo, que ahora ocupan, como habitantes inciertos, los otrora aposentos de las compañías de los temibles jenízaros.

El Souk el Trouk o Zoco de los Turcos prolonga al de los perfumistas. Techado por una elegante bóveda de ladrillo, aloja mercaderías tan dispares como los textiles, los muebles, las alfombras o la marroquinería. En él se encuentra la antigua Casa Ed Dar, ahora ocupada por un selecto anticuario, a cuyo interior se puede acceder no sólo a mirar o adquirir costosos objetos, sino también para ascender a la azotea y así poder obtener magníficas vistas sobre esta parte de la medina, al pie del minarete de la Gran Mezquita. El caserón en sí mismo también es muy interesante, con sus escaleras alicatadas con azulejos multicolores y su cocina, conservada como antaño. Sin lugar a dudas, si se busca un souvenir o un regalo con empaque y buen gusto, éste es el lugar idóneo para comprarlo.

A la derecha de la Gran Mezquita se abre el Souk des Libraires o Zoco de los Libreros, con el Complejo de las Tres Madrasas (o medersas), las escuelas coránicas, (oficialmente no están abiertas al público, pero se permite el acceso libre y no es necesario abonar ninguna entrada, si bien hay pícaros que pretenden timar a los turistas haciéndose pasar por encargados y solicitando a cambio una propina). La Madrasa del Palmero, así llamada por la palmera que antaño sombreaba su patio, porticado éste con columnas cuyos fustes son de mármol negro y se coronan con albugíneos capiteles también marmóreos, que recuerdan a la mezquita de Córdoba, tal es su estilo andalusí. La siguen la Madrasa de Bachiya, con sus filigranas de yesería y sus columnas delicadas y esbeltas que rememoran el arte nazarí de la Alhambra de Granada y la Madrasa de Slimaniya, con un patio muy similar al de la del Palmero, pero con columnas de níveos fustes y, como la primera, con dovelas alternando el blanco y el negro para ornamentación de sus arquerías. Frente a la Madrasa del Palmero, llama la atención la puerta roja y verde del Hammam Kachachine, un establecimiento público de baños al estilo turco o árabe, apto sólo para hombres.

El Zoco de los Turcos desemboca en la Mezquita de Sidi Youssef, o de los Turcos, erigida por los otomanos que en el s. XVII deseaban contar con su propio templo dedicado al rito hanefita. En su patio se ubica la tumba o tourbet de su fundador, Youssef Dey y se remata con un alminar de sección octogonal, el primero que se levantó con esta forma en Túnez. Esta mezquita no está abierta al público no musulmán, así que sólo podrá ser contemplada desde el exterior.

Contiguo a esta mezquita se encuentra Dar el Bey o Palacio del Bey, así llamado por ser la augusta morada de los beys o gobernantes locales bajo dominio turco. Data del s. XVIII, de imponentes dimensiones y con espléndidas fachadas de piedra de color ocre dorado. Fue la sede del Gobierno en tiempos del protectorado francés y en la actualidad es la residencia del primer ministro, así como también lo ocupa el Ministerio de Asuntos Exteriores, por lo que cualquier fotografía está estrictamente prohibida.

Frente a Dar el Bey se halla el Ministerio de Finanzas, un edificio blanco con un reloj en medio que más bien parece un consistorio que otra cosa y a su lado, el Secretariado General de Gobierno. Todas estas edificaciones oficiales están enclavadas en la Place du Governement, en la parte más alta de la medina, donde antiguamente se levantaba la Alcazaba.

Volviendo atrás, descendiendo la kasbah, los zocos se abren como intrincadas rutas para alcanzar el oriente de las mil y una noches. El Zoco de las Chechias, donde el visitante podrá asistir al proceso artesanal de fabricación de estas boinas, introducidas por los inmigrantes andalusíes en el s. XVII y que hoy se exportan con ligeras variantes a países como Libia, Chad o Somalia. Son similares al fez marroquí, pero la chechia tunecina es más achatada, roja y sin borla y la chechia libia casi igual a la de Túnez, pero negra y con borla...

Un poco más allá, a la salida del Zoco de las Chechias y al lado de Dar el Bey, está el zoco que lleva su nombre: Souk el Bey. Sin bóvedas que lo cubran, sobrio y distinguido, los escaparates de sus comercios exponen joyas y orfebrería de calidad.

Continuando, se llega a la Mezquita Hammouda Pachá, del s. XVII, de pequeño tamaño, pero hermosa impronta, con arquerías ciegas y un minarete octogonal, es muy semejante a la Mezquita de los Turcos y como ella, también alberga en su patio el mausoleo de su patrono y tampoco es visitable por los no creyentes.

Retornando al Zoco el Bey y recorriéndolo de nuevo en dirección opuesta, se penetra en una callejuela cubierta que constituye el Souk el Berka o Zoco de los Esclavos. Se continúa hasta una placita, situada bajo una bóveda sujeta por seis columnas pintadas de rojo y negro alternativamente y en ese lugar es donde antaño se realizaban las ventas de esclavos, los cuales eran obligados a mostrarse subidos a una tarima. Ahora, se exhibe un pajarillo dentro de una pequeña jaula que cuelga de una de las columnas, como recordatorio de la infausta cautividad de aquellos desdichados. Salvo ese nimio detalle, ya nada recuerda la antigua función de este zoco, dedicado en la actualidad a la venta de joyas y piedras preciosas que refulgen por doquier, con tiendas de madera tallada pintadas en azul celeste.

Perpendicularmente a este zoco, se encuentra el Souk el Lefta, especializado en alfombras y mantas y cerca el Souk ed Dziria, ambos muy antiguos y con vetustas tiendas que harán las delicias de los fotógrafos aficionados a lo pintoresco. En el Zoco el Lefta hay un establecimiento llamado "El Palacio de Oriente", que también consta de una azotea muy similar a la de la Casa Ed Dar y a la que se puede subir libremente, previa solicitud a los empleados de la tienda, para obtener una buena vista panorámica de esta zona de la medina. La terraza del tejado se encuentra alicatada con antigua cerámica policromada y ornamentada con plantas como la de la casona Ed Dar, así que resulta doblemente gratificante visitarla.

En la parte inferior del Zoco el Leffa, girando a la izquierda, se llega al Souk el Koumach o Zoco de las Telas, del s. XV, que bordea el muro oeste de la Gran Mezquita y se forma por tres naves separadas por columnas pintadas en rojo y verde. Las mercancías que aquí se muestran están relacionadas sobre todo con las bodas y las ceremonias de circuncisión. Montones de detalles florales hechos con tules, gasas y sedas blancas y de tonos pastel se apilan cuidadosamente y resultan llamativos unos cestos de mimbre forrados de raso blanco acolchado, los turistas creen que son camas para gatos de lujo, pero nada más lejos de la realidad, en Túnez se trata muy bien a los mininos, pero no se llega a tanto: son cestas para portar los regalos del novio a su futura desposada.

A continuación se accede al Zoco de las Mujeres o Souk des Femmes, especializado en ropa de segunda mano y después se llega al Zoco de la Lana y al del Algodón, donde se venden ropa y joyería destinadas a las féminas autóctonas. Más arriba se halla el Zoco de los Orfebres, cuyas abigarradas y desmesuradas joyas sólo son del gusto de los orientales y además, muy a tener en cuenta es el hecho de que el oro que allí se vende, con frecuencia, es nada más que de catorce kilates.

Continuando hacía la Mezquita de Hammouda Pachá y bajando por la Rue de la Kasbah, girando después a la derecha por la Rue El Jelloud, se accede a un callejón que lleva por nombre Echemmahia, allí, en el número nueve, dentro de una casa particular, se halla la Tumba de la Princesa Aziza, con bellísimas decoraciones interiores de estuco y cerámica. Volviendo a la Rue de la Kasbah, se encuentra el Souk de Nahas o Zoco del Cobre, donde los artesanos martillean sin cesar, produciendo una alegre y rítmica melodía, las bandejas repujadas y cinceladas que habrán de servir para contener los dulces y otras delicias culinarias.

El Tourbet el Bey es el monumento funerario de los príncipes husseinitas, (el de mayor envergadura de todo Túnez) y fue erigido por Alí Pachá II en el s. XVIII. (Abre de 9,30 a 16,30 h. Cierra los lunes y es preciso pagar entrada). En este mausoleo descansan, en su eterno sueño, los beys o soberanos dependientes del sultán de Turquía, sus familias e incluso alguno de sus ministros. Su exterior destaca por sus sobrias y elegantes fachadas de arenisca dorada y mármol blanco, con decoraciones florales en bajorrelieve, ribeteando las esquinas y pilastras. En la techumbre asoman varias cúpulas recubiertas de tejas verdes o simplemente encaladas, una por cada cámara funeraria. El interior sorprende por sus paredes cubiertas de cerámica naranja y amarilla, un paradójico derroche de color y alegría para honrar a los difuntos. El desorden se adueña de las cámaras sepulcrales: ora una lápida aquí, ora otra allá... sólo en la sala de los monarcas que llegaron a gobernar y sus esposas, reina cierto orden. En ella, los paramentos verticales y los pavimentos, se revisten de mármoles italianos de diversos colores y los finados reposan en el interior de grandes sarcófagos, los de los hombres con pequeñas columnillas prismáticas nimbadas por un turbante o tarbouch y los de las mujeres con placas de mármol colocadas en los extremos.

Descendiendo por la Rue Sidi Zahmoul, girando a la izquierda y bajando la Rue Sidi Kassen, girando a la derecha a la altura del número nueve, se pasa bajo el arco del callejón Ben Abdallah y se llega al Museo de Artes y Tradiciones Populares, instalado en el Palacio Ben Abdallah, edificado en el s. XVIII, (abre de 9,30 a 16,30. Cierra lunes. Entrada de pago). El edificio palacial cuenta con un hermoso patio interior, de mármol blanco, porticado con columnas de este mismo material y color y estucado con atauriques y lacerías. Un zócalo de cerámica policromada le proporciona colorido y una fuente central, cuyo surtidor se adorna con un trío de delfines, alegría. Sobre el pórtico se alza un segundo piso, con un corredor delimitado por una balaustrada de madera pintada de azul celeste. Sin duda, se trata de un patio encantador que ilumina las estancias privadas del palacio, actualmente ocupadas por la exposición del museo: unos maniquíes, vestidos a la antigua usanza, ilustran las actividades propias de los moradores de una casa burguesa tradicional del s. XIX, ocupando los cuartos correspondientes a hombres, a mujeres o a niños, con la cocina y el baño o hammam y todos los utensilios necesarios, además de mobiliario de época, joyas o juguetes. También se muestran los oficios propios de los zocos: orfebres, tejedores, guarnicioneros y todo tipo de artesanos.

Saliendo a la Rue des Teinturiers o Calle de los Tintoreros, (zoco donde se tiñen a mano los tejidos), se llega enseguida a la Rue el M'Bazaa, donde se encuentra el Dar Othman, un caserón del s. XVI hecho edificar por el bey Othman, que se enriqueció por su relación con los raís o corsarios musulmanes, (antiguos esclavos europeos convertidos al Islam). El palacio es de dimensiones modestas, pero posee un pequeño patio ajardinado encantador y alberga la Oficina de la Conservación de la Medina, así que su acceso es libre y gratuito.

Volviendo de nuevo a la Rue des Teinturiers , se gira a la izquierda por la Rue del Trèsor y la Rue el Karchani, preciosas calles jalonadas de puertas azul turquesa adornadas con clavos, idénticas a las típicas de la idílica localidad de Sidi Bou Said. Se ha de continuar subiendo hasta llegar a la Rue Andalous, la más bella vía de toda la medina, con esbeltos arcos de herradura, que dan paso a residencias aristocráticas que rememoran el pasado andalusí de este rincón, cobijo de los inmigrantes adinerados que fueron expulsados por la intolerancia española de la época. Sin duda, es un sitio calmo y tranquilo, donde los numerosos gatos que pululan por toda la medina, se prestan a dormitar en cualquier parte, haciendo suyo el lugar, como si de su feudo se tratase.

Subiendo desde la Rue Andalous, a su izquierda, se arriba a la Plaza del Castillo y se accede al Dar Hussein, un palacio del s. XVIII que ostenta la fama de ser el más hermoso de todo Túnez. Hoy en día sus dependencias acogen el Instituto Nacional de Arqueología y Artes y no está abierto al público, pero el visitante puede pasar sin problemas al patio de mármol blanco, con azulejería de Kallaline y filigranas de estuco, que da paso a otro de menor tamaño en el que luce un cuidado jardín, reflejo mundano del paraíso perdido.

En la periferia de la medina se encuentra la Mezquita de Sidi Mahrez, del s. XVII, de influencia otomana, con sus cúpulas blancas que destacan sobre el azul intenso del cielo. Consta de un patio un tanto angosto con forma de L y una gran sala de oración. Esta mezquita ha sido objeto de una remodelación tan exhaustiva que es muy criticada por parte de los expertos. Frente a ella, al otro lado de la calle, está la Zawilla de Sidi Mahrez, el patrón de Túnez. En ambos lugares no se permite la entrada al público no musulmán.

MUSEO NACIONAL DEL BARDO

Este museo, (abre de 9 a 17 h. en verano y de 9,30 a 16,30 en invierno, cierra los lunes y la entrada es de pago). Célebre por poseer la mayor y mejor colección de mosaicos romanos de época imperial del mundo, dista cuatro Km. del centro de la ciudad, ya que se encuentra en el barrio de Le Bardeau, por lo tanto, es conveniente desplazarse en coche de alquiler o mejor aún en un taxi, si bien se puede tomar el metro, pero es harto complicado acceder a la boca del mismo, puesto que no se ubica en una calle céntrica.

El museo ocupa parte de las estancias del Palacio del Bardo, (Palais du le Bardeau) y en el resto se ha instalado la Asamblea Nacional. La que fuera residencia de verano de los beys mouraditas, y después sede de la corte del fundador de la dinastía husseinita, Hussain Ibn Alí, (s. XIX), fue remodelado por M'Hamed Bey entre 1855 y 1859. En 1888, bajo el protectorado francés, se creó, por decreto beylical, el Museo Alaouí, que posteriormente derivaría en el actual Museo Nacional del Bardo con motivo de la independencia de Túnez en 1956 y sería dotado de las ricas colecciones prehistóricas, púnicas, griegas, romanas, cristianas, bizantinas y árabe-musulmanas, procedentes de todas las regiones tunecinas.

La antigua Provincia Romana de África Proconsular ha proporcionado un ingente número de mosaicos pavimentales, de temas figurativos, geométricos o una combinación de ambos, predominando los mosaicos policromados, concebidos en esta zona, puesto que el mosaico romano anterior al africano, era únicamente bicolor.

El museo cuenta con 50 salas y galerías, muchas de ellas con las decoraciones originales del palacio beylical, con lo que se dota a las exposiciones de un entorno majestuoso. Se exhiben los mosaicos, esculturas y otros objetos, hallados en las excavaciones de las ruinas de Cartago, Thuburbo Majus, Duga, Bula Regia, Uthina, Utica, Thysdrus, (El Jem), Sfax, Mahdia...El orden no es precisamente una virtud típicamente oriental, así que las salas no siguen cronología alguna, la mayoría de los mosaicos y objetos expuestos se agrupan por el yacimiento arqueológico del que proceden y otros se encuentran entremezclados.

En la planta baja, cerca de la entrada, se pueden contemplar sarcófagos y otros objetos funerarios romanos de época imperial. Después se puede acceder a la Sala de Antigüedades Musulmanas, ascendiendo unos pocos escalones que conducen a una enorme puerta claveteada y a un zaguán que se abre tras ella. Prosiguiendo, se verán parte de las dependencias privadas de los beys, con sus habitaciones arregladas con mobiliario de época, su patio de hermosas columnas de mármol y estucos y hasta una pequeña cocina para preparar el té, así como también se muestran cerámicas antiguas en las consabidas vitrinas. Si se retrocede sobre lo andado y se vuelve hasta el portalón árabe, se puede continuar en la planta inferior a lo largo de una serie de salas que contienen antigüedades púnicas halladas en Cartago: figurillas, cerámica, estelas del Tofet o necrópolis infantil, (donde las teorías se dividen, llegando incluso al sensacionalismo de los sacrificios infanticidas, para explicar esas cremaciones), bajorrelieves de la diosa Tanit y una estatua de terracota la deidad suprema, Baal Hamón. Después se llega a otras salas de mayor tamaño donde aparecen mosaicos paleocristianos del s. VI y un baptisterio de este periodo, hallado en la Isla de Jerba. Más allá comienza la colección de mosaicos romanos que se extenderá sobre todo, por las plantas superiores.

Ascendiendo por una doble escalinata, de la que cuelgan paños de mosaicos funerarios paleocristianos, se accede a la segunda planta, donde suelos y paredes acogen multicolores mosaicos romanos de los yacimientos arqueológicos varios: de Thuburbo Majus, Duga...

Y llegados a la Sala de Cartago, situada en el antiguo patio del palacio, (actualmente cubierto), nos encontramos con estatuaria de la Cartago romana, dos descomunales mosaicos pavimentales de la Casa de Icarios de Oudna, uno de ellos representa a Dioniso entregando una vid a Icarios, rey del Ática, (de éste han dejado una réplica exacta en las ruinas de la casa) y el otro muestra escenas de la vida rural. En el centro del inmenso patio, han colocado el Altar de la Gens Augusta, un altar sacrificial que rememoraba la ascendencia y genealogía divina del emperador Augusto.

En la Sala de Susa, dedicada a la antigua ciudad de Hadrumetum, la mayor parte de lo expuesto adquiere proporciones ciclópeas, comenzando por la cabeza y los pies de una estatua de Júpiter encontrados en el capitolio de Thuburbo Majus. También es gigantesco el mosaico del Triunfo de Neptuno, que cubre el suelo y fue hallado en Hadrumetum, Susa. Pero la obra maestra de la sala es el mosaico denominado del Señor Julius, procedente de Cartago y que ilustra, a modo de cómic, la vida de un terrateniente en una villa rural.

La Sala de Duga contiene una maqueta de esta importantísima ciudad romana y varios mosaicos encontrados en ella, el más importante es el de los Tres Cíclopes, que da nombre a las termas donde fue hallado. En esta sala se puede admirar el mosaico más bello de todo el museo: Neptuno y las Cuatro Estaciones, realizado con una finura sin parangón, que procede de La Chebba. En la sala se abren dos hermosos miradores de madera pintada de azul turquesa, desde los cuales se puede contemplar la calle y la Mezquita del Bardo que se sitúa enfrente.

La Sala del Jem, se dedica a la ciudad de Thysdrus, la que hizo levantar el ambicioso anfiteatro que fue el tercero en dimensiones del mundo romano y que se mantiene en relativo buen estado. En esta sala hay mosaicos de bodegones y naturalezas muertas, uno de una montería y cubriendo el solado, El triunfo de Baco, con el dios montado en un carro tirado por dos tigresas y precedido por el semidiós Pan.

La sala de música del palacio beylical, con sus dos palcos, acoge la Sala de Althiburos, en cuyo pavimento se muestra un mosaico denominado Catálogo de Barcos, pues en él son visibles veintiocho barcos con sus nombres en griego o en latín. Asimismo, destaca en esta sala el Mosaico del Banquete, que testimonia la vida de la casta patricia de la Cartago romana.

En la Sala de Uthina u Oudna, acomodada en el antiguo comedor de palacio, cuelga Orfeo Encantando a los Animales. No obstante, el mosaico más importante de todo el museo, se halla en una preciosa sala octogonal coronada por una cúpula con atauriques de estuco, que formaba parte de las habitaciones privadas del bey. Es la Sala de Virgilio, así llamada porque este mosaico que nos ocupa, representa al gran poeta romano Virgilio sosteniendo un rollo de papiro sobre el que se lee el octavo verso de La Eneida y flanqueado por las musas Clío y Melpómene. El mosaico se encuentra totalmente intacto y es el único retrato conocido del poeta, por lo que se le ha rebautizado como "La Gioconda Tunecina".

Siguiendo el recorrido, en la Sala de los Bronces, numerosas estatuillas de este metal, representando a Eros, Dionisos y otras deidades, se exhiben, coquetas, tras de las diáfanas lunas de grandes vitrinas. Las Salas de las Excavaciones Submarinas de Mahdia, exponen los objetos encontrados en un pecio griego hundido a cinco Km. de la costa de Mahdia. Capiteles y esculturas presentan partes carcomidas y erosionadas por la acción del mar y el salitre y otras intactas, salvadas por la arena al haber quedado enterradas en el lecho marino.
En esta zona hay varias salas que exhiben mosaicos con temas relativos al mar y a sus mitológicos moradores: Neptuno y Anfitrite, Océano, Nereidas, caballitos y monstruos marinos, delfines...

Una imponente tumba romana de yeso y estuco preside, en el centro, la Sala del Mausoleo. Se rodea de mosaicos geométricos en el suelo y de otros en las paredes, entre los que sobresale uno con medallones de animales, inspirado en los juegos circenses y que proviene de Thuburbo Majus.

La Sala de Ulises, así llamada por el Mosaico de Ulises, que representa al héroe griego atado al mástil de un navío para no sucumbir a los cantos de las sirenas. Éstas son representadas según la mitología romana: mitad hombres, mitad aves de rapiña. Otros dos mosaicos de importancia que se ubican en esta sala son El Triunfo de Neptuno y Anfitrite y La Coronación de Venus. En las salas contiguas, hay otro mosaico similar a este último: Venus Coronada por Dos Centauros.

Ascendiendo a la segunda planta del museo, se pueden avistar los mosaicos pavimentales de la Sala de Cartago, con una perspectiva de pájaro y diversos puntos de vista, ya que dicha sala, el antiguo patio del palacio, es circundada enteramente por un corredor. La Sala de las Escenas de Caza, contiene mosaicos relativos a este tema, como Teseo Matando al Minotauro, motivo que se inscribe dentro de un dibujo geométrico y que simboliza el Laberinto de Cnosos. También hay mosaicos sobre combates de púgiles y de gladiadores, así como de un "bestiare", El gladiador Bellunaire matando a un león en el anfiteatro.

En la Sala XXI, cuelgan mosaicos de tema variado, sobresaliendo dos sobre Diana Cazadora. Por último, en la Sala de Acholla, se exponen los maravillosos mosaicos de grandes dimensiones que cubrían el suelo del frigidarium de las Termas de Trajano de la portuaria ciudad de Acholla, situada a cuarenta Km. al norte de la actual Sfax. También acompañan a este lote, mosaicos pertenecientes a villas de esta localidad, incluyendo los de la villa de un senador romano.

ALGUNOS DATOS PRÁCTICOS:

El tiempo que puede ocupar ver lo expuesto en este texto, la ciudad nueva de Túnez capital, su medina y el Museo del Bardo, no debería exceder de dos días completos, si bien eso depende del ritmo del viajero.

Túnez es un país seguro, sin apenas delincuencia y de gentes amables y hospitalarias. Su nivel de desarrollo es óptimo comparativamente al resto de países del Magreb. No se aprecian cotas de pobreza que justifiquen la mendicidad, por eso es inexistente. El trato que reciben los animales callejeros como perros y gatos es humanitario y respetuoso.

Los meses más convenientes para visitar la capital de Túnez son los primaverales, pues en verano el calor se incrementa considerablemente, si bien en esta parte del país no suele sobrepasar los 35ºC. En septiembre comienza la temporada de lluvias, aunque éstas pueden hacer su aparición incluso durante la canícula, ya que el verdor de los campos certifica un grado de humedad elevado. Por fortuna, no hay constancia de mosquitos.

La vestimenta adecuada, sobre todo para visitar la medina, es del tipo recatada, evitando en lo posible, sobre todo para las mujeres, escotes, tirantes que muestren hombros y espaldas, ropa muy ceñida o corta. Tampoco son bien vistos los hombres en pantalón corto o camiseta de tirantes.

El idioma oficial es el árabe , pero el francés es la segunda lengua y es hablado por la generalidad de los tunecinos, los cuales también entienden en buena medida el italiano, así que no es muy difícil hacerse comprender en español chapurreando alguna palabra francesa o italiana. Asimismo, es posible encontrarse personas que dominen el inglés.

Los precios de comidas y bebidas son en general económicos, así como los de los''' taxis, que son muy asequibles.''' Un dinar tunecino equivale a cincuenta céntimos de euro, aproximadamente.

El horario es idéntico al horario español.

No se precisa ninguna vacunación especial, si acaso la de fiebres tifoideas si se va a visitar también el sur o las de hepatitis A y B con el mismo motivo, pero si se observan medidas higiénicas como sólo tomar agua embotellada, evitar cubitos de hielo y no comer frutas ni verduras sin pelar, no se hace necesario.

Las farmacias del país y máxime de la capital, están bien surtidas de todo tipo de medicamentos, sin embargo, es aconsejable llevar un botiquín con un poco de todo lo que pueda hacer falta.

PRÓXIMA ENTREGA:


Constará de otros barrios periféricos de la capital tunecina: La Goulette, (La Goleta), Carthage, con las ruinas de la antigua Cartago y Sidi Bou Said. 

NOTA:

Este texto ha sido publicado con anterioridad en mi cuenta de la web Ciao, con mi nick de "mayte_dalianegra" y también ha sido registrado reservando todos los derechos de autor bajo mi nombre real.

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Estampa Napolitana

por Mayte
domingo, 22 de marzo del 2009 a las 05:57
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Cejijunto, de rostro atezado y mandíbula prognática, con el sombrero de fieltro negro calado hasta el límite de su angosta frente y aquella verborrea de charlatán de feria que le caracterizaba, Tomassino Espósito se despedía de su esposa con mil y una palabras, como si le acongojase dejarla sola y condenada al mutismo más absoluto durante toda la jornada, puesto que el cielo no les había otorgado la bendición de una prole que la consolase con su compañía.

Había salido de su casa con el nacimiento de la aurora, cuando la bóveda celeste resplandecía tornasolada por el albor del día. Mientras pedaleaba a buen ritmo a lomos de su vieja bicicleta, entonaba una cancioncilla popular napolitana -Jammo, jammo, 'ncoppa jammo ja', jammo, jammo, 'ncoppa jammo ja'. Funiculí funiculá, funiculí funiculá, 'ncoppa jammo ja', funiculí funiculá - y a ratos fruncía el ceño al levantar la mirada hacia los cirros y cúmulos nubosos que, cual caracolas rojizas, iban dibujando estelas estriadas que rebrillaban con el áureo fulgor del astro rey.

Tomassino moraba en una humilde casucha de un pequeño pueblo de la Costa Amalfitana, un pueblecito colgado del acantilado y acunado por el arrullo de las amorosas olas del Tirreno. Su madre, natural de Positano, fue quien le introdujo en las sabias artes de la gastronomía tradicional. De ella, que de soltera había trabajado como cocinera para una de las familias nobles de la comarca, fue de quien heredó Tomassino su buen hacer ante los fogones.

Saludaba alegremente a cuanto vecino encontraba en el camino y sonreía a la par que cantaba, aunque esto último a veces se lo dificultase el resuello. Era Tomassino un hombre jovial, cuyo físico poco agraciado no se correspondía con el encanto que emanaba de su alma, dotada de una afabilidad y una benignidad propias de las personas sencillas y bienintencionadas.

Tenía por costumbre santiguarse cuando avistaba el Vesubio en el horizonte, tras franquear la primera curva de la pedregosa pista por la que transitaba, a escasa distancia de su morada. Recordaba la violenta erupción que hacía pocos años había asolado poblaciones relativamente cercanas a la suya, justamente cuando todo parecía estar retornando a la calma, a la ansiada paz.

Y también tenía siempre presente lo que su maestro, Don Vittorio Brizzi, le había explicado durante una de las contadas ocasiones en las que le había sido posible acudir a la escuela a lo largo de su infancia. Les había hablado, a él y a los demás niños, de los antiguos romanos, de unas gentes, antepasados suyos, que no vestían chaquetas ni pantalones, sino unas túnicas y unas togas blancas enrolladas alrededor del cuerpo y que no cubrían sus testas con sombreros, sino que las lucían desnudas, como desnudas también retrataban a sus diosas y mujeres en increíbles y realistas esculturas, con aquella carnalidad lúbrica y lasciva que Tomassino había visto en unas ilustraciones y fotografías que su profesor les había mostrado y que, sin dar crédito a lo que sus ojos veían, le habían parecido lo más bonito del mundo, lo más deseable, aquella perfección que le hacía entonces anhelar crecer, hacerse mayor y conseguir como compañera una fémina con semejantes atributos.

Años más tarde, Tomassino se desengañó y comprobó que las muchachas hermosas de su pueblo, y las de los alrededores, elegían también a los mozos apuestos o a los que podían mantenerlas y darles buena vida con sus haberes y para él, feo y pobre como era, quedó, como única alternativa, una de las jóvenes menos atractivas del lugar. Pero no pareció importarle mucho, pues era su Concetta de carácter tan afectuoso y cordial como el suyo propio y le colmaba de todas las atenciones y placeres que un hombre de su condición pudiera desear.

Cuando el maestro les habló de los romanos de antaño, de los que vestían togados, también les relató que allí cerca habían existido dos ciudades ricas y opulentas y que un nefasto día el volcán, -cuya silueta ahora aparecía ante sí majestuosa, recortada sobre el firmamento rosa y oro- , se las había tragado, las había sepultado, enterradas vivas bajo un manto de lava y escombros incandescentes; y todas aquellas personas habían perecido de forma horrenda y cruel sin que nada ni nadie pudiera salvarlas de una muerte segura.

Las elocuentes palabras del maestro impactaron en la mente pueril y frágil del Tomassino niño y desde entonces experimentaba una extraña sensación de impotencia, de rabia incluso, cuando vislumbraba meramente el contorno del Vesubio, cuya visión se hacía omnipresente a lo largo de toda la bahía; ésta era para él una imagen cuasi demoníaca, perversa, maléfica...

Le dolían aquellos muertos de las antiguas Pompeii y Herculaneum o de Oplontis y Stabiae, tanto como los de San Sebastiano al Vesubio, Massa di Somma y San Giorgio in Cremano, en donde había perdido conocidos, amigos y parientes lejanos. Se afligía por aquellas gentes de tiempos remotos como si fuesen sus abuelos o sus tíos, como si les hubiese conocido, y no podía por más que lamentarlo y temer a las fuerzas de la naturaleza tanto como a las del Maligno.

Pese a los infaustos recuerdos e inquietudes que aquella montaña, sempiternamente orlada por los nimbos, le trajese a la memoria, Tomassino se reponía al instante, con la ingenuidad propia de las mentes cándidas y simples. Si bien no era absolutamente analfabeto, escribía y leía a duras penas, pues había ocupado buena parte de su niñez en ayudar a su progenitor y a sus hermanos mayores en las faenas del campo y de la pesca, y cuando no, se hallaba al lado de su mamma, consagrado a los menesteres culinarios.

Pedalada tras pedalada, había llegado ya a la ciudad, a la misma hora de siempre, pues si de algo se jactaba Tomassino, era de su extremada puntualidad. Nápoles se erguía orgullosa de su pasado glorioso, soberbia e indiferente a la decadencia y al deterioro causados por el paulatino abandono y por la guerra que no hacía mucho se había librado entre sus calles. Todavía al doblar una esquina parecía resonar el eco de los taconazos de saludo de los alemanes o la musiquilla de una marcha militar fascista. Aún al anochecer, emergían de entre las sombras los fantasmas de soldados y oficiales, ora uniformados de caqui y ostentando brazales escarlata, estampados con esvásticas negras inscritas en albugíneos círculos, ora ataviados de negro y ornados con calaveras blancas, saludando a la romana a un Duce al que ya habían devorado los gusanos. Y parecían oírse también, en las noches de tormenta, en lontananza, como en un esperanzador sueño, los cañonazos con que ingleses y americanos anunciaron su llegada. Todo aquello, todo aquel confuso horror, se había sucedido apenas unos años antes, empero la huella indeleble, que dejan la destrucción y la miseria, seguía arraigada de forma perenne en la conciencia de los lugareños, marcada a fuego en sus carnes y en las piedras horadadas de sus edificaciones: pequeños y grandes butrones que el tiempo no había aún logrado cicatrizar.

Tomassino Espósito pasó por delante de la Stazione Circumvesubiana, aquélla a la que arribaban los trenes que procedían de la Costa de Amalfi en la que él habitaba. Después llegó a la vasta Piazza Garibaldi y de allí tomó la Via A. Poerio para después perderse en el dédalo de callejas próximas al Duomo o catedral y realizar algunas compras de productos frescos para los almuerzos y cenas que debía preparar. Los tímidos regatos que aún corrían por las calles eran paladinos indicios de que había llovido copiosamente durante la noche, pero se evaporarían enseguida, pues a pesar de ser todavía una hora temprana, el sol ya empezaba a calentar e incrementaría su viveza a medida que avanzase la mañana, puesto que ya estaba pronta a llegar la canícula.

Se detuvo en la Via dei Tribunali - vía esta que ocupaba el primigenio trazado del Decumanus Maximus romano - ante la Pescheria La Sirena, regentada por su amiga Angelina, y compró varios pulpos de pequeño tamaño, que se conservaban vivos en baldes de hierro esmaltado llenos de agua de mar, al objeto de mantener su frescura y calidad. También adquirió hortalizas, algunas verduras, salami y un jamón de Parma en la tienda de otro de sus amigos, Gianni Moscati, con el que conversó animadamente por espacio de breves minutos. Cargó las mercancías en el cesto de la bicicleta y en un par de grandes bolsas de tela que hubo de llevar colgadas a ambos lados del manillar.

Afortunadamente la carga no le incomodaba demasiado, pues ya no faltaba mucho para llegar a su destino. Pedaleó por la Via del Duomo en dirección norte hasta cruzar la Via Luiggi Setembrini y se plantó, raudo y veloz como una saeta, bajo la Porta San Gennaro. Era ésta la más antigua de las puertas de la ciudad, mencionada ya en vetustos anales del año 928, cuando constituía el único punto de acceso a la muralla greco-romana desde la zona septentrional. Con el tiempo, perdida ya la primitiva barbacana, la puerta había cambiado su fisonomía merced a numerosas reformas y se trataba pues, de un arco que coronaba la calle que otrora conducía a las catacumbas del santo milagrero patrón de la urbe, cuya sangre, contenida en dos ampollas atesoradas en su capilla de la catedral, se licuaba dos veces al año y de no hacerlo, presagiaba la llegada de calamitosos acontecimientos. La arcada mediaba ahora entre dos edificios enfrentados, como si de un puente tendido entre ambos se tratase. Una hornacina rectangular, centrada sobre la clave del arco, contenía una pintura al fresco representando a San Genaro arrodillado ante la majestad de Cristo.

Al pie de la Porta San Gennaro, a su izquierda, bajo un vetusto toldo de desvaídas franjas bermejas alternadas con otras de un blanco amarillento, se situaba la Pizzeria di Vicenzo e Luciano, un modesto pero impoluto local de comidas. Allí era donde Tomassino ejercía como gran maestre indiscutible de ese sancta sanctorum que constituía su cocina.

Arrimó la bicicleta a una de las desconchadas paredes del inmueble y su pituitaria percibió el aroma a jabón de Marsella que emanaba de las inmaculadas sábanas que colgaban por doquier, suspendidas de una parte a otra del callejón, zarandeadas por la brisa y acariciadas por el sol, que las hacía relucir mostrando su níveo esplendor. Entró en la pizzería cargado con las bolsas y paquetes y su jefe Luciano, que ya se encontraba en el interior, ultimando los detalles para abrir al público, le saludó cortésmente.

- Hola Tomassino, ¡buen día! ¿Traes todo?

- Hola, Don Luciano - saludó a su vez Tomassino-, ¡buen día! Sí, creo que no falta nada. Haremos un buen menú, Don Mario quedará encantado, como siempre.

- Sí, sí, como siempre, como siempre. - Respondió su patrón con la sonrisa en los labios mientras desempolvaba unas botellas de chianti.

Luciano Di Stefano había heredado el negocio que su padre Vicenzo había fundado en 1910, y en el cual Vicenzo se ocupaba también de la cocina, pero tras el fallecimiento de éste y en vista de que él no estaba dotado para detentar tal cargo, tomó a Tomassino a su servicio por recomendación expresa de Don Mario Pagano.

Tomassino dejó todo en el almacén, colgó su raída chaqueta de pana y su sombrero negro y se puso una casaca y un gorro de cocinero almidonados e impecablemente blancos. Entro en la cocina, donde sus dos ayudantes, Gaetano y Michele, le esperaban y les transmitió un jovial saludo.

- Hola, ¿cómo va todo? ¿Preparados para encarar bien el día?

- Sí, - le contestaron ellos al unísono - lo que tú digas, jefe.

Gaetano Parisi era un joven desgalichado, de cara larguirucha y macilenta dominada por una descomunal nariz aguileña, pero obediente y bien dispuesto para el trabajo. Michele Schialfa también era un muchacho hacendoso y servicial, pero, a diferencia de Gaetano, era de complexión fuerte y bien formado, de espaldas anchas y proporcionadas, como también lo eran sus facciones, viriles y hermosas: los ojos negros, grandes y almendrados, la boca de firme trazo, de gruesos labios bien delineados. Por él suspiraban de amor las féminas de medio vecindario.

Transcurrió la mañana entre bromas y chistes hilarantes, como era habitual entre Tomassino y sus pinches, elaborando pasta fresca, masa para las pizzas, salsa de tomate, pesto, guisando las verduras y legumbres para la minestrina, preparando los pulpitos para servir de antipasto, lonchando el prosciutto o jamón y el salami para incorporarlos a los diversos platos.

Y en esto llegó la hora del almuerzo y la clientela ya atestaba el comedor e incluso la espaciosa terraza que se ubicaba frente a las portadas abiertas del restaurante y de la cocina. Luciano, el propietario, corría febrilmente de un lado a otro ayudado por su esposa Claudia y su hija Silvana, que habían bajado, para tal fin, del apartamento que ocupaban en la planta primera del edificio, y entre los tres no daban abasto a servir las mesas. A veces era el propio Tomassino quien, saliendo por la puerta de la cocina, que daba directamente a la calle y cuyas dos hojas permanecían siempre abiertas mostrando el interior de la misma, oficiaba de ocasional camarero portando una deliciosa pizza o un plato de humeante pasta.

Fue así como había visto por vez primera a su ángel. En aquella ocasión venía también del brazo de su madre y ambas tomaron asiento ante la misma mesa que ahora ocupaban, justo a la derecha de uno de los batientes de la portada de la cocina. Siempre se instalaban en la misma mesa de hallarla disponible, con un ritual que solían repetir en cada una de sus visitas: la madre, una robusta y corpulenta mujerona, se sentaba primero y seguidamente lo hacía la hija, que nada parecía haber heredado de ella, puesto que era grácil y esbelta cual cimbreante mimbre. La madre se despojaba del sombrero, desprendiendo previamente los alfileres que lo sujetaban a su pelo, y después le quitaba el de la hija para, seguidamente, soltarle la frondosa cabellera sobre los hombros. La joven poseía un cabello ondulado y centelleante como una noche estrellada, de un profundo color ébano, que contrastaba vivamente con su rostro pálido y frágil, de una piel que ni la más fina seda de Oriente pudiera rivalizar en suavidad y tersura. Los enormes ojos rasgados, de felina mirada, los labios carnosos, sensuales, rojos como cerezas frescas y húmedas; y cuando sonreía mostraba el marfil de sus dientes tan regulares, tan bien alineados, tan perfectos como los de los anuncios de dentífricos de los periódicos.

Y eso era lo que más le gustaba a Tomassino, verla sonreír, por eso procuraba servir él personalmente su mesa y dedicarle también sonrisas con cada plato que le llevaba, para obtener a cambio una de las sonrisas que ella tímidamente esbozaba, un mohín, cualquier cosa, incluso quedarse extasiado admirando su inconmensurable belleza virginal y escurrir furtivamente la mirada, henchida de deseo, por entre el escote de ella, imaginando la rotundidad de sus formas, el buen tamaño de los mullidos pechos que los vestidos de livianas telas, tan ceñidos a su estilizado talle, permitían adivinar; la tonalidad y el perfil de sus ansiados pezones, que Tomassino imaginaba oscuros y sabrosos como el chocolate y erectos como puñales que se clavaban en su cerebro con libidinosa furia y le provocaban una lubricidad extrema y descender, descender... ora vertiginosamente, ora con un vaivén cadencioso, entre espasmos de placer, hasta el abismo, hasta el infierno en que se abrasaría de amor e ígnea pasión por aquel ángel puro, su ángel, su niña.

Tomassino recordaba entre suspiros, que ya aquella primera vez que sus ojos tuvieron la dicha de encontrarla, se prendó como un poseso de su hermosura y apartó de su mente la imagen de su esposa Concetta, que era, en lo tocante al físico, la antítesis de esta muchacha. Si la una, Concetta, era burda y tosca, la otra, su ángel, era de una finura sin parangón alguno, delicada como una flor, como una mariposa que al batir las alas le sedujese con su irresistible embrujo y se pertrechara en lo más recóndito de su corazón. Ya entonces también la comparó con una de aquellas Venus marmóreas que su maestro, Don Vittorio, le enseñase en las fotografías de las enciclopedias al uso, de senos plenos y llenos y de sexos impúdicamente descubiertos, prestos a ser palpados y poseídos con deleite, con fruición y complacencia, como se degusta un jugoso y dulce higo maduro. Así la deseaba Tomassino, así, con el ardor de un macho cabrío, pero también observaba un cierto melindre, como si tuviese miedo de dañar a aquel ser casi etéreo, a profanar su naturaleza cuasi divina.

Sabía que no era para él, lo sabía, no poseía apenas cultura ni instrucción, pero comprendía el alcance de sus limitaciones. Y además se había establecido una feroz competencia entre sus compañeros, aun cuando éstos fuesen sus subordinados. Tanto Gaetano como Michele eran más jóvenes que él, e incluso el feucho y desgarbado Gaetano podría ser considerado un galán a su lado, y no digamos Michele, con su apostura y gallardía a flor de piel y su experta manera de conquistar a las mujeres. De hecho, Michele no le quitaba el ojo a su ángel en cuanto la veía aparecer y procuraba pavonearse ante ella, en la terraza, siempre que podía. Menos mal que él llevaba el mando de la cocina y cuando veía a su amada, les imponía tareas a sus pinches para mantenerles entretenidos y alejados lo más posible de la joven.

A veces, Tomassino, que no había conocido nunca antes el amor, a pesar de estar desposado con su Concetta, a quien quería mucho, sin duda, pero por quien no sentía ni había sentido jamás pasión amorosa alguna, pronunciaba mentalmente el nombre de su niña: Sofía. Se llamaba así: Sofía. Desconocía su apellido, cómo se llamaba su oronda progenitora o dónde vivía, pero sabía eso: su nombre, su adorable nombre, lo conocía de labios de la madre de su ángel. Sofía, Sofía, Sofía, -se repetía- y no había para él palabra más sonora y almibarada ni bálsamo más lenitivo. Las sílabas tintineaban en sus oídos cual monedas de plata cuando las vocalizaba en voz alta, embelesado, arrebatado con el recuerdo de su hurí de ojos y cabellos zaínos, de su idolatrada diosa sureña.

Y ella, su Sofía, se hallaba ahora allí, sentada sobre el borde de la silla, con el tronco y el cuello maravillosamente erguidos, en aquella postura tan elegante y afectada que solía adoptar mientras su madre interrogaba a Don Luciano sobre las novedades culinarias del día. Tomassino la observaba de soslayo, encandilándose cada vez más con su candorosa y refinada imagen de cisne. Él intuía, sabía, que tras su altiva apariencia se escondía la candidez de una vestal sin mácula alguna.

Don Luciano tomó nota del pedido de la mesa tres, de la mesa de Sofía, y se la pasó a Tomassino, quien se dispuso a realizar los platos encargados como si la vida le fuera en ello. Sirvió unos antipasti en las fuentes más bonitas con que contaba la vajilla del restaurante, y los decoró con esmero para mayor agrado de su amada. La hija de Don Luciano, Silvana, una joven rubicunda y vigorosa, intentó llevarlos a la mesa de Sofía no sin antes forcejear con Tomassino y ganar éste la disputa.

Salía Tomassino portando una bandeja con los antipasti variados para Sofía, cuando vio llegar y tomar asiento ante la mesa dos de la terraza, a Don Mario Pagano, el hombre a quien él y su familia tanto debían. Era éste un varón de mediana edad, de cabellos entrecanos y porte distinguido, alto, delgado y vestido con un traje negro entreverado con finas rayas blancas. Una camisa de seda, la corbata negra y el sombrero de fieltro, también negro, le aportaban un donaire difícil de superar por los presentes. Le acompañaban sus dos hombres de confianza, fornidos, hercúleos, y luciendo indumentarias casi tan exquisitas como la suya.

El dueño de la pizzería, Don Luciano, se apresuró a retirarles las sillas en un gesto de estudiado servilismo mientras sonreía parca y nerviosamente. Tomassino les saludó, asimismo, con otra sonrisa que más bien semejaba una mueca y con un leve movimiento de cabeza de signo afirmativo. Estaba habituado a recibir a Don Mario a diario, pero no por ello se aclimataba a aquel ambiente de tensión que permanecía latente mientras Don Mario y sus gángsteres continuasen allí.

Don Mario Pagano era un capo de la Camorra, oriundo de Boscoreale, que se había enseñoreado con el control del contrabando y todo el tráfico de índole delictivo de la ciudad. Había pocos clanes que se atreviesen a hacerle frente, de hecho, él era en aquellos momentos el dueño y señor de Nápoles. Aún así, Don Mario se mantenía fiel a su pasado y, pese a su altanería y arrogancia, frecuentaba la humilde pizzería donde su padre, un indigente pobre de solemnidad, había obtenido tantas y tantas refacciones gratuitas por mor del piadoso corazón de Vicenzo di Stefano, el malogrado ascendiente de Don Luciano.

Don Mario, como siempre, pidió una botella de Lachryma Christi mientras ojeaba el papel que, a modo de carta, presentaba el escueto, pero sabroso, menú que la pizzería ofertaba para el día. La joven Silvana le escanció el vino en una copa de cristal de Bohemia, de la cristalería que se utilizaba para uso exclusivo suyo. A Don Mario, acostumbrado a ver mujeres hermosas, le agradaba que le sirviese las viandas Silvana, la risueña hija de Don Luciano. Le gustaban las muchachas vivarachas y Silvana lo era, sin lugar a dudas, y además poseía un gran atractivo sexual: era una jovencita pelirroja de caderas anchas, nalgas prominentes y sus senos, rotundos y firmes, se bamboleaban arriba y abajo al compás de sus movimientos. Cuando Silvana se acercaba con las manos ocupadas por platos y bandejas, él, pícaramente, aprovechaba a pellizcarla en el trasero, cuidando de que el padre de la chica no le viese para no afrentarle, y cada vez que ella se inclinaba sobre la mesa para servirle, deslizaba los ojos, sin la menor pudicia, por la abertura de la blusa de la muchacha, acertando a vislumbrar, a veces, un travieso pezón que se movía libre de la atadura de ningún sostén, por entre la vaporosa tela.

Don Mario les hacía guiños de complicidad a sus matones sobre la ingenua adolescente, entre bromas veladas y risotadas que denotaban su deseo por poseer y desflorar a la púber. Sólo había algo que refrenaba los más bajos instintos de aquel hombre que manejaba también el negocio de la prostitución de toda la urbe, y ese algo era la gratitud que le adeudaba a la familia de Don Luciano por el trato tan humanitario que le habían proporcionado a su progenitor cuando éste más lo necesitaba.

Quizás por eso Don Mario se había apercibido de la presencia de aquella otra joven tan bella que, desde hacía unos días, almorzaba en la mesa contigua acompañando a una gruesa señora. Se había fijado en el refinamiento de sus modales a la hora de sujetar los cubiertos, en su mesura para hablar y en la timidez de la que hacía gala cuando sus miradas se cruzaban. Y cuando esto sucedía, cuando sus ojos encontraban los de ella, se sentía un león atrapando a su gacela, le daba caza una y otra vez y la despedazaba a besos y a mordiscos e imaginaba la sangre roja e hirviente de ella manando a borbotones y tintando de carmesí su tez de ninfa. Sólo mirarla, sólo atisbar su egregia efigie de casta diva y el corazón se le salía por la boca de deseo contenido. Don Mario Pagano, aquél que esclavizaba a cientos de mujeres napolitanas, había caído también rendido ante el fascinante hechizo de Sofía.

El capo alzó su copa en señal de saludo hacia Sofía y su madre, y el sol, que había llegado ya a su cénit, traspasó, con sus centelleantes rayos, una rendija abierta en la lona del entoldado y alcanzó el Lachryma Christi, irradiando los destellos y tonalidades propios de un rutilante rubí facetado. La madre de Sofía asintió con gratitud ante semejante gesto y Don Mario se dirigió a ellas con magistral oratoria:

- ¿Saben, señoras mías, que éste es un vino único en el universo?- les espetó, alzando la voz, no sin cierta petulancia.- Una antigua leyenda asegura que el diablo se llevó un trozo del cielo y que después lo dejó caer aquí, en Nápoles, al pie del mismo Vesubio. Y cuando Jesús, nuestro Señor, supo del hurto de Lucifer, no pudo por menos que llorar y sus benditas lágrimas, las lágrimas de Cristo, cayeron sobre nuestra bienaventurada tierra y de ella brotaron las cepas que dieron origen al vino. Éste, señoras, es el mejor y el más antiguo de los vinos del mundo, paladearlo es un privilegio reservado sólo a muy pocos.

Y tras concluir su discurso, hizo traer una botella del mismo caldo para la mesa de las dos mujeres. Se trataba de un Mastroberardino, de una reserva especial, que Don Luciano atesoraba como oro en paño, en el fondo de su bodega.

La madre de Sofía se mostró sorprendida y muy agradecida por el singular obsequio y la hermosa joven bajó la cabeza, ruborizada y turbada ante la insolente mirada de Don Mario, que la desnudaba en cuerpo y alma inspeccionando minuciosamente cada detalle, cada poro de su piel. No pudiendo resistir el examen ocular del que estaba siendo objeto, Sofía se levanto y se dirigió al lavabo con el ánimo de refrescarse la cara, que le ardía de vergüenza, y escapar a tan embarazosa situación.

No bien se hubo levantado y los ojos de Don Mario y sus secuaces la siguieron, recorriendo con desmedido atrevimiento la curvatura de sus prietos glúteos y de sus ondulantes caderas, que se contoneaban, sin proponérselo, cada vez que sus largas piernas avanzaban un paso encaramadas sobre aquellos elevados tacones. Y escrutaban también, sin la menor conmiseración, incluso hasta las costuras posteriores de sus sedosas medias negras, que tremolaban oscilantes, como dos sierpes encantadas, al ritmo de su acompasado caminar. Los tres malhechores la deseaban con vehemencia, como la deseaba cada hombre que se cruzaba en su camino. Sofía no podía dejar indiferente a nadie, poseía el don de la belleza en grado superlativo y era ese don una cualidad más propia de las deidades que poblaban los paraísos celestiales, que del común de los mortales.

Don Mario daba buena cuenta de un plato de tortiglioni con rraù napoletano, regado abundantemente por su Mastroberardino preferido, mientras sus dos guardaespaldas le acompañaban, ahora silentes, escudriñando pausadamente, desde sus asientos, cada rincón de la calleja en busca de un posible peligro. Uno de ellos, Giuseppe De Palma, un hombre joven, pero de apariencia ligeramente avejentada por sus duros y adustos rasgos faciales, sacó un pañuelo del bolsillo de su americana y procedió a secarse el sudor que se le escurría por la frente a causa del considerable calor del mediodía. Don Mario se percató de la perentoria necesidad que tenían sus sicarios de reponer líquidos y con una actitud generosa, impropia de él en situaciones similares, requirió a la ingenua y campechana Silvana, para que les sirviese una jarra de agua fresca.

- Mocita, tráeles a éstos agüita clara, anda, que se me van a resecar con tanta sudoración. - Dijo vociferando, como buen napolitano, a la par que soltaba una sardónica carcajada.

- Si, Don Mario, como usted mande, ahora mismo se la traigo.- Respondió sumisa la chica, emprendiendo una carrerilla hasta la cocina.

Entretanto, la madre de Sofía departía con Don Luciano sobre el origen de la Puerta de San Genaro que tenían tras de ellos a modo de teatral decorado. Ella parecía ser una erudita en la materia, no en vano le recalcó al hostelero que su malogrado cónyuge había sido profesor universitario de Historia Antigua, y que de él había adquirido ella algunos de esos significativos conocimientos.

- No, no, Don Luciano, esta puerta ya estaba ahí en la época de la Roma Imperial, hombre, si lo sabré yo, y mucho antes también, que no me lo habrá relatado mi querido marido, que en gloria esté el pobrecito, pocas veces. - Repuso la gruesa señora con aires de sabihonda.- Lo que sí, que no tenía el aspecto que usted ve ahora, eso por supuesto, cada época le ha ido añadiendo unas cosas y restándole otras.

- Bueno, bueno, señora, si usted lo dice será verdad, no lo dudo.- Le confirmó el restaurador sin demasiadas ganas de discutir sobre el tema.

Tomassino, ensimismado en sus quehaceres, aliñaba con una aromática albahaca las dos pizzas que Sofía y su madre habían pedido como primer plato y ya se disponía a colocarlas sobre su brazo izquierdo para salir a servirlas a la mesa de su amada, cuando escuchó el fiero y atronador rugido de una motocicleta acercándose. Sin saber a ciencia cierta el porqué, se quedó paralizado durante unos instantes, como si un turbio presentimiento se cerniese sobre él y le impidiese mover un solo miembro.

En aquel momento la bella Sofía, que ya había recobrado la serenidad gracias a unas refrescantes abluciones y presentaba de nuevo una expresión digna y sosegada, regresaba a la mesa de la terraza, si bien nadie reparó en su presencia, pues toda la concurrencia se había vuelto, instintivamente, hacia la ruidosa moto que se acercaba, acelerando cada vez más, hasta que se detuvo delante de la pizzería durante unos segundos. Entonces se oyó el seco tabletear de una ametralladora, sin que casi nadie pudiese reaccionar de manera alguna.

Tomassino, en un rápido acto reflejo, se echó al suelo y desde su posición pudo ver cómo volaban por el aire los enseres, el menaje y las vituallas de su cocina, todos ellos despedazados, hechos añicos, entre una atmósfera de polvo y confusión. Cuando hubo cesado el fragor de los disparos y escuchó alejarse la motocicleta, se levantó y salió, aturdido y dando tumbos, al exterior.

Lo que contempló fue una escena dantesca, la más atroz de las pesadillas: todos los comensales de la terraza se hallaban muertos o malheridos; también la balasera había alcanzado a muchos de los que se encontraban en el comedor interior y a sus dos ayudantes, si bien estos últimos no daban muestras de que su estado revistiese gravedad. Los gritos de espanto iniciales habían cedido su puesto a los lamentos y gemidos quejumbrosos de los que aún permanecían vivos. Podía escuchar con nitidez el afligido sollozo de una mujer que lloraba a su esposo inerte como una apesadumbrada plañidera.

Don Mario y sus dos acólitos yacían muertos, sin ningún tipo de duda, sobre la mesa y las sillas, descolgados en posturas inimaginables, con las cabezas destrozadas por las balas y bañados en ríos de sangre. Uno de los esbirros había echado mano de su arma corta, una pistola que Tomassino reconoció como una Parabellum o Luger alemana, pero no parecía que hubiese tenido ni tan siquiera tiempo de disparar y se había quedado aferrado a ella, con el índice a punto de apretar el gatillo.

Tomassino no les prestó demasiada atención a Don Mario y a los suyos y avanzó como pudo, tropezando con otra pistola que se les había caído al suelo, esta vez se trataba de una Beretta. Continuó sorteando el mobiliario destrozado, ensangrentado y cubierto de fragmentos de loza, vidrio y los restos de lo que, hasta hacía unos instantes, habían sido suculentos manjares, y se encontró con el voluminoso cadáver de la madre de Sofía. Era más que evidente que la vida ya la había abandonado, puesto que yacía, desmadejada, en posición de decúbito supino, con un rictus mortal y numerosas heridas incisas en el cráneo y en el tórax, producidas por el impacto de las balas. A su lado yacían también los cuerpos de Don Luciano y de su hija Silvana, él tendido en decúbito prono y la muchacha sobre uno de sus costados, con la taheña melena cubriéndole compasivamente la cara. Apenas si les miró, dado que empleó las escasas energías que parecían quedarle en dar con el paradero de su amor. No hubo de buscar en exceso, pues la joven se hallaba medio oculta por el mantel de una mesa, a dos o tres palmos de su antecesora; tan sólo sus piernas, con las medias de seda desgarradas a jirones, asomaban por entre la tela de lino repleta de trozos de cristal y lamparones de salsa de tomate, vino y diversas sustancias ahora irreconocibles. Tomassino apartó como pudo toda aquella repugnante mezcolanza y retiró parte de la mantelería a un lado.

Comprobó que la ajustada falda de Sofía se había rasgado por su abertura lateral, dejando al descubierto su ropa interior, una pantaleta de crespón rosa, rematada por candorosas puntillas que delineaban dulcemente sus delicadas caderas, su vientre de doncella, apenas abultado, y la convexidad, largamente deseada, de su monte de Venus. Deslizándose sobre sus muslos de sirena, hacían aparición los ligueros negros, ribeteados por sinuosos encajes que despertarían la pasión más encendida en cuantos ojos tuviesen la suerte de contemplarlos. Empero ya no había pasión que despertar al verla en aquel lastimoso estado y el pobre Tomassino se apresuró a cubrir las adoradas extremidades, a fin de preservar de la vista ajena, pudorosamente, sus más íntimos tesoros. Y fue en ese momento, cuando utilizó para ello el mantel que hasta entonces le tapaba el torso y el rostro, cuando pudo apreciar que su Sofía aún conservaba la vida. Respiraba con extrema dificultad, eso sí, pero respiraba al fin. Se acerco a su dulce faz y la vio muy pálida, con aquellos ojos enormes abiertos como platos y la vista perdida en un incierto punto del infinito. Escuchó entonces un leve jadeo que provenía de su garganta. Un hilillo de sangre le corría perpendicular a su barbilla desde la comisura izquierda de la boca y ésta se abría, una y otra vez, de modo inmisericorde, intentando en vano captar el oxígeno del aire. Al verla, se le antojó un pececillo tratando de respirar fuera del agua, con sus voluptuosos labios abiertos como la valva de la que había nacido la mismísima Afrodita.

Tomassino acercó, por vez primera, su boca a la de su amada y la besó dilatadamente mientras las babas, que rezumaban con profusión de su cavidad bucal merced al llanto, y las abrasadoras lágrimas, que resbalaban a raudales por sus curtidas mejillas, se entremezclaban formando un fluido viscoso del cual emanaba todo el desconsuelo del mundo. Su semblante, fruncido y contraído por el dolor, se mostraba más deforme que nunca y contrastaba con la belleza preternatural de la muchacha, que agonizaba a su lado con una herida abierta sobre el pecho izquierdo, de la cual brotaba la sangre a borbotones dejando un reguero que teñía de púrpura las losas de la acera.

Acertó a balbucear unas palabras de amor que Sofía ya no pudo discernir, pues en ese momento la oscuridad de la muerte se abatió sobre ella apagando para siempre el penetrante brillo de su mirada y Tomassino, consciente del fin de su amada, descorazonado, profirió un lastimero alarido que rasgó el cielo con su aguda intensidad. Con los ojos empañados por el incesante fluir de las lágrimas, hizo acopio de sus últimas fuerzas y pretendió levantar en brazos el cuerpo laxo y deslavazado de su Sofía, pero nada más intentarlo, cayó a plomo hincando sus rodillas sobre el duro pavimento y soltando, muy a su pesar, la preciada carga. Acto seguido, una horrible punzada lacerante le atenazó el flanco derecho; se llevó a él la diestra y cuando la vio totalmente ensangrentada, se le nubló la vista y la cabeza comenzó a darle vueltas, todo giraba y giraba en torno a un eje imaginario, se sentía tan mareado que apenas podía conservar la conciencia. Su tronco se dobló bruscamente por la cintura, hacia delante, como el árbol talado por el hacha del impío leñador, y su testa rebotó sobre el tierno lecho que conformaba el talle de su amada, aquel talle de mirto tan puro como las azucenas...

Tomassino Espósito cerró lentamente los párpados y se dispuso a dormir el sueño eterno. Mientras se sumía en la profundidad de las tinieblas, con la cabeza recostada sobre el regazo de su angelical Sofía, le pareció percibir, proveniente de algún ignoto confín, el alegre sonido de una canción napolitana: Jammo, jammo, 'ncoppa jammo ja', jammo, jammo, 'ncoppa jammo ja'. Funiculí funiculá, funiculí funiculá, 'ncoppa jammo ja', funiculí funiculá...

 

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Emperatriz del Mundo, (Imperatrix Mundi).

por Mayte
domingo, 22 de marzo del 2009 a las 05:33
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Su mirada se quedó clavada en la pulpa de aquel higo que acababa de abrir con pulso trémulo. Sus uñas, largas y ligeramente corvas, amarilleadas por el tiempo, se habían ensuciado con el dulce y viscoso jugo de la fruta, y el interior de ésta, con sus vellosidades carmesíes, le recordó la masa sanguinolenta en que aquella ominosa Guardia Pretoriana había convertido a la carne de su carne, si  bien sabía que era un mal necesario que ella misma, muy a su pesar, había propiciado.

 Soltó el fruto con desdén y éste se estrelló contra el pavimento, quedándose adherido parcialmente a él, tal era su grado de madurez. Julia levantó la vista durante unos segundos para fijarse en el esclavo sumiller que se acercaba presto a rellenar su áurea copa. De modo casi inconsciente le hizo un gesto negativo meneando la cabeza y, entornando lentamente los párpados, volvió a ensimismarse en el higo reventado contra el marmóreo solado. Ahí estaba él, fútil, insignificante, derramando su fragante néctar sobre el "opus sectile" verde y grana de perfecta y armónica geometría.

 Rememoró entonces las idílicas imágenes de  los tiempos felices, cuando sus hijas, las dos Julias, aún eran pequeñas y su marido, Julio Avito, todavía no había alcanzado el rango de cónsul y ejercía de esposo y padre afectuoso. Qué hermosas eran sus niñas, cuánta vitalidad había en aquellas pequeñuelas vivarachas y traviesas que correteaban arriba y abajo por las amplias estancias de su suntuosa domus romana. Cómo añoraba también su casa natal de Emesa, en Siria, una "villae suburbanae" tan luminosa, tan clara...y sobre todo, aquel mosaico tan primoroso que su padre, Julio Bassiano, había encargado a unos afamados artesanos, oriundos de Cartago, para decorar el triclinium familiar. El motivo central, con la diosa Anfitrite cabalgando sobre un delfín, se mantenía vivo en su memoria como tantos y tantos recuerdos de tiempos en los que la paz y la calma no hacían presagiar el intenso y azaroso ajetreo con que se desarrollaría su ulterior existencia. Cuán deliciosa era aquella vida provinciana, sencilla y campechana, desprovista del fasto mundano de la matrona imperial en la que se había convertido por méritos propios.

 La luz asiática que la vio crecer se cubrió de sombras en su mente, cuando recordó momentos más infaustos: la conspiración que hubo de llevar a cabo para terminar de una vez por todas con las excentricidades de su nieto, que a punto estuvieron de llevar a su familia y a todo el Imperio a la bancarrota. No podía permitirlo, por más que amase a su descendiente, un bello efebo que había perdido el norte.

 -El pobrecito no sabía lo que quería, tanto poder a tan temprana edad le había trastornado - se decía. - Pero lo peor de todo era su cabezonería, era tan testarudo que se obcecaba en aquellos rituales religiosos absurdos. ¡Pero si ya nadie podía rendir culto a ninguna deidad más que a él y a su dichoso Deus Sol Invictus!

 Ella misma había adorado a esta divinidad exótica, demiurgo de su ciudad, Emesa, cuando aún portaba su nombre original: El Gabal. Pero su nieto había llevado las cosas a extremos insospechados, no sólo se había autoproclamado sumo sacerdote de la nueva religión, sino que subyugaba a todo el Imperio con el culto exclusivo a este dios solar. Y ella sabía que eso estaba generando antipatías contra su persona y, por ende, contra su dinastía.

 -Todo el día con esas estupideces,- se repetía.- Y mi hija Julia Soemia también le apoyaba en sus extravagancias y locuras, hasta en sus orgías multitudinarias le seguía, cosa nunca vista desde los tiempos del depravado Calígula. Madre e hijo eran tal para cual. ¿Acaso yo y sólo yo soy la única persona sensata y cabal de esta familia? ¿Por qué no han heredado ellos mi inteligencia y mis dotes para la política y los asuntos de estado, por qué?- se preguntaba una y otra vez.

 Ni qué decir de la antipatía que sentía por las esposas y amantes que su nieto se había echado: la vestal, con el escándalo y las repercusiones, a todos los niveles, que supusieron sus primeras nupcias con ella, la viuda, el auriga, el atleta...y tantos y tantos otros amantes ocasionales a los que el emperador Heliogábalo, convenientemente maquillado cual fémina y envuelto en sedas que prontamente hacía caer a sus pies, entregaba su cuerpo noche tras noche, a veces incluso a cambio de unos miserables denarios, como si de una meretriz barata se tratase. La ridiculez a la que llegaba aquel degenerado adolescente no tenía límites, así como tampoco los tenía su crueldad, la cual alcanzaba las cotas más elevadas precisamente cuando intentaba hacerse el simpático, el gracioso, e invitaba a cuanto patricio se le cruzaba en el camino a banquetes donde los manjares que se servían contenían excrementos o insectos ponzoñosos o cuando no, los asfixiaba con el dulce aroma de millones de pétalos de rosas y violetas vertidos sobre ellos.

 -¿Cómo podían ser tan diferentes mis dos nietos? ¿Por qué Vario era el polo opuesto de Alejandro, en virtud de qué diferían tanto? - volvía a interrogarse la abuela.

 Vario Avito, que tomaría el nombre de Marco Aurelio Antonino, para posteriormente mutarlo por Heliogábalo, era un muchacho alocado, mercurial y amoral, que gozaba con escandalizar al pueblo y al senado con sus costumbres licenciosas, con su bisexualidad desinhibida y desenfrenada y lo peor de todo: escapaba al control de su yaya, a su dominio, ya no había manera de hacerle entrar en razón respecto a cualquier tema sugerido por la matriarca del clan. Era demasiado independiente y libertino. Roma ya no le aceptaba como su Imperator Caesar Augustus y su abuela Julia Maesa tampoco. Sin embargo, su primo Alejandro Bassiano, entronizado después como Marco Aurelio Severo Alejandro, (aunque más  conocido como Alejandro Severo), era justo lo contrario, de carácter afable y pacífico, era su docilidad la característica por la que su abuela había vuelto sus ojos hacia él.

 -Sí, sin lugar a dudas, mi decisión ha sido la correcta, - se decía para sus adentros Julia Maesa mientras asentía con la cabeza sin darse cuenta.

 Intentaba alejar de sí los fantasmas de la duda y el remordimiento. Ella había instigado aquel complot para derrocar a su díscolo nieto Heliogábalo y sustituirle por Alejandro, a todas  luces más sumiso y obediente. Pero, aún así, no esperaba un final tan trágico y cruento. Aquello se le había escapado de las manos, aunque no era culpa suya, no, no lo era, - insistía en su fuero interno,- los causantes del crimen eran los pretorios responsables de la matanza. Ellos y sólo ellos eran los culpables, ella no había hecho más que lo que consideraba un bien para Roma y para su dinastía: los Severos. El sacrificio de los suyos era justo y necesario, pero ensañarse así con los cadáveres ya lo consideraba denigrante.

 -¿Por qué habían tenido que decapitarles y descuartizarles? Y por si fuese poco, arrastrar sus restos mortales por las calles, como si de perros se tratase y arrojar los de su joven Heliogábalo a las aguas del Tíber. Como si no hubiese sido suficientemente humillante para un emperador haberle asesinado entre las heces de una letrina ... ¿No se percataban  esos pretorios que estaban mancillando sangre patricia, más aún, sangre imperial? Eso nunca se lo perdonaría a esos infames y espurios asesinos, pero por ahora era más conveniente callar, no fuese que los ánimos volviesen a crisparse contra los miembros de su familia.

 Tenía que velar por el futuro de la hija y del nieto que aún le quedaban. De él, de su joven Alejandro, casi un niño, ungido ya emperador, sería la gloria. De ella, de Julia Maesa, sólo el poder.

 Levantó sus penetrantes ojos negros del fruto que yacía despachurrado en el suelo y sonrió levemente al senador que tenía enfrente y que intentaba establecer un diálogo con ella. Era inútil, Julia no le escuchaba, continuaba absorta,  inmersa en sus pensamientos más profundos, había reparado en la felicidad que le procuraba la tenencia de tal prerrogativa y notaba cómo un sentimiento de euforia se apoderaba de ella, ascendiendo a través de su interior de forma desmesurada. De pronto, su sonrisa se dilató al extremo hasta estallar en una súbita y sonora carcajada. Estaba radiante, en esos momentos volvió a sentirse la emperatriz del mundo.

 

NOTA BIOGRÁFICA: La Augusta  Julia Maesa, (Emesa, Siria, 165 - Roma, 224 n.e.), fue la primera mujer admitida como senadora romana, (junto con su hija Julia Soemia). Conspiró para derrocar al emperador Macrino y conseguir el trono para el mayor de sus nietos. Fue también cuñada de un emperador, Septimio Severo, tía de otro, Caracalla, y abuela de los dos últimos de la dinastía Severa: el controvertido Heliogábalo y su primo Severo Alejandro. Su hija, Julia Soemia y el hijo de ésta,  Heliogábalo, fueron asesinados, muy probablemente, por incitación suya. Su otra hija, Julia Avita Mamea y su nieto, Severo Alejandro, también resultaron muertos durante un motín en Germania. Julia Maesa feneció durante el reinado de Alejandro, siendo proclamada diosa por el senado y por el pueblo de Roma y consagrada como tal por su nieto.

 

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CINE DE TEMÁTICA NAZI, 1ª parte.

por Mayte
domingo, 22 de marzo del 2009 a las 05:09
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A pesar de mi evidente inexperiencia en estas lides, pese a que todavía soy una neófita que pretende escribir opiniones interesantes con la audacia de quien nada tiene que perder, me propongo adentrarme en uno de mis campos favoritos, aun a riesgo de que pueda resultar minado: el CINE, con mayúsculas.

Voy a recomendaros algunas de mis películas favoritas. Y para comenzar, lo haré con aquéllas cuya trama gira en torno a la temática "nazi". No es que comulgue con semejante ideología, todo lo contrario, pero sucede que esa época de la historia de Alemania, la que transcurre entre la República de Weimar y la Segunda Guerra Mundial, ejerce para mí una extraña fascinación.

No se trata de filmes lúdicos, divertidos o entretenidos, más bien son desgarradores testimonios de una historia relativamente reciente, de un pasado que no deberíamos olvidar para no estar condenados a repetirlo. Y aún así, conociéndolo como lo conocemos, hechos de similar calibre están sucediendo en nuestros días, otros holocaustos de los que nadie habla, otros genocidios en los que nadie piensa, seres humanos cruelmente inmolados por los que nadie rompe una lanza... Cerramos los ojos para no ver la realidad, ajenos a la injusticia y la opresión que están sufriendo pueblos como el palestino, el kurdo o tantos otros. Y ni siquiera se les rinde honores a estos nuevos mártires con obras maestras del celuloide tan memorables como las siguientes:

La primera de mi clasificación representa el erotismo en tiempos de guerra:

EL PORTERO DE NOCHE, (Il Portiere di Notte).
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Cinta de 1974, coproducida entre Italia y Estados Unidos y dirigida por la italiana Liliana Cavani, autora de un sinfín de buenas cintas como "San Francisco de Asís" (1966), "Galileo" (1969), "Los Caníbales"(1970), "Milarepa" (1974), "La Piel"(1981), "Detrás De La Puerta"(1982), "Berlín Interior"(1986), "Francesco"(1989) y "El Juego De Ripley"(2001).

Bajo las órdenes de tan comprometida cineasta, encabezan el reparto los británicos Dirk Bogarde y Charlotte Rampling, seguidos por Gabrielle Ferzetti, Isa Miranda, Giusseppe Adobbatti, Nini Bignamini y Philippe Leroy.

"El Portero De Noche" catapultó a la fama internacional tanto a Liliana Cavani, (de la cual es su obra maestra), como, sobre todo, a sus protagonistas, Dirk Bogarde Y Charlotte Rampling, que interpretan magistralmente a los inolvidables Max y Lucía en una historia de amor sadomasoquista de elevado contenido erótico.

El film arranca en la Viena de los años 50. Max, antiguo oficial de la SS, intenta pasar desapercibido trabajando como simple portero de noche de un lujoso hotel de esta ciudad. Sus antiguos camaradas ahora ocupan cargos importantes y organizan juicios falsos con los que lavarse las manos de sus horrendos crímenes. En breve tendrá lugar el juicio de Max, pero es justo cuando llega al hotel Lucía con su marido, un joven y afamado director de orquesta. Todos ven su mundo temblar, esa mujer fue la antigua amante de Max, trece años atrás, en el campo de exterminio. Se rememoran entonces los momentos álgidos de la pasión que Max sentía por ella, una bellísima y escuálida adolescente que le servía como juguete de tortura.

Ahora que ambos se reencuentran, reviven de nuevo su "amor". Lucía también ha quedado marcada por tan horrible experiencia: mantiene esa mirada verde, como las profundidades marinas, siempre perdida en algún punto del infinito. Los compañeros de Max ven en ella una amenaza de la que hay que desembarazarse, pero él la ocultará y protegerá aún a riesgo de su propia vida. Llega incluso a encadenarla en su apartamento para que ellos no puedan llevársela cuando esté ausente. Esas cadenas no son sino una evocación del pasado común de ambos y de cuanto aún les une en el presente.

El final es estremecedoramente triste, tal vez el único colofón posible para una historia romántica de tal intensidad. Eros y Tánatos en su máxima expresión.

"El Portero De Noche" se halla cuajada de metáforas relativas al régimen nacionalsocialista, como la mermelada mezclada con vidrios rotos deslizándose por los sensuales y carnosos labios de la Rampling.

Ésta es una de mis películas fetiche, pude visionarla cuando por fin fue estrenada tras muchos años de absurda prohibición en nuestro país. Me impactó hasta tal punto que aún hoy la recuerdo vívidamente.

 


Y tras enjugarnos las lágrimas, proseguiremos con una tragedia épica de grandes proporciones:

"STALINGRADO", (Stalingrad).
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Una producción germano-sueca del año 1992. Su director, el alemán Joseph Vilsmaier, ya había dirigido con anterioridad, en 1989, "Leche De Otoño" y posteriormente, en el 2005, "Vera, Un Amor Siciliano". Éstos son sus únicos trabajos como cineasta con anterioridad a este filme, si bien en el 2006 volvió a dirigir otra obra ambientada en el nacionalsocialismo, "El Último Tren a Auschwitz", de la que hablaré más adelante.

Del elenco puedo aseverar que aunque os facilite los nombres de todos estos actores teutones, os vais a quedar como estabais, porque a buen seguro que no conocéis a ninguno. No obstante, para la ficha de rigor, os diré que los intérpretes principales de este drama bélico coral son Jophi Ries, Karel Husicka, Pavel Mang, Dominique Horwitz, Thomas Kretschmann, Jochen Níkel y etc...etc...

El argumento es bastante fácil de explicar, dado que la cinta retrata con bastante crudeza la mítica batalla de la Segunda Guerra Mundial cuya derrota constituyó el principio del fin para la supremacía alemana en la conflagración internacional.

Nos muestra la arrogancia de la máquina bélica germana, soldados nacidos para matar, en cuyos cinturones llevaban grabada la arenga "Dios con nosotros", con las mentes fijadas en un claro objetivo: la "Operación Barbarroja", una pretendida (y pretenciosa) "guerra relámpago" que se abría en el frente ruso tras la ruptura del pacto de no agresión Molotov-Ribbentrop, entre Hitler y Stalin. La Batalla de Stalingrado, (1942-43), tenía como meta la toma de los pozos petrolíferos del Cáucaso y fue denominada "Fall Blau", (Operación Azul) por la Wehrmacht.

El film comienza con las impetuosas victorias alemanas, pero poco a poco va virando de tono, a medida que los germanos se van viendo obligados a retroceder por la contraofensiva soviética, debido en gran parte a las erróneas órdenes dictadas por el propio Führer, que determina dividir las fuerzas para iniciar la captura del Cáucaso y la del Volga al mismo tiempo. Aparta, a su vez, las unidades mecanizadas del 6º Ejército del general Friedrich Paulus en el frente, que se halla sitiando la ciudad de Stalingrado y con ello toma la decisión fatal que conducirá a la derrota nazi en esta crucial batalla.

Las fuerzas del Tercer Reich, desmoralizadas, abatidas, son abandonadas a su suerte, ni siquiera reciben aprovisionamiento ni se evacua a los heridos y causan bajas de más de 250.000 hombres entre sus filas. La película no sólo nos presenta el lado histórico de esta batalla, considerada la más sangrienta de la historia de la humanidad, (con un saldo total de víctimas mortales, entre ambos bandos, que sobrepasan el millón y medio), sino que ahonda en la vertiente humana de los personajes.

El espectador comprueba cómo su inicial antipatía ante estos impíos asesinos, se torna en compasión tras las más de dos horas de duración de la cinta. Las penurias y sufrimientos de tantos muchachotes arios, guaperas y rubiales, que mueren despanzurrados o congelados a causa del inclemente invierno ruso, mueven la conmiseración del público. Un teniente honesto y cabal y algunos de sus hombres: Hans, Müller, Fritz...nos muestran la II Guerra Mundial desde un punto de vista al que no estamos acostumbrados: el bando de los "malos", que a final de cuentas son tan malos o tan buenos como cualquier otro. Simples seres humanos, independientemente de su nacionalidad o ideología.

La trama se nos presenta más como un conflicto social que como una contienda entre potencias, enfrentando a los mandos, (verdaderos fanáticos del partido nacionalsocialista), con las tropas de base. De hecho, los protagonistas llegan incluso a confraternizar con el enemigo, mientras que mantienen serias disputas con uno de sus superiores.

"Stalingrado" es, ante todo, una película antibelicista, que muestra el horror como método para obtener la catarsis. Hay que reseñar también que algunas escenas del filme son un tópico típico en el cine alemán, podemos encontrar similitudes con otras películas anteriores, ambientadas incluso en la Primera Guerra Mundial y en las novelas del danés Sven Hassel, gran conocedor de la Segunda Conflagración, puesto que combatió con los alemanes en todos los frentes salvo en el africano.

A título de datos prácticos añadir que "Stalingrado" es, hasta la fecha, la producción de mayor presupuesto de la industria cinematográfica alemana y que el proyecto inicialmente le había sido encargado a Sergio Leone, el cual no pudo llevarlo a cabo debido a su fallecimiento. Robert de Niro habría sido el protagonista principal si la muerte no se hubiese cruzado en el camino del director italiano. Para finalizar, sólo cabe referir que los panzers que se utilizaron en el rodaje eran auténticos y que las escenas exteriores se rodaron en Siberia.

Continuaremos con mi película favorita, sin lugar a dudas, toda una controversia entre el deber impuesto por las altas jerarquías y la ética personal, que refleja el papel que jugaron la Iglesia Luterana y sobre todo, la Católica y el Vaticano con respecto al ideario nacionalsocialista y a sus aterradoras acciones.

"AMEN".
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Cinta de nacionalidad francesa, estrenada en el año 2002, dirigida por el realizador griego Costa-Gavras, (Konstantinos Gavras), en cuyo haber se hallan títulos tan importantes para la historia del séptimo arte como "Zeta", (1969), "Estado De Sitio", (1973), "Desaparecido", (1982) y "La Caja De Música", (1989), que también toca la temática nacionalsocialista de los Cruces Flechadas húngaros. Costa-Gavras, siempre comprometido a nivel político, ha dirigido también multitud de filmes de gran calidad que no menciono para no prolongar esta opinión en exceso. Su último trabajo hasta el momento es "Arcadia", (2005).

El reparto se halla encabezado por Ulrich Tukur, Mathieu Kassovitz, Ulrich Mühe, Ion Caramitru, Friedrich von Thun y Antje Schmidt.

La trama de "Amén" está basada en una historia real, en la de Kurt Gerstein, comandante de las SS que propone el uso de un insecticida con base de cianuro, el tristemente célebre "Ziklon B", para desinfectar los barracones de los supuestos campos de concentración y frenar los brotes de tifus. Tiempo más tarde y de forma casual descubre que ese gas es utilizado para otros fines en los que él no había pensado: el asesinato masivo de los prisioneros de esos campos, que eufemísticamente son denominados como de concentración, cuando realmente lo son de exterminio.

Horrorizado ante tal atrocidad pretende poner este hecho en conocimiento de los Aliados y de las autoridades religiosas luteranas para intentar frenar la masacre. Ante la negativa de los pastores protestantes, leales al régimen nazi o temerosos de represalias, acude al Vaticano como último recurso, ayudado por un sacerdote jesuita, (papel que interpreta Mathieu Kassovitz). Pero sus denuncias caen en saco roto, ni el Papa ni sus cardenales se prestan a su causa, dado que colaboran de forma soterrada, implícita, con la barbarie nazi.

Cabe destacar que así como el personaje de Kurt Gerstein es real y fue juzgado por crímenes que no cometió en los Tribunales de Brandenburgo, (aunque posteriormente fuese rehabilitado), el cura católico, Riccardo, que pierde su vida a causa de la filantropía, nunca existió en la vida real. Forma parte de la ficción con la que Costa-Gavras apoya y enfatiza la acción de la película. Representa a todos aquellos sacerdotes que se opusieron, jugándose la vida, al terror nazi.

Es un film que conmueve por la honestidad de sus protagonistas, sin necesidad de exhibir las consabidas escenas horripilantes propias de otras producciones de similar asunto.

"Amén" fue galardonada con el César al mejor guión y se la considera una de las obras maestras de este director.

 

En la misma línea y basada también en un caso real, he visionado hace muy poco otra cinta más reciente, en ella se muestra claramente la oposición de la Iglesia Católica luxemburguesa al pujante y arrollador poderío nazi y a sus innegables crímenes.

"EL NOVENO DÍA", (Der Neunte Tag).
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Coproducción entre Alemania y Luxemburgo del año 2004, (aunque estrenada en España en el 2006), dirigida por Volker Schlondörff, uno de los cineastas germanos más relevantes de la actualidad, también guionista de éxito y galardonado por ambas facetas en múltiples festivales de cine. Dirigió películas de la talla de "El Tambor De Hojalata" (1979), entre otras muchas y la versión televisiva de la obra teatral de Arthur Miller "La Muerte De Un Viajante", en su etapa estadounidense.

El reparto se compone de actores prácticamente desconocidos para el público español, por lo cual sólo citaré a los protagonistas: Ulrich Mattes, que interpreta al padre Henri Kremer, August Diehl, Bibiana Beglau, Hilmar Thate y Jean-Paul Raths.

Esta cinta está basada en una novela autobiográfica, escrita por un sacerdote católico superviviente de un campo de exterminio nazi.

El padre Henri Kremer, (cuyo nombre real era otro y que fue el autor de la novela), es recluido en el Campo de Dachau por su abierta oposición a la ocupación alemana. Pertenecía a una poderosa familia de Luxemburgo, lo que no le evitó compartir una plaza, en el pabellón de los sacerdotes, con otros clérigos que habían corrido su misma suerte.

El régimen nazi ansiaba el beneplácito del Vaticano, el cual se mantenía aún impronunciable y fue por ello por lo que acudieron al influyente obispo de Luxemburgo para que colaborase con la ocupación alemana, cosa a la cual el obispo se negó haciendo repicar diariamente las campanas en señal de duelo.

El padre Kremer es liberado del campo bajo un falso pretexto, con el verdadero objetivo de entrevistarse con el obispo y convencerle de la conveniencia de pactar con los nazis. Se le advierte que de no llevarlo a término, volvería a ser internado en Dachau. El hombre se debate entre su instinto de supervivencia y su deber como ser humano y como sacerdote y al final gana su integridad moral aunque tenga que pagarlo volviendo al horror que ya había conocido.

La interpretación del padre Henri Kremer, llevada a cabo por el actor Ulrich Mattes, es absolutamente fabulosa, de una credibilidad y un realismo contundentes, hasta su figura esquelética y su rostro marcado y demacrado contribuyen enormemente a ello.

 

La próxima cinta seleccionada es una de las mejores y más galardonadas que sobre el tema del holocausto judío se hayan filmado. Ilustra la vida en un gueto y también en una ciudad ocupada y cómo la supervivencia diaria se torna harto dificultosa en un medio tan hostil y peligroso. El gueto era el de Varsovia, el mayor de Polonia. El término gueto, en español o en su forma original italiana, "ghetto", proviene del primer barrio separado, creado ex profeso, en 1516, para realojar a judíos expulsados de España en 1492, que se habían establecido en la entonces República de Venecia. En ese barrio, (hoy englobado en el sestiere de Cannaregio), había una fundición, que en italiano se denomina "getto" y de ahí que diese nombre al primer distrito urbano enteramente hebreo de Europa. Este nombre enseguida pasó a designar a las demás juderías, a menudo cercadas o amuralladas, italianas y europeas.


"EL PIANISTA", (The Pianist).
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Coproducción internacional: Francia, Alemania, Reino Unido, Polonia y Holanda, del año 2002. Su realizador es sobradamente conocido, nada menos que el polaco Roman Polanski, autor de obras tan excelsas como "El Gordo Y El Flaco" (1961), "El Cuchillo En El Agua" (1962), "Repulsión" (1965), "Callejón sin Salida" (1966), "El Baile De Los Vampiros" (1967), "La Semilla Del Diablo" (1968), "Macbeth" (1971), "Chinatown" (1974), "Tess" (1979), "Pirates" (1986), "Frenético" (1988), "Lunas De Hiel" (1992), "La Muerte Y La Doncella" (1994), "La Novena Puerta" (1999), "Oliver Twist" (2005) y la próxima, "Pompeia", para el 2008.

El elenco de actores lo encabeza Adrien Brody, quien obtuvo el Oscar al mejor actor por este papel, seguido de Thomas Kretschmann, Daniel Caltagirone, Frank Finlay, Maureen Lipman y Emilia Fox.

La película relata la historia real de Wladyslaw Szpilman, un relevante pianista judío de Varsovia, que, a sus 27 años, es recluido junto con su familia en el ghetto de Varsovia y logra huir de la deportación al campo de exterminio de Treblinka gracias a un policía del ghetto amigo suyo. Szpilman sobrevive trabajando en condiciones de esclavitud dentro del ghetto y después, escondido fuera de él, ayudado por amigos polacos no hebreos.

Desde su escondite, el músico presencia todos los horrores, torturas y vejaciones a que son sometidas las gentes de su etnia y también los fracasados levantamientos de los judíos del ghetto, (una de las primeras revueltas masivas contra el poder nazi en Europa) y de la resistencia polaca.

Cuando abandona su confinamiento, impelido por la desnutrición, la buena suerte vuelve a acompañarle y sortea los más increíbles peligros al borde de la mismísima muerte, incluso es ayudado por un oficial alemán, que, compadecido de él, le oculta nuevamente y le proporciona alimentos. Poco después los rusos liberan Varsovia y paradójicamente, una confusión por parte de éstos, a punto estuvo de costarle la vida.

Agradecido, intenta ayudar a Win Hoselfeld, el oficial germano que le ayudó, pero éste fue capturado por los soviéticos y enviado a un campo de concentración desconocido. Hoselfeld había ayudado también a otros muchos judíos y a sacerdotes católicos, por ello fueron múltiples las peticiones que se enviaron a la Unión Soviética para su liberación, pero todo intento fue vano y murió en su cautiverio en 1952. Polonia le rindió honores concediéndole una condecoración póstuma.

Finalmente, Wladyslaw Szpilman, vuelve a ser el gran pianista que era y escribe las memorias en las que se basa el filme en 1946, aunque el libro es prohibido por las autoridades comunistas y no es hasta 1999 que su hijo las encuentra y reedita. Szpilman muere en el año 2000, poco antes de que comenzase el rodaje de la película, pero satisfecho porque sabe que su historia será llevada al cine y que un realizador como Polanski se ocupará de su dirección.

"El Pianista" obtuvo la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cannes en el 2002, y ese mismo año fue galardonada con tres premios Oscar: Mejor Director, Mejor Actor Protagonista y Mejor Guión Adaptado.

Ni que decir tiene que el actor Adrien Brody debe su merecida fama internacional a este filme, con el que consiguió alzarse con la dorada y codiciada estatuilla de Hollywood y es que su actuación es soberbia, sublime.

 

Y ahora os presento la última película que he visionado de este tipo de temática. Es audaz en su planteamiento y original, por cuanto sabíamos de los trenes de la muerte, pero no imaginábamos la tragedia que acontecía en su interior. Se trata de un filme absolutamente desalentador, que no concede al espectador ni un minuto de tregua ni sosiego.

"EL ÚLTIMO TREN A AUSCHWITZ", (Der Lezte Zug).
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Coproducción entre Alemania y la República Checa del año 2006 y estrenada en nuestro país el 11 de enero del 2008. La dirige Joseph Vilsmaier, (autor también de la anteriormente mentada en este texto,"Stalingrado"), en colaboración con la checa Dana Vávrová, musa y actriz de este realizador en sus filmes precedentes y que aquí codirige con él.

El reparto es también desconocido para nosotros, pero aún así mencionaré a los protagonistas más sobresalientes, si bien es un drama coral: Gedeon Burkhard, Lale Yavas, Lena Byerling, Juraj kukura, Sibel Kekilli y Roman Roth.

También en este caso, la cinta se basa en una historia real. En 1943, con motivo del cumpleaños de Hitler, un oficial nazi decide terminar con la limpieza étnica de Berlín enviando a los últimos judíos que quedan al campo de exterminio de Auschwitz. Casi 700 judíos correrán la misma suerte que los otros 70 000 que les han precedido.

Los deportados serán trasladados en el último de los trenes de la muerte que cubrirá el trayecto Berlín-Auschwitz, (en Polonia). El viaje durará seis días, durante los cuales, los judíos convivirán hacinados en vagones de ganado, sin más provisiones que un cubo de agua y sin más letrina que otro cubo vacío por vagón.

La historia que nos narra la película se desarrolla en uno de esos vagones y nuevamente, al igual que hiciera en "Stalingrado", Joseph Vilsmaier nos intenta mostrar el lado humano de un colectivo, hacernos comprender que esas personas de etnia judía, independientemente de su raza, religión, costumbres o modus vivendi, son iguales a nosotros, al resto de los seres humanos. Los flashbacks que continuamente nos retrotraen a la vida anterior a la captura de los protagonistas, ayudan a enfocar esa realidad normal y cotidiana necesaria para su comprensión. La cinta muestra también la solidaridad que nace entre ellos como única alternativa a la supervivencia.

En el vagón hay dos mujeres que deben amamantar a sus bebés si no quieren que éstos fallezcan y el resto de los obligados pasajeros les ceden la prioridad a la hora de beber del escaso líquido elemento con que sus captores les han dotado. Sin embargo, también hay niños y ancianos que comienzan a sufrir las consecuencias de la deshidratación.

Dentro del nutrido grupo de cautivos que atestan el vagón, sobresale una familia, de la cual cobran protagonismo el padre, un ex-boxeador y su hijita, así como un anciano músico y cómico, acompañado de su esposa y una burguesita que va con su prometido.

Dos jóvenes sierran las rejas de la única ventana del vagón y logran que la muchacha anteriormente citada salga por ella y abra la puerta, si bien el tren va demasiado veloz como para que se pueda saltar sin excesivo riesgo, aun así, ellos lo intentan, pero son ametrallados por los soldados que les acompañan en el tren.

Las esperanzas para estos deportados parecen desvanecerse a medida que va transcurriendo el tiempo. Muchos de ellos mueren y los que aún se mantienen con vida evidencian las señales de que su salud ya se halla gravemente quebrantada. No obstante, continúan resistiendo a duras penas y horadan un boquete en el suelo del vagón.

Ya sólo queda una estación antes de que el tren se detenga en Auschwitz, (cerca de Cracovia), así que no hay tiempo para agrandar el butrón y las únicas personas que podrán pasar a través del agujero son una mujer delgada, (la misma joven que abrió, jugándose la vida, la puerta del vagón) y una niña. Ellas serán auxiliadas por unos partisanos que cada día acuden para ayudar a huir a los prófugos y por añadidura, serán las únicas supervivientes de ese tren y quienes darán testimonio de esta historia.

A sus familiares y compañeros les espera un destino aún más cruel que el propio desplazamiento: la llegada al complejo de Auschwitz- Birkenau, formado por un campo de concentración, otro de trabajo y un tercero de exterminio. Sobre la puerta de entrada podía leerse el célebre lema "Arbeit Macht Frei", (El Trabajo os Hace Libres). La escena en la que el músico cómico comienza a cantar es tan conmovedora como trágica.

He leído críticas sobre esta película en que se la tildaba de excesiva y presento mi desacuerdo. Nada es desmesurado en ella, por muy exagerado que parezca, desafortunadamente, la realidad superaba con creces la ficción, eso, por descontado.

Para una segunda parte reservo otros filmes también inolvidables.
CONTINUARÁ... 

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Cuadernos de Viaje: ZHANGMU, EN LA FRONTERA DE TÍBET Y NEPAL

por Mayte
domingo, 22 de junio del 2008 a las 00:49
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A modo de introducción os diré que viajar es la mayor de mis pasiones. Ocupo la mayor parte de mi tiempo libre en clasificar fotografías y vídeos de mi anterior viaje y preparando el siguiente. Esa actividad devuelve a mi mente recuerdos indelebles y me provee también de la emoción de descubrir nuevos paraísos, de encontrar la belleza allá a donde fuere.

Podría ahora escribiros sobre algunos de los destinos más divulgados que he visitado, pero ya en un texto anterior opté por hacerlo sobre un lugar menos conocido, quizás con la intención de promocionarlo en la medida de mis humildes posibilidades. Mas no es ése exactamente el propósito de este relato, por cuanto que al lugar sobre el que voy a hablaros sólo se llega tras haber culminado un periplo por alguno de los dos países con los que conforma frontera. Se trata de la pequeña población de Zhangmu, en el lindero entre el sur del Tíbet y el este de Nepal, en una zona denominada los "Pies del Himalaya". Ese núcleo y las zonas colindantes son el motivo en torno al cual gira la presente narración.

Transcurría el verano del año 2005, mi marido y yo habíamos pasado algo más de una semana en la República Popular China, entre Beijing (Pekín) y Xi'an y después de saturarnos de ver los curvilíneos tejados de la Ciudad Prohibida, el Palacio de Verano, el Templo del Cielo o el Yongue Gong, entre otros y de recorrer parte de la celebérrima Gran Muralla, así como de deleitarnos con la visión de pagodas varias y con el espectacular ejército de terracota del primer emperador de China, Qin She Huang-di, nos trasladamos por vía aérea a la Región Autónoma del Tíbet, que, desafortunadamente, también pertenece a China.

Permanecimos veinte días en el Tíbet, el llamado y con razón, Techo del Mundo, porque es el lugar de la Tierra donde un ser humano, con los pies bien aferrados al suelo, se siente más próximo a la bóveda celeste. Recalamos en Lhasa, la Ciudad Santa del budismo, no sólo de la fe tántrica tibetana, sino de toda creencia budista, (ya sea Mahayana, Theravada, Vajrayana, Nichiren o Zen). Continuamente llegan a Lhasa oleadas de peregrinos, tanto tibetanos como del resto de Asia. Los primeros hacinados en camiones y autobuses destartalados o a pie y realizando continuas postraciones y los segundos, mayoritariamente en aeronave o autopullman de lujo, puesto que su nivel económico es muy superior.

Algunos viajeros occidentales se entremezclan con esta marabunta humana que circunvala el casco urbano, las plazas y los templos, siempre siguiendo el ritual del sentido de las agujas del reloj. Ocasionalmente, algún turista despistado conculca esta sagrada norma incurriendo en un grave sacrilegio que peregrinos y locales castigan sólo con la mirada y con un ligero movimiento de cabeza, tal es el espíritu apacible de este devoto pueblo.

Abandonamos Lhasa en dirección sur, siguiendo la ruta de las grandes lamaserías de las cuatro órdenes monásticas tántricas: Kagyupa, Sakyapa, Kadampa y Gelugpa, (esta última es la más numerosa y a la que pertenece el controvertido Dalai Lama). Tras la visita de las principales gompas o monasterios y de enclaves más o menos importantes como Tsedang, el Valle de Chongye, el Valle de Yarlung, Gyantsé, Xigatsé, Lhatsé y de avistar paisajes grandiosos, como el de la cadena de los Himalayas con el monte Everest a la cabeza, a cuyo campo base arribamos o del majestuoso Lago Yamdrok, de cristalinas y purísimas aguas turquesa, llegaba el momento de concluir nuestro trayecto por la tierra de Palden Lhamo, una diablesa benéfica y protectora del budismo tibetano, clara herencia de la antigua fe animista Bon.

Nos acercábamos a la zona próxima a la frontera con Nepal, habíamos recorrido infinidad de kilómetros por la llamada "carretera de la Amistad", que para nuestro pesar, se encontraba totalmente bajo labores de ampliación. No nos sorprendía constatar que los trabajadores de la futura autovía eran mayoritariamente de sexo femenino. Menudas y delicadas jóvenes que se dejaban la piel con el pico y la pala por un salario de miseria. Y afirmo que no nos sorprendía, porque ya en Lhasa habíamos tenido ocasión de comprobar que eran ellas quienes se encargaban del peonaje en las obras civiles y públicas, ayudadas por los varones ancianos, mientras que los mancebos se dedicaban a la regalada vida contemplativa de los cenobios.

A causa de las tareas de ensanche, nos desviaban continuamente por pistas de terracería casi infranqueables, en las que muchos vehículos de tipo turismo y autocares se quedaban embarrancados. Ante semejante perspectiva, dábamos gracias a ese nítido cielo porque el nuestro era un todoterreno y con ello aumentaban las posibilidades de salir de aquella pesadilla. Aun así, no las teníamos todas con nosotros, porque tras repostar en una vetusta gasolinera, sufrimos una avería debida, sin lugar a dudas, a que el combustible había sido adulterado y que, afortunadamente, fue resuelta, no sin antes hacernos pasar un muy mal momento.

Recuerdo que me pasaba todo el tiempo con la mejilla pegada a la ventanilla, admirando embelesada aquel paisaje de indescriptible belleza, hibridado con la Luna: el suave relieve de la meseta, de tonos terrosos mezclados con el verde pajizo de las praderas agostadas por el sol de la canícula... las montañas que circundaban esa meseta, también de matices siena, secas, peladas, desprovistas de vegetación alguna, achatadas, de aristas limadas por el impío viento, redondeadas, evocadoramente femeninas... la Madre Tierra en todo su esplendor... y el firmamento, cercano, protector, tan limpio... tan puro... teñido de azul intenso y surcado por blancas nubes algodonosas, cuyas oníricas formas incitaban mi imaginación.

Desde la población de Tingri se divisaban, al sur, algunos de los grandes picos más sobresalientes de los Himalayas, en cuyas proximidades habíamos tenido ya la inmensa suerte de haber estado. El mencionado Everest, al que los tibetanos veneran como "Madre del Universo", ("Chomolungma", en lengua tibetana o "Qomolangma Feng" en chino), y qué, como bien es sabido, es el más elevado del planeta, y otros dos ochomiles que le hacen estrecha compañía y que forman parte del Macizo del Everest o "Kumbu Himal": el "Lhotse", la cuarta montaña más alta del mundo y el "Cho Ollu" o "Diosa Turquesa", así llamada por el color que se refleja en sus nieves perpetuas cuando los rayos del sol crepuscular inciden sobre ellas. Puedo aseverar que la vista panorámica era absolutamente apoteósica.

No alojamos en New Tingri, en el mejor hotel, que era, a todas luces, nefasto, aunque los demás estaban aún peor. Echábamos de menos los confortables hoteles de Gyantsé o Xigatsé y cómo no, el Lhasa Hotel, un cuatro estrellas bonito y con solera, (ahora hay alguno mejor), pero en el Lhasa, el bar aún está decorado con escenas de "Tintín en el Tíbet" y sirven la única cerveza fría del país de las nieves, donde dicha bebida se toma habitualmente a temperatura ambiente, lo cual en verano, equivale a decir caliente. La marca autóctona más consumida es la homónima de la Ciudad Santa: Lhasa.

En el restaurante del Lhasa Hotel sirven comida occidental, china y tibetana, cuyo plato más típico lo constituyen los "momos", especie de empanadillas rellenas de carne de yak muy especiada y picante. No obstante, la receta estrella del hotel consiste en una enorme y apetitosa hamburguesa de carne de yak. Nunca he probado fast food tan exquisito, lo único que me amargaba tan sabroso manjar era el recuerdo de los pequeños y robustos yaks pastando por las praderas. ¡Oh, qué lástima! No soy vegetariana, aunque lo fui en un remoto pasado. La mayoría de los budistas lo son, pero los tibetanos no. Ellos consumen carne de yak sin pudor alguno. Sus tierras de cultivo son demasiado escasas, excesivamente yermas, tan sólo la cebada y poca cosa más crece en ellas. La dieta del tibetano de a pie se compone, básicamente, de té salado con manteca de yak y xampa, que es una harina tostada de la citada cebada, que se mezcla con el té. Para las grandes ocasiones, este paupérrimo pueblo, reserva la carne del animal que lo es todo para él: su adorado yak.

A la mañana siguiente, tras visitar el monasterio de Pelgyeling con la cueva del asceta Milarepa, el yogui más célebre del Tíbet, perderíamos definitivamente de vista aquellos paisajes desolados, de naturaleza lunar e intenté disfrutarlos hasta el último momento, no permitiendo que de mis ojos brotasen, en modo alguno, las lágrimas. Recordé la célebre cita de Rabindranath Tagore y me dije: después de este sol, vendrán las estrellas, eso es seguro. No me equivoqué.

Mientras me despedía de la meseta tibetana, tatareaba la versión de los "Green Day" del "Boulevard Of Broken Dreams". Ignoraba por qué evocaba esa melodía insistentemente, pero afloraba a mi memoria y ahora permanece ligada a ese viaje.

Todavía podíamos observar con cierta frecuencia, banderolas y hasta molinillos de oración colocados en medio de la nada con el único objetivo de esparcir al viento el Mantra de la Compasión: Om Mani Padme Hum, que vendría a significar "qué los pétalos de esta flor se abran para que aparezca la joya de mi yo interior".

Nos aproximábamos a Zhangmu, en la frontera con Nepal y el cambio paisajístico y climático era tan abismal que no me lo podía creer. Lo que antes era árido y estéril, ahora se había convertido en un vergel. Es prácticamente imposible describir con palabras, por hermosas que éstas sean, aquella sensación. Me quedo parca en expresiones que puedan pormenorizar tan sublime espectáculo, tan magistral obra de la naturaleza.

Nos internamos en el cañón del río Bhote, sus escarpadas e inaccesibles paredes se hallaban cubiertas por una frondosa vegetación subtropical salpicada por innumerables cascadas de agua. Era la más soberbia muestra de magnificencia que la madre Tierra nos pudiese brindar.

La carretera bordeaba el mencionado cañón y se adentraba en él zigzagueando a medida que iba descendiendo. Con frecuencia pasábamos bajo una caída de agua que sacudía el vehículo mientras que lo limpiaba del polvo acumulado de los caminos. A ambos lados de la calzada crecían floridas plantas silvestres que aportaban la alegría de una eterna primavera. Su colorido, sus formas, pasaron imperecederamente a habitar en mi memoria. También la remembranza de tan selvático paraje me remite al bíblico Paraíso Perdido.

Como contrapartida, el rumor de las pequeñas cataratas era interrumpido y solapado permanentemente por un molesto ruido de motores de los camiones que circulaban en procesión, frontera arriba y abajo. Eran éstos, casi todos, largos larguísimos y se hallaban decorados con figuras y dibujos polícromos de un estilo ingenuo y pueril. Procedían de China o del mismo Tíbet, que también y para su infortunio, es de China, (y cuando hablo de esa desgracia, me refiero al papel invasor y colonizador que esta gran potencia oriental ejerce sobre el pueblo y la cultura tibetanos, tendentes ambos a desparecer en aras de la globalización).


Por fin llegábamos a la pequeña población fronteriza de Zhangmu, tan diminuta como importante. Antiguamente los tibetanos la denominaban Khasa, pero su estratégico emplazamiento propició que mudase de nombre. El poblado creció ladera arriba flanqueando la eufemísticamente llamada Autopista Transhimaláyica, la cual conformaba la única calle existente. Todas las construcciones se levantaban a ambos lados de esta vía, también llamada de la Amistad, (a la que aludía con anterioridad), se apoyaban unas encima de otras y colgaban sobre la ladera de la montaña como si se tratasen de las famosas Casas Colgadas de nuestra ibérica Cuenca. Estrechos callejones perpendiculares a la carretera, permitían a los vecinos acceder a la misma y a su vez canalizaban las aguas de las múltiples cascadas.

Interminables hileras de camiones aparcados se arrimaban a las fachadas de las humildes edificaciones, obligados por la angosta arteria carente de aceras y el tráfico desmesurado que sobre ella rodaba. Aun así, la vida bullía y por entre los camiones podíamos ver niños jugando y jovencitas lavándose el cabello con las frescas y diáfanas aguas que manaban pendiente abajo.

Pernoctamos en el mejor hospedaje del asentamiento, el Zhangmu Hotel, que actualmente supongo que ya será un alojamiento digno y bonito, pero que por aquel entonces estaba aún a medio reformar, con parte de él rehabilitado y la otra bastante cochambrosa. Por supuesto, la diosa Tiqué no estaba de nuestro lado aquel día y la habitación que nos fue asignada era una de las deslucidas, como correspondía a nuestra condición de viajeros occidentales. Sólo a los transportistas chinos les adjudicaban las mejores, con baños modernos de lavabos encastrados y encimera de mármol. No olvidemos que Zhangmu es el último o el primero, (según se mire), de los pueblos de China antes o después de cruzar la frontera nepalí y aquí, como en todas partes, los "enchufes" también funcionan, así que los ciudadanos de la República Popular China se habían de llevar las de ganar con respecto al resto de los huéspedes.

El dormitorio era muy amplio, lo mismo que el baño, pero ambos se encontraban deteriorados, desangelados y poco aseados. La única ventaja consistía en un enorme ventanal que nos permitía la contemplación de la exuberante vegetación, tan verde como el jade y de las límpidas aguas descendiendo por las laderas, armoniosa y rítmicamente, como si de un ballet acuático se tratase.

Anochecía y salimos a pasear con la niebla como compañera. Su húmedo manto cubría ya las cimas de los montes y amenazaba con envolvernos a nosotros también, así que aceleramos el paso y buscamos algún lugar donde cenar. Comprobamos la esencia típicamente fronteriza de Zhangmu, con soldados chinos caminando febrilmente hacia un lado y otro y jóvenes prostitutas a la caza de camioneros y algún que otro turista despistado.

Tras mirar aquí y allá, nos decidimos por un restaurantito chino que estaba contiguo a nuestro hotel. Modesto y de reducidas dimensiones, era, no obstante, pulcro, coqueto y acogedor, así que tomamos mesa enseguida. Unos farolillos hindúes, de tela amarilla y bordados con espejitos, pendían del techo e iluminaban la sala confiriéndole un aire étnico y desenfadado. El resto de la decoración era sencilla pero correcta.

El restaurante estaba regentado por un joven matrimonio chino y tenían con ellos al vástago nacido de su unión. El pequeño presidía la sala desde un "corralito" infantil que se hallaba situado en el centro de la misma. Los niños chinos son tratados como auténticos príncipes, sobre todo si son de sexo masculino, debido a la política del hijo único que rige en toda China salvo en la Región Autónoma Tibetana, donde las parejas pueden tener hasta familia numerosa, ya que ello contribuye a la colonización del Tíbet por parte de la etnia Han, que es como se denomina genéricamente allí a los nativos de China.

Paradójicamente, las mesas estaban dispuestas con manteles de hilo y cubertería occidental. Hacía mucho tiempo que no comíamos más que con palillos, porque el confucionismo establece que no se pueden utilizar tenedores y cuchillos para ayudar a deglutir los alimentos, ya que si éstos se "hieren", ellos, los alimentos, devolverán el mal al comensal "hiriéndole" con una mala digestión, (como se puede observar, se trata de una filosofía un tanto vengativa).

Después de deleitarnos con una mezcla de sabores de lo más variopinto: entre rollitos de primavera o arroz tres delicias y hamburguesas de yak con patatas fritas, toda una fusión de la comida rápida de Oriente y Occidente, nos retiramos, dispuestos a descansar a como diera lugar, en nuestra desvencijada habitación.

A la mañana siguiente nos encontramos con algún que otro problema que solventamos a base de ingenio y de la experiencia adquirida tras muchos años de frecuentar los más diversos alojamientos. La ducha era sólo de agua fría, de tipo teléfono y para colmo, el flexo presentaba una rotura. Pero a grandes males, grandes remedios y una botella de agua mineral ya vacía, de las de plástico y litro y medio de capacidad, cortada por su parte superior, nos sirvió de ayuda para un aseo de emergencia. No nos preocupaba mucho, porque a mediodía teníamos previsto llegar al Valle de Kathmandú y allí nos instalaríamos en el Hotel Hyatt Regency Kathmandú, uno de los mejores de la zona y me atrevería a decir que de los más bonitos en los que he estado. La ducha o el baño caliente tendrían que esperar hasta que estuviésemos en ese hotel de ensueño.

El desayuno iba a tono con la escasa calidad del hospedaje. Una vez en la calle nos encontramos con nuestro conductor, un fornido tibetano, (cosa infrecuente, ya que los tibetanos son, por lo general, enjutos) y le saludamos a la manera del país, con un "tashi dalai", a su lado se encontraba nuestro guía de etnia Han e hicimos lo propio con un "nihao", que viene a significar "hola" en chino.

He de reseñar que durante nuestra estancia en Lhasa, la capital del Tíbet, nos desenvolvimos por nuestra cuenta, sin nadie que nos atase, aun cuando nuestro desconocimiento de las lenguas china y tibetana y la ignorancia por parte de los naturales del idioma anglosajón, dificultasen parcialmente nuestros movimientos. No obstante, una vez fuera de Lhasa, las autoridades gubernamentales chinas obligan a turistas y viajeros a hacerse acompañar por un guía, lo cual no era precisamente de nuestro agrado. El absurdo temor de que los occidentales somos proclives al regreso del Dalai Lama como jefe del estado tibetano y que eso promovería su escisión del territorio chino, les hace vernos como potenciales terroristas o cuando menos, enemigos de su régimen y nos exigen una y otra vez documentaciones y pases oficiales en la infinidad de puestos de control que se encuentran repartidos por todos los rincones del Tíbet.

Nos encaminamos hacia el puesto fronterizo chino. Curiosamente las oficinas aduaneras china y nepalí, se hallan enormemente alejadas, separadas ambas por nueve kilómetros de distancia. Los huéspedes del Hotel Zhangmu gozan del beneplácito de las autoridades y apenas han de cumplimentar impresos, mientras que a quienes se alojan en otros hoteles y albergues se les exigen unas credenciales exhaustivas. La aduana china se ubicaba a escasos metros de nuestro hotel, esperamos una breve cola y no tardamos en ser atendidos.

Una vez concluidos todos los trámites, nuestro todoterreno nos transportó hasta el límite permitido, ya que llegado a un punto, mucho antes de alcanzar el Puente de la Amistad que cruza el tumultuoso río Bhote, los vehículos chinos no pueden entrar en Nepal, del mismo modo que los nepalíes también han de quedarse a un buen trecho del otro extremo. Entonces viajeros y equipajes son apeados y una multitud de lugareños se aproximan ávidos de ejercer como porteadores. Peleándose unos con otros, regateando el precio a voz en grito y en medio de un frenético alboroto, arrebatan las maletas y demás bultos a viajeros y turistas, que se quedan anonadados ante tal algarabía. Aquellos hombres cargaban con descomunales fardos y con pesados bártulos sobre su dorso, doblándose ante la magnitud de la carga.

Nos despedimos de nuestro amable chófer, con quien habíamos compartido casi dos semanas de nuestro periplo, con un "adiós" en tibetano: "kalai shu", le dijimos, puesto que partíamos y él respondió: "kalai pie", que es lo que dicen los que se quedan. Por su parte, el guía chino nos acompañó a pie hasta el puesto fronterizo de Kodari, un infecto y minúsculo pueblo que constituye el primer (o el último, según de dónde se venga), núcleo nepalí.

Kodari era un lugar cuya pavimentación no había sido reparada desde hacía mucho tiempo, con lo cual permanece enlodada todo el año, dado que la humedad extrema es una constante en esa tierra regada por infinidad de pequeños saltos de agua. Porteadores, transportistas y viajeros hundían sus pies en el barro durante un par de kilómetros hasta llegar a la oficina aduanera, sita en un barracón, como todas las demás construcciones de tan deficiente poblado. Fue entonces cuando nuestro guía chino nos dejó en manos de otro nepalí que nos ayudó en las diligencias. Una vez en dicha oficina, media docena de funcionarios se encargaban de entregar los impresos y terminar de cumplimentarlos. Las documentaciones habían sido gestionadas previamente, al igual que las chinas, por una compañía especializada en este tipo de permisos que es contratada a su vez por los mayoristas de viajes o agencias locales.

Con los visados y autorizaciones en nuestro poder, recorrimos el fangoso trayecto que aún quedaba hasta ser recogidos por el coche que nos estaba destinado. Los pobres mozos que acarreaban nuestro equipaje, al fin pudieron verse libres de su peso y enderezar sus maltrechas espaldas al tiempo que cobraban por el fatigoso trabajo desempeñado.

Continuamos descendiendo cañón abajo y contemplamos el espectacular paisaje circundante, tan boscoso, tan maravillosamente feraz... y las miserables casuchas y chozas que se apiñaban en las márgenes de la carretera. Sus moradores, casi todos mujeres y niños, se encontraban ante las entradas de las mismas ocupados en tareas de tipo doméstico o en la charla y el juego. Sus vestimentas coloristas y los hermosos rasgos étnicos de los nepalíes, que no corresponden al tronco mongoloide como el chino o el tibetano, sino al hindú, nos indicaban que ya nos encontrábamos ante otro pueblo y otra cultura bien diferenciados.

Tras algunas horas de viaje, transitando por la ubérrima cuenca del río Bhote, ante plataneros y toda una muestra de exuberante flora subtropical, nos encontramos con búfalos pastando a su albedrío y rebaños de cabras blancas que llamaron nuestra atención por sus largas orejas.

Nos sentíamos satisfechos por haber llegado ya a la tierra en la que la leyenda sitúa el nacimiento de Siddhartha Gautama, el Buda Gautama o Sakyamuni, (para los tibetanos), un príncipe del clan Gautama nacido en Lumbini, en el reino nepalí de Kapilavastu, en el año 563 antes de nuestra era. Este noble se despojó de todas sus riquezas y fundó una filosofía que terminaría por convertirse en una religión y que se extendería por Asia y hoy en día por la casi totalidad del mundo. A nosotros, no siendo creyentes de ninguna religión, nos fascinaba observar el fervor y a su vez la tolerancia de los fieles budistas, en contraposición con los de otras creencias.

Nuestro nuevo guía, que sólo nos acompañaría al próximo hotel y que dominaba a la perfección la lengua de Cervantes, (no como el anterior, el chino, que se dirigía a nosotros siempre en inglés), nos invito a realizar una parada ante un chiringuito situado en la orilla de la calzada.

Desde aquel altozano se divisaba la legendaria ciudad de Kathmandú, enclavada en un amplio valle dominado por los Himalayas. El cielo aparecía cubierto de nubes y la temperatura era suave y agradable, aun estando en pleno estío. Tuvimos la impresión de encontrarnos en nuestra propia casa, dado que, salvando notables diferencias, aquel valle mantenía cierta similitud con el que acoge nuestra ciudad natal: Oviedo. Su verdor, su atmósfera húmeda y nubosa...Sólo la imponente y ciclópea presencia de los Annapurnas revelaba la genuina naturaleza del citado valle, que contiene una suerte de ciudades declaradas como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y cuyo legado histórico-artístico es un tesoro de incalculable valor: Kathmandú, Pashupatinath, Patán y Bhaktapur.


Nos sentamos en un banco al lado del mísero quiosco de madera que hacía las veces de bar y nos tomamos un par de Banana Splitzs hechos con leche de búfala y con los plátanos que crecían en el huerto adyacente. La bancada se orientaba hacia el valle y bajo nuestros pies se hallaba el mentado huerto en el que coexistían los más diversos cultivos: plataneros, manzanos, maíz y... ¡cannabis! No en vano, la Cannabis Sativa o planta del cáñamo cultivada, es oriunda de los Himalayas y aunque existen variedades que se destinan específicamente para usos textiles y alimentarios, otras son empleadas por sus propiedades psicoactivas, utilizando las hojas y flores secas, que constituyen la marihuana o la resina, a la que se ha denominado hachís. Fue por ello que los primeros hippies que visitaron estas exóticas tierras trajeron consigo a occidente no sólo las filosofías y religiones orientales, sino también el consumo de estas sustancias a las que en la actualidad aún se las considera como drogas blandas.

Los Banana Splitzs estaban francamente deliciosos, aunque al principio sentíamos cierta prevención a tomárnoslos y accedimos a hacerlo por compromiso ante el guía, ya que las condiciones higiénicas no nos parecían las más idóneas, pero, afortunadamente, no tuvieron repercusión negativa alguna para nuestra salud.

Mi marido pasó su brazo por mi hombro y acarició mis por entonces trigueños cabellos, ambos nos miramos, sonreímos pletóricos de felicidad y volvimos de nuevo la vista al frente, hacía la impresionante Cordillera de los Annapurnas, los Himalayas más cercanos y después hacia la mítica Kathmandú, el sueño dorado de místicos y bohemios, de montañeros y viajeros en busca de las últimas fronteras. Esa urbe caótica y pintoresca, una de las más hermosas del mundo, nos aguardaba con sus espléndidos templos y palacios de arquitectura newarí, con sus ventanas de madera labradas con minuciosas filigranas y sus vigas decoradas con impúdicas tallas de escenas del Kama Sutra... Pero eso ya será otra historia... 

NOTA  ACLARATORIA: este relato lo he publicado también en la web Ciao, con mi nick de Mayte_dalianegra.

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DORJE, UN PEREGRINO EN LHASA

por Mayte
martes, 22 de enero del 2008 a las 14:07
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La figura menuda y enjuta, el cráneo rasurado, la piel tostada, curtida y acartonada prematuramente por el inclemente sol, enmugrecida por el polvo de los caminos de tantos y tantos días de arduo peregrinaje. Las ropas andrajosas y sucias, a pesar de la protección que ofrece un amplio delantal de cuero. Un par de sandalias preservan sus manos de la erosión cada vez que hinca sus rodillas en tierra y extiende su cuerpo longitudinalmente sobre el suelo.

Dorje, cuyo nombre le fue impuesto en honor del símbolo de la tormenta, ha recorrido la distancia que separa su Gyantsé natal de Lhasa, la Ciudad Santa tibetana, realizando continuas postraciones, una por cada tres pasos, como mandan los antiguos preceptos del budismo tántrico.

Ahora por fin ha consumado su largo periplo y ha alcanzado su ansiada meta. Acaba de entrar en la Plaza del Barkhor y al fondo vislumbra la mítica silueta del Templo del Jokhang, la Tshuglakhang o catedral del Tíbet, recortándose en el cielo azul plomizo, coronada por el áureo resplandor del Dharmachakra. Y esa visión ilumina su extenuado rostro con una jubilosa expresión de éxtasis

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FERRARA, EL FEUDO DE LA CASA DE ESTE

por Mayte
jueves, 13 de diciembre del 2007 a las 02:54
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Cuando el viajero llega a Ferrara durante el estío, experimenta una sensación de calma y sosiego. La ciudad se encuentra casi abandonada por sus propios moradores, en pleno apogeo vacacional, apenas interrumpida esa tranquilidad por los ocasionales turistas que se concentran en torno al Castello Estense y a la Piazza Municipale principalmente.

La climatología de tipo mediterráneo ayuda favorablemente a mantener esa impresión de bienestar, dado que durante la canícula las temperaturas son suaves, propias de esta latitud cercana ya al norte de la Península Itálica. Aquellos que, como en mi caso, llegan de regiones más meridionales, agradecen los soleados días cuyas máximas no suelen superan los 30º C.

Ferrara es una pequeña población de unos 130 000 habitantes, pulcra y segura. Capital de la provincia homónima, se ubica en el corazón de una fértil llanura regada por el río Po, en la región de Emilia-Romaña, entre el Véneto y la Toscana.

Esta ciudad acuática, ligada intrínsecamente al Po, se rodea de una red de canales que se extienden hasta la desembocadura de dicho río, que forma un delta en el Mar Adriático.

Próxima a Rávena, Bolonia y Módena, comparte con ellas un trazado medieval y renacentista de singular belleza que la ha llevado a ser reconocida como Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Su estructura urbana data del s. XIV, diseñada casi íntegramente por el arquitecto de transición gótico-renacentista Biaggio Rossetti, que la convierte en la primera ciudad moderna de Europa y quien también fue autor de la mayoría de los palacios que, en cantidad ingente, bordean calles y plazas. Aunque todavía perviven tortuosos callejones que se remontan a época bajomedieval.

La historia de Ferrara se halla íntimamente unida a la Casa de Este, nobles italianos de origen lombardo que la gobernaron desde el s. XIII al XVI. Siendo feudo de los Este, fue como alcanzó su mayor esplendor, ya que el auge económico la llevó a renovarse y modernizarse bajo las expertas manos del ya mencionado Biaggio Rossetti, que trabajó por encargo de esta poderosa familia.

Los Este, que emparentaron incluso con los tristemente célebres Borgia mediante el matrimonio de uno de sus duques más prominentes, (Alfonso I de Este con Lucrecia Borgia), pactaron con emperadores y monarcas europeos y también tuvieron sus tiras y aflojas con el papado, de quien eran feudatarios.

Fueron mecenas de las artes y las letras y durante el mandato del ambicioso Alfonso I, la corte de Ferrara se convirtió en la más brillante de Europa. Auspició a literatos, escultores y pintores como los celebérrimos Ariosto, Petrarca, Bellini y Tiziano.

Unieron su destino al de Milán gracias a las nupcias de Beatriz de Este, (hermana de Alfonso I) con Ludovico Sforza, llamado comúnmente, Ludovico el Moro, duque de Milán y mecenas de Leonardo da Vinci. Años más tarde, el poeta Torcuato Tasso también recibió mecenazgo por parte de Marfisa de Este.

Alfonso II de Este muere sin descendencia y son los Estados Pontificios quienes pasan a controlar Ferrara política y económicamente, al declararla feudo vacante. Otras ramas de la familia Este abandonan la ciudad y se establecen en la vecina Módena. Comienza así el declive de la otrora próspera localidad.

Paradógicamente, su paulatino abandono contribuyó a su ulterior conservación. El hecho de que no hubiese una continuidad en el levantamiento de nuevas edificaciones ha permitido la homogeneidad de su casco histórico y la preservación intacta de su patrimonio.

En virtud de ello, actualmente podemos admirar numerosísimas construcciones renacentistas y en menor medida, góticas.

Procedo a enumerar sus monumentos más importantes:

El Castillo Estense o de San Michele, situado en el centro de la ciudad, fue la residencia de los Este, rodeado por un foso que en la actualidad se encuentra inundado de agua y ornamentado con varios surtidores a modo de fuentes. De imponentes dimensiones y fábrica de ladrillo, su interior se decora con bóvedas pintadas con frescos renacentistas.

La Catedral o Duomo, de estilos románico y gótico lombardo, presenta una fachada de mármol, decorada con trabajadas esculturas de indescriptible belleza. La acompaña un "campanile" exento del s. XV.

Frente a ella se alza el Palacio Comunal o actual Ayuntamiento, que en su día constituyó el antiguo Palacio de los Este y que perdió su utilidad como tal en favor del Castillo, que fue reacondicionado en el s. XVI para uso residencial.

Al otro lado de la Catedral se encuentra la Plaza Trento e Triste, flanqueada por varios palacios y por el propio "Duomo", en cuyo lateral se levanta un pórtico que aún hoy en día acoge pequeñas tiendas, ya que formaba parte del antiguo mercado.

La Judería, que es un barrio adyacente a la anteriormente citada plaza, contaba con tres sinagogas, de la cual sólo se conserva una, las otras dos fueron destruidas durante la II Guerra Mundial.

A continuación mentaré algunos de los palacios más relevantes, si bien se encuentra ampliamente jalonada de ellos: el de Ludovico el Moro o Palazzo Costabili, el Schifanoia, el Massari, el dei Diamanti, la Palazzina di Marfisa D'Este... y otras mansiones de menor envergadura sin menoscabo de su magnificencia, como las de Varano da Camerino, Mattei, Giulio D'Este, Turchi di Bagno, Prosperi Sacrati, Trotti Mosti, Guarini Giordani...

La Casa de Ariosto, la Casa Romei, numerosas iglesias como la de Santa Maria in Vado y la de San Cristoforo e Certosa, el Monasterio de San Antonio in Polesine y las Murallas con sus puertas, también constituyen monumentos imprescindibles.

Si se desea una visita cultural más completa, existen varios museos a disposición del viajero: el Museo Arqueológico, instalado en el Palacio de Ludovico el Moro, con su colección de arte etrusco y sus magníficos frescos originales, el Museo Cívico, en el Palacio Schifanoia, también con inigualables frescos renacentistas, el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo F. de Pisis, ubicado en el Palazzo Massari, la Pinacoteca Nacional, que ocupa el Palacio de los Diamantes, el Museo Hebraico y para los amantes del séptimo arte, el Museo Michelangelo Antonioni, sito en la casa familiar del famoso cineasta.

Como consejo personal, añadiré que puede ser suficiente una jornada completa para visitar esta ciudad, pero para efectuarla de una forma más holgada y para no dejarse nada "en el tintero", recomendaría dos días o como mínimo, día y medio.

Un local a tener muy en cuenta a la hora de tomarse un delicioso vino o un aperitivo, se encuentra situado al lado de la Catedral, frente a su flanco izquierdo. Su nombre es "Enoteca del Corso". En esta región de Emilia-Romaña tienen la encomiable costumbre de obsequiar al cliente que demanda una bebida, con todo aquello que desee degustar de cuanto se expone sobre la barra, (porciones de pizza, pasta, ensaladas, pescadito frito...). Se puede rellenar un plato de plástico o papel, (de tamaño grande), con esas viandas las veces que el apetito requiera. Las consumiciones son algo más caras de lo normal, unos 3 € un vino, (servido en copa alta y con mucho estilo por parte del sumiller) y 5 € un Campari o Martini. Pero a cambio de ese módico precio, uno puede "almorzar", "merendar o "cenar" sin cortapisas. Esta enoteca es un pequeño bar de moda, con música a la última y clientela local joven pero selecta, que pierde su "charme" para atiborrarse como los demás en su minúscula y concurrida terraza, con magníficas vistas del Duomo y su plaza.

En la judería, al comienzo de la calle Mazzini, (cercana a la Catedral), se halla una heladería cuyo nombre desafortunadamente no recuerdo y en donde he probado quizás los helados más exquisitos de toda Italia. Llama la atención el modo en que los sirven y una especialidad sabrosa como la que más: la "granita siciliana", un granizado del cual existen tres sabores diferentes. El mejor, para mi gusto, el de almendra.

Y para finalizar, una sugerencia sobre el alojamiento. Si se desea un hospedaje digno pero económico, el Hotel Della Ville, ubicado justamente frente a la Estación Central de Ferrocarril es muy aconsejable. Un cuatro estrellas cómodo, limpio, acogedor y bien decorado, que ofrece habitaciones dobles en pleno mes de agosto por unos 55 a 60 €. Con baño, aire acondicionado, minibar, TV, radio, secador de cabello...desayunos, (muy buenos, por cierto) e impuestos incluidos. Este establecimiento fue reservado con uno de los mejores mayoristas italianos de viajes vía Internet: Venere. Aunque es de suponer que también se podrá conseguir a un precio similar con otros operadores. Desde el hotel se puede ir a pie perfectamente hasta el casco histórico, pero si no se desea caminar, frente al hotel, delante de la Estación, parte un bus que recorre todo el centro. Los billetes se compran en un estanco cercano.

Espero que todos estos datos y recomendaciones sean de alguna utilidad para quienes prevean viajar hacia esta hermosa ciudad de ladrillo rojizo. Ferrara, la bella desconocida, el feudo de los Este.

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