La Cantina De La Leona
PREFACIO
Mi vida amorosa inspiró este pequeño relato de corte intimista y ambientado en época futurista, aunque también influyó la rememoración de un viaje a México, acontecido en el verano del año 2003 .
Y es que, en la inmensidad de la urbe más poblada de la Tierra, en el centro de México Distrito Federal y al lado mismo del interminable Paseo de la Reforma, escondida entre elevados y modernos rascacielos de la zona financiera de la ciudad, se hallaba una pequeña cantina, más humilde, modesta y de menor tamaño que la que describo en mi narración, pero tan entrañable que constituía "el reposo del guerrero" para el maltrecho cuerpo de la viajera que suscribe esta introducción, después de una extenuante jornada de visitas a monumentos y museos.
Por extraño que parezca, nunca supe el nombre de esa cantina, quizás no presté atención a su rótulo exterior o tal vez éste era inexistente, pero yo siempre la he denominado "la cantina de la leona", porque en su diminuto interior, una leona y una pantera negra, ambas disecadas, se erguían sobre una plataforma de ladrillo y parecían cobrar la vida que desafortunadamente les había sido robada y saltar sobre la clientela que consumía cervezas "Corona", (que allí no se llama "Coronita") o "Sol", adornadas con media rodaja de limón del Caribe o "chelada" o cócteles margarita o tequilas y mezcales... mientras visionaban vídeos de bandas de pop-rock autóctono como Maná o Molotov, en una gigantesca pantalla que cubría uno de los lados del local.
Pues bien, sabedores ya de aquello que fue el germen que originó este texto, os dejo con él.
LA CANTINA DE LA LEONA
La Estación Espacial AC-3 se ubica en los confines de nuestro sistema solar, más allá de la órbita del planeta enano Plutón. De forma cilíndrica y con una gravedad muy estable, es lugar de visita ineludible para aquellas naves interestelares que pretenden iniciar su singladura en pos del hiperespacio.
Dichas naves pueden aprovisionarse a fondo en la estación, adquiriendo los más diversos productos necesarios para garantizar un viaje grato y placentero. Varios gigamercados se encargan de satisfacer al más exigente consumidor.
La Estación Espacial AC-3 ofrece también actividades y establecimientos dedicados al ocio, para que los tripulantes y pasajeros de paso empleen su tiempo libre y se diviertan a sus anchas con un amplio abanico de lúdicas posibilidades.
Uno de estos locales que brindan entretenimiento al visitante es La Cantina De La Leona. De modestas dimensiones, es ante todo un sitio íntimo, agradable, acogedor...
La cantina toma su nombre de una enorme leona del Atlas disecada por algún malévolo taxidermista, que se alza altiva sobre una plataforma de centelleante acero, dominando a la concurrencia. La clientela se agrupa en torno a pequeños veladorcitos circulares, iluminados tenuemente mediante lamparillas de mesa que emergen en el centro de los mismos. Los citados veladores bordean un minúsculo escenario desde el cual algunos artistas deleitan al variopinto público con sus actuaciones.
El tequila corre a raudales cuando Lola sube a ese escenario, enfundada en un ajustadísimo traje negro de charro con las abotonaduras de plata. Luce un pesado sombrero mexicano con bordados de pedrería sobre su brillante melena del color del azabache.
Apenas comienza a entonar un corrido, esta mariachi femenina, recibe ya una primera ovación de los espectadores que abarrotan el garito. Es la estrella indiscutible del lugar y a su vez la propietaria del mismo. Hubo un tiempo en que compartió con su marido la regencia del pequeño cabaret, pero ahora él se ha ido con otra hembra más joven, dejándola sola, abandonándola a merced de sus incondicionales seguidores.
Pero Lola no se arredra ante nada, es una mujer fuerte, hecha a sí misma y confía en la diosa Fortuna, aquella que ya le proporcionase la dicha de conocer a su nuevo amado. Un amor inconfesado aún, secreto, que ella guarda celosamente en lo más profundo de su ser.
Y ahora él está ahí, frente a ella, sentado en una de las mesillas justo delante del escenario. La mira embelesado, con los ojos húmedos, con los labios entreabiertos, esbozando una ligera sonrisa y aplaude con fuerza, con fiereza, cuando Lola, tras un breve saludo, emite las primeras notas de su canción.
Él también la ama, como amó a otra Lola, a su Dolores, su compañera de tantos años difíciles. Mujer de excepción, una de entre un millón. Su Lola tenía los más arrebatadores ojos verdes que él nunca hubiera visto. Una mirada felina, rasgada, hechizante...empero también se fue un día, partió sin previo aviso a bordo de una embarcación vikinga...
Él la siguió en un viaje digno del mismísimo Orfeo, pero, considerando oportuno realizar una escala, recaló en la Estación Espacial AC-3, vagó durante un tiempo indeterminado por callejuelas y callejones, entre el tumultuoso gentío y fue a dar con la puerta entornada de La Cantina De La Leona. La franqueó tras empujarla levemente, quizás animado por el sugerente nombre, los recuerdos de antaño y su amor por la fauna salvaje terrícola, cuando él era guarda del keniata Parque Nacional de Amboseli.
Levantó la vista y ésta se encontró con la imponente figura de la leona, impertérrita, con su aire de reina africana y seguidamente escuchó una voz que parecía provenir de un almacén anexo. Era la de Lola, que le pedía amablemente que abandonase la sala porque aún no estaba abierta al público. Cuando se disponía a irse, ella se arrepintió de su anterior petición y le rogó que se quedase, que le hiciese compañía hasta la hora oficial de apertura.
Entre tragos de mezcal reposado hablaron largamente, sin percatarse siquiera de que la bailarina del vientre egipcia ya se hallaba ejecutando su danza mientras los varones la requebraban con lascivia al avistar sus carnes semidesnudas.
Supo entonces que esta otra Lola, la mariachi, era solamente siete años más joven que él, aunque ni el tiempo ni las vicisitudes de su azarosa existencia habían dejado mella alguna en su nívea piel ni en su carácter de eterna adolescente. De complexión menuda, aunque voluptuosa, sus facciones eran netamente caucasianas, si bien su oscura cabellera y su primer apellido, (de claro origen nahua), Ixtlilxochitl, eran herederos de un antepasado paterno, descendiente directo de un soberano chichimeca del México prehispánico, en la madre Tierra.
Durante esas horas de sosegada charla, los hermosos ojos negros de él se clavaron en los dorados de ella y viceversa, surgiendo así la semilla de un enamoramiento clandestino que fue en crescendo día tras día.
La nave de él permaneció atracada de forma permanente. Mientras, el hombre ocupaba sus jornadas de asueto en acudir a la cantina para así gozar de la presencia de su nueva amada, la que compartía el mismo nombre, impronunciable para él, que aquella a quien tanto aún quería.
Cuando Lola, su reciente amor, como ahora estaba haciendo, entonaba sus corridos y rancheras, él la sentía próxima, la amaba con toda la pasión de que era capaz su corazón y por unos momentos se olvidaba de su pérdida y su desdicha para desearla y hacerla suya mentalmente. La desnudaba en sus ensoñaciones, podía adivinar incluso el peso de los rotundos senos de ella debajo de aquel ceñido atuendo. Las creía unas formas casi perfectas, suaves y mullidas semiesferas que le remitían a las cúpulas de la lejana Estambul, cuyas sombras cobijaran a sultanes y odaliscas.
Y era tal ya el amor que sentía por esta nueva Lola, tan distinta y tan idéntica a su Dolores, que el alma se le encogía sólo de pensar en ella. Y era tal el frenesí que Lola experimentaba por él, que se estremecía y comenzaba a temblar cada vez que le tenía delante, como en estos momentos.
Sonaron los últimos acordes de "El Rey" y Lola se quitó el sombrero arrojándoselo a su amado, quien lo recogió al vuelo, lo apretó entre sus manos y percibió el intenso perfume que emanaba de él. Era la fragancia de esta fémina que había entrado en su vida como una intrusa y a la que ya no podría renunciar jamás. Ambos se miraron mientras sonaban los aplausos y ella hacía una genuflexión. Se miraron muy profundamente a los ojos y emocionados, las lágrimas, incontenibles, brotaron de ellos.
Más arriba, sobre la fría plataforma, la leona también les observaba con sus vítreas pupilas. Muda testigo de un amor aún no declarado, tal vez imposible, allí, en el postrer lindero de nuestro sistema solar, más allá de un pequeño planeta conocido como Plutón...





